domingo, 26 de marzo de 2017

Los textos que publicamos a continuación, son el resultado de un trabajo individual y conjunto realizado en 2015 por: Silvia Candelo, Mary Marpegán, Mercedes Marcellini, Néstor Monzón, Miguel Di Luca, Ricardo Guidi y Nilda Tomassi.

Los sentidos, en especial el olfato y el gusto, fueron fuente de búsquedas y experiencias . Se trabajaron especialmente personajes y espacios en forma individual, pero las historias, de alguna manera, que el lector puede descubrir, se cruzan inesperadamente.




                                        NIÑA PERUANA  Mary Marpegán

Bajo la sombra de la torre, con los pies descalzos y la pollera al viento, la manito de la niña aprisiona la rienda de la llama vieja.
Tintinean los cascabeles, asomando entre las cintas multicolores de sus crines.
Repican las viejas campanas de Santa María de la Caridad.
La niña espera pacientemente, sabiendo que las pocas monedas que irán cayendo en su cuenco apenas completarán lo que recoja su madre.
El aire trae desde lo profundo del callejón, un fuerte aroma a carnes y maíz hervido.
Su carita, del color del barro cocido, se entristece.
Tira de la llama que, empacada, permanece todavía en pose altiva. Comienza a caminar y el animal se mueve, indiferente, siguiéndola como una sombra.
Su siluetita contrasta con los altos muros de la Iglesia y el Cabildo. Minúscula, pasa entre la muchedumbre como si fuera un halo transparente.
Regresa con pasitos cortos. Como jugando al gallito ciego. Pero ella no juega al gallito ciego. Ella es una más de esos niños que al atardecer se acercan a sus chocitas de adobe enclavadas en la montaña. Escondidas entre los cerros de varios colores. Un poco inclinadas por efecto del viento que las azota inclemente todo el año.
De su mano todavía está sujeta la llama altiva, en la otra trae el cuenco con las monedas del día.
Entra y se arrima al fogón donde una figura en cuclillas, envuelta en pañoletas, cuelga la olla renegrida para hervir el agua.
Ahumadas y húmedas las paredes de piedra. Olor a polvo y a grasa se entremezcla con el olor ácido de colchones. Se los ve esparcidos en el piso de tierra, entre dos bancos de madera y una mesa pequeña.


Una silla de paja ostenta en su asiento un grisáceo sombrero bombín de áspero fieltro de oveja.
De clavos en la pared penden ponchos multicolores. La mujer se endereza y cuelga uno de los que lleva puestos. Ese que la había calentado durante la mañana en el pueblo. 
Allí estuvo vendiendo ajíes junto a otras mujeres de cerros vecinos.
El alba las trajo cargando niños e ilusiones. Todas en la misma rutina de llevar monedas para la olla de la noche. Pequeñas en su contextura física pero poderosas  en su manera de encarar la vida.

La niña sale al patio, en su mano frágil ya no sujeta una rienda sino pasto tierno para la vieja llama.



                                       LA MASA Nilda Tomassi    

Adentro, cerca del fogón, alguien amasaba en una mesa entera, de una sola tabla para que por las hendijas no se cayera nada. De tanto uso recibido conservaba su tersura aterciopelada. En el centro una corona de harina, protegía los huevos y un trozo de manteca, que luego, con agua fue  acercando, uniendo hasta llegar a la masa, que cubrió con un repasador.
-Hay que dejarla reposar- dijo
Al rato comenzó a estirarla, alternando bravura con suavidad.
Hizo todo con la maestría que da la práctica de la tarea cotidiana.
La masa cayó por los costados como un mantel.



LA CORONA DE LA REINA   Ricardo Guidi

I
LA REINA

                       
   Su cabeza se ve algo achatada, todos dicen que por el peso de su corona.
   En la casilla de chapa, antes de que salga el sol ya se huele a masa recién  horneada. Ella se levantó a las cinco, igual que todos los días, y para llegar de la cama a la mesa, no debió dar más que tres pasos. Acomodó y encendió la leña, antes de hundir sus manos pardas en el montículo de harina. 
   A la siete de la mañana, coloca con cuidado en el fuenton de lata,  los chipacitos todavía tibios. Antes tendió por debajo un trapo floreado, porque no quiere un sabor metálico en sus ofrendas. Acomoda y sigue, y acomoda más carga sobre la corona. Asoman por sobre el borde tan redonditos que, entre todos, hacen una cúpula idéntica a la del santuario.
   Al caminar ella siempre lleva las rodillas algo flexionadas, según dicen, por el gran peso de su corona. Algunos otros dicen, pero por lo bajo, que su andar es el de una mona, que recién baja del árbol. Pero a ella no le importa: sabe que es la reina, y que muchos la envidian, como a toda reina.
   Antes de salir se ata un trapo en la cabeza, un turbante pero sin rubíes;  se perfuma toda con fragancias del Cairo. 
   A todos los deleita verla caminar, la cabeza erguida de una novia, la espalda  recta medida a plomo. Cada vértebra de su columna descarga el peso de la corona con sobrada dignidad, para continuar después por las caderas y al fin por las piernas; esas que al estar flexionadas, algunos dicen, aunque por lo bajo, que su andar es el de una mona.
   Ella quisiera ir descalza por la callecita de tierra, pero su investidura no lo permite; llega a la pequeña estación ferroviaria, sube los tres escalones metálicos del vagón. En el interior de la corona no se han registrado temblores.

   Casi a las nueve de la mañana ella arriba a la imponente estación central. Retoma su paso y las rodillas vuelven flexionarse. Llega al gran hall, su palacio, y se detiene justo en el medio.
   La ingobernable muchedumbre que deambula de aquí para allá de pronto se detiene, y todos comienzan a rodearla de a poco.
   -Chipa, chipacito; chipa, chipacito. -Ella repitió apenas esas breves palabras, pero también impregnó el aire con el bálsamo que emana su corona.
   Ya centro del tumulto, ahora entrega sus ofrendas. Primero abre los brazos hacia los costados, para desplegar la pollera acampanada; luego, con la espalda recta, flexiona las piernas hasta quedar en cuclillas. Todos ansían tocar su corona. Estiran los brazos, se entreveran y hasta se arañan. Entre el bullicio, ella dice:
   –Calma mis queridos, hay para todos.
   Ahora afloja el cordón de una bolsa de trapo blanco, que bien abierta. Los billetes deben caer allí, solo allí.
   Los súbditos saborean y se deleitan, conversan y mastican al mismo tiempo, es imposible esperar un segundo para ponderar ese manjar. 
   Acosada por tantas alabanzas, como toda buena reina, nota que el peso que su cabeza soportaba ahora se reduce a casi nada. Cumplida la faena, siente el cuerpo liberado, pero al mismo tiempo atrapado por una fría soledad.

   Con la corona vacía, vuelve a ponerse de pie, y camina entre el tumulto otra vez embravecido; busca el andén, luego el vagón, y se pierde en el traqueteo de los rieles.
   Baja en la humilde estación, se quita las sandalias, ahora lleva el Fuentón colgado de su mano izquierda, la mirada fija en sus pies descalzos, la espalda encorvada como una palmera que resiste el viento. Ya sin peso sus rodillas aún siguen flexionadas, su andar sin lugar a dudas, es el mismo que el de una mona.
II
MAGDALENA

   En el andén de la pequeña estación, el cura de sotana negra sigue con cautela cada paso, cada movimiento, cada gesto de la mujer que lleva la corona.
   Entre las luces del alba y las pobres luminarias del andén, un puñado de trabajadores sube apurado a los vagones, cuyas ruedas todavía no dejaron de chirriar.
   La mujer de la cabeza coronada sube a uno de los de adelante, y el cura que vigila de reojo, sube a uno de los de atrás.
   Antes en el andén y ahora en el vagón, sentado al borde del pasillo, la sotana negra no recibe saludo alguno, ni nadie que se le acerque para pedirle un consejo para el alma, o solo para conversar, tal vez bromear y ganarse la siempre necesaria simpatía de un hombre cercano al Señor.
   El gran hall de la estación central ya es un verdadero hormiguero, confluyen hombres de todas partes, apurados y pensativos; nada los detiene, ya que pronto deben arribar a sus puestos de trabajo.
   La mujer va con la espalda recta y la cabeza erguida, el cura con su paso firme y la mirada larga, la sigue a varios metros de distancia.
   Ella ahora se detiene justo en medio del gran espacio; el cura de la sotana da unos pasos más y se oculta detrás de un escaparate, donde un hombre  optimista vende diarios.
   Ubicada la mujer en su sitio, ahora retira el trapo inmaculado que cubre la gran fuente que lleva sobre la cabeza; luego, se agacha con lentitud y flexiona una  rodilla hacia adelante y la otra hacia atrás, en una postura que tal vez se parece a la de un conquistador.
   El aroma sublime de la carga ahora comienza a dispersarse por el aire en todas direcciones, y en menos de diez segundos produce un gran remolino de caminantes que atrapados, giran y pujan, para tratar de llegar como sea al propio centro. 
   El cura de la sotana, con su eterno rostro de cascarrabias, estira la cabeza por fuera del escaparate, y asiste indignado a la escena de los perdidos.
   De inmediato piensa en sí mismo, custodio de todo el saber y el respeto del Señor; piensa luego en ella, que solo sabe amasar, cocinar en un horno de barro, y caminar con las rodillas algo flexionadas como una mona.
   Ahora el enjambre es mayúsculo, y el cura la pierde de vista. Desde el núcleo del torbellino, surgen algunos con los ojos perdidos de placer, con las mandíbulas batientes, con las bocas adornadas de puros elogios.
   El vaho llega también hasta el escaparate, y los pies del cura intentan avanzar como los de los demás. Un repentino bufido de los que el cura acostumbra, de inmediato lo detiene y lo hace volver en sí, y le impone rasguñar las tapas de cuero de la biblia que lleva bajo la sotana.

   En los rincones, entre el marco y las hojas de la puerta de llegada, entre los espacios que dejan las tablillas de los bancos de madera, entre los pies de los candelabros y el mantel del altar, entre la boca de los floreros y el tallo de los lirios, entre los pliegues del terciopelo del confesionario; se tejen en el templo infinitas redes de antiguas telarañas.
   Han pasado cuatro días sin que nadie visite el templo para ofrecer un rezo o una plegaria, y los fieles que acuden a la misa del domingo, alcanzan a ocupar apenas los bancos de las dos primeras filas. 
   El cura se justifica con las largas horas que le demanda la meditación  con el Supremo, las interminables caminatas para la contemplación de la sabia naturaleza, más la cotidiana vigía a la mujer hasta la estación central. 
   Todas las santas noches el cura de la sotana negra, se acuesta en su lecho y, antes de dormir, piensa un largo rato en ella: ¿será la pureza de la fécula blanca, que elabora ella misma?, ¿será la madera especial de las astillas con que alimenta el horno?, ¿serán sus manos, cuando frota entre sus palmas el pedacito de masa con tanta ternura y dedicación?

   Confiado como nunca, hoy el cura se ha levantado muy temprano al igual que ella; ha repasado sus zapatos negros, ha guardado su biblia bajo la sotana, ha encendido el cirio del altar, aunque ahora piensa para qué, si decidió dejar por un tiempo la tranca puesta en la entrada del atrio.
   Cerca de la estación, apura el paso para llegar pronto al andén. Ya desde lejos  divisa, por sobre las cabezas de los viajeros, la gran fuente del desquicio, tapada con ese trapo blanco que cubre y que a la vez insinúa. 
   Esta vez al subir al tren, el cura se ubica en el mismo vagón, que desde hace minutos ocupa ella. Están separados por unos pocos metros, apenas cinco o seis filas de asientos.
   Al bajar todos en el gran anden que finaliza en el imponente hall, él camina detrás hasta que ella se detiene en el centro del gran espacio; como siempre él avanza  unos pasos y se atrinchera en el escaparate.
   Ella despliega su rito habitual, y a los pocos segundos él llega a sentir el perfume del pecado, entonces se acerca de a poco al gran remolino y entregado al  tumulto, frota su cuerpo con los de los demás, forcejea para abrirse paso, y blasfema cuando los tacos de una mujer se incrustan sobre sus empeines.
   Al fin llega a la gran fuente, cuando apenas queda menos de una decena de las ofrendas, y estira su brazo enfundado de negro, para tomar una, que aún conserva cierta tibieza.
   Antes de llevársela a la boca, el cura se arrodilla hasta quedar a la par de la mujer. Con el corazón palpitante enfrenta su rostro y, fija la mirada, le pregunta:
   -¿Acaso eres tú la Magdalena del Señor?
   Y ella con suavidad y lentitud responde:
   –No Padre, soy solo la reina.

III
LA CUNA DE PLATA


   La incesante música de las ruedas del tren contra vías, hace que la mujer agotada por su trabajo, se desparrame en el asiento de dos plazas, para caer de a poco en un sueño profundo.
   Son apenas las cuatro de la tarde y el vagón casi no lleva gente, en su interior un sonido hueco, una caja de resonancia.
   Cada tanto la mujer levanta un solo parpado para espiar por la ventana, pero el ajetreo y el sueño terminan por vencerla, y otra vez se desploma el telón.
   Los grandes edificios del Centro ya quedaron en el olvido, y el tren ahora se desplaza veloz entre barrios de casas bajas, de uno o a lo sumo dos pisos, casi todas coronadas con vivaces terrazas.
   Otra vez ella abre y cierra los ojos un instante, y eso le basta para llenar sus pupilas de cordeles con ropas que cuelgan inmaculadas, que flamean al viento como banderas, y también flamean ahora en la oscuridad del sueño, entre la tierra colorada que a todo le deja marca, y la ropa limpia del cordel que siempre es de alguna forma ropa sucia, percudida de siena, gastada de tanto fregar y fregar, mientras el sonido incesante del acero contra el acero se detiene al llegar a la primera estación suburbana. Ella levanta un párpado para saber dónde se encuentra, tiempo que indaga el aire y aspira con brevedad. En el vagón hay un olor intenso, y por la ventana una ligera niebla le quita al cielo algo de su brillo. Es otoño, cuando los jardineros, tras las cercas de las grandes casas, cumplen con el rito habitual de quemar las hojas muertas. El tren retoma su marcha cadenciosa,  ella vuelve a caer en un sueño casi de muerte, y el olor de las hojas en la noche del sueño es el mismo que le hacía picar la garganta dentro de la tapera, el fuego en la cocina de adobe todo el día encendida, el humo espeso que flotaba por el ambiente, que se agolpaba para salir por el ventanuco del techo, que se agolpaba insolente para lastimar los orificios de las narices. El tren se detiene en una nueva estación, en la que nadie desciende y tan solo ascienden tres muchachones que no deberían estar aquí, sino en un aula de escuela, y al subir rompen el sagrado silencio del tranquilo suburbio. La mujer desparramada en el asiento, se despierta sorprendida por el gran alboroto, y como el instinto no duda de inmediato arrima el fuentón a su cuerpo y lo sujeta por una manija. El tren vuelve a emprender la marcha, y la acompasada canción de las vías la retorna al sueño profundo, como aquel arrorró que su madre le cantaba por las noches, cuando ella acomodaba el  cuerpo pequeño como si aún estuviera en su vientre, con la forma curvada de aquella cuna de lata. Con otro sobresalto vuelve a despertar, y al despertar se le suma el forcejeo: entre palabrotas y risotadas, dos de los muchachones tiran de la manija libre del fuentón, ya que empecinados lo quieren como trofeo;  la mujer no suelta su manija, se aferra con todo y tira más fuerte que ellos, y así forcejean en el pasillo del vagón vacío, de aquí para allá, hasta que la mujer alcanza a sacar el trapo blanco con el que cubre sus ofrendas; lo agita como un látigo, y con eso los doblega hasta hacerlos retroceder, hasta hacerlos desistir del arrebato. 
   Todavía exaltada y temblorosa, ella vuelve a acomodarse en el asiento y decide sellar el fuentón junto a sí, para que el fuentón y ella sean una misma cosa: lo ubica en el piso, entre los asientos, con la cavidad hacia arriba, y luego introduce en él los pies descalzos, firmes, como de plomo.
   Deja de temblar, y de a poco el sonido de los rieles vuelve a llevarla al sueño inevitable, los pies descalzos y aquel único par de zapatos, las mudas de ropa percudida, los cacharritos de barro, todo bien atado y empacado, todo dentro de un improvisado embalaje de lata; y antes de partir aquel llanto y aquel interminable abrazo de su madre en la pequeña estación, y luego el sonido de las ruedas del tren contra vías, y el miedo de la anoche que no deja dormir, y llegar a la ciudad y aquel hombre desconocido que la esperaba.
   Ya quedan pocas estaciones para llegar a casa, y porqué teme volver a quedarse dormida y terminar en cualquier lugar, ella comienza a frotar la planta de sus pies sobre el fondo áspero de la chapa comida por el óxido; pero eso para ella es caricia para una reina, porqué en aquella cuna de plata su madre la mecía y le cantaba un arrorró, la mecía y la llamaba princesa.


IV
EL INFIERNO

   La mujer apura su paso, porqué debe llegar a su casa con luz de día. El sol le viene pisando los talones, y cuando ella estira la mano para abrir la puerta de entrada, la claridad del último rayo se desvanece, y con esto comienza la agonía de la noche.
   El hombre como siempre la quiere en la casa temprano, antes de que se encienda la primera luz de la noche. La espera animoso porqué quiere salir de ahí adentro, porqué ha pasado el día encerrado, y ahora le toca su turno. 
   Fatigada la mujer por el día interminable, lo primero que hace al pisar la casa, es colgar de la pared su inseparable tacho de lata; él la recibe sin palabras, apenas  se le acerca un poco y se queda quieto junto a ella por un momento eterno, la mira de reojo y estira la mano, y con dos palabras le exige que entregue bolsa.
   La mujer la lleva bajo la falda, se la quita y se la revolea de una al cuerpo, el hombre la baraja en el aire como a una presa, para luego desplumarla: quitarle  los billetes recibidos, acomodar la cara del prócer para el mismo lado, luego metérselos en el bolsillo y sin decir nada de nada, desaparecer detrás de un portazo.
   Ella de inmediato da un salto y le pone la tranca a la puerta, luego mira para el techo y se dice para adentro como se ha dicho tantas veces: esta noche no vuelve a cruzar esta puerta.
   En la pequeña casa de un solo ambiente, hay apenas una mesa y tres sillas, un desvencijado aparador donde guarda ella sus ingredientes sagrados, un catre de una plaza, y en un rincón, un revoltijo de trapos sucios tirados en el piso.
   La mujer solitaria en la casa, ya se comienza a preparar para la jornada de mañana: en un balde con agua tibia, pone en remojo y lava los trapos que cubren a la ofrendas durante todo el viaje; en otro balde, pero con agua helada, sumerge un jarro y luego vierte su contenido sobre su cabeza envuelta en espuma, que recién ha fregado y masajeado con un pan blanco de jabón para ropa. Con su cabeza aún empapada,  peina su pelo negro frente a un pequeño espejo, sin saber ella muy bien si en ese momento es mona o es reina.

   El hombre la había recibido en el andén aquel día lejano, cuando ella llegó a la  ciudad por primera vez. Él siempre pensó que había sido un obsequio de la gente de su pago viejo, porqué él nunca creyó demasiado ni quiso saber nada con lo de compadre.

   Luego de comer algo de pan duro y queso revenido, ella con el cabello todavía mojado, se recuesta en el catre para intentar calmar la fatiga del cuerpo y dormir un poco. Ella tiene un tiempo corto para conciliar el sueño, porque el hombre que la acompaña, vive en la noche cuando todos duermen y duerme cuando todos viven.
   A esta hora en el caserío no se escucha ni un alma, pero como dicen: después de la medianoche, es la hora en que rondan los lobos.
   Como el hombre no respeta el silencio de los otras, ella lo escucha venir de lejos cubierta por las frazadas,: grita y canta al mismo tiempo, delira a capela; él viene golpeando sus manos, como en un ferviente aplauso, y lo escucha más cerca, y ya está parado y gritando frente a la misma puerta.
   Primero pretende abrirla con la suavidad de una caricia, quiere sorprenderla con su “cariño”, pero la puerta se resiste gracias a la vigorosa tranca luego da el primer golpe y nada, el segundo y nada, y ya el tercero va acompañado con el insulto.
   La mujer sobre el catre de una plaza, no ha dormido ni una hora, y se tapa la cabeza y suda impotente bajo las frazadas. Él hombre empecinado insiste otra vez, insulta y ahora la embiste con todo el cuerpo, y las tablas se arquean y la tranca golpea a punto de ceder; entonces la mujer bajo las mantas se dice que no y aprieta fuerte los dientes, se dice que sí y piensa que mañana se irá para no volver.
   La fibra de la madera vence a la bestia, pero como de costumbre la de ella es vencida: entonces como un sonámbulo se levanta del catre y camina con la mirada perdida hasta la puerta, luego mecánicamente levanta la tranca.
   El vaho repugnante del alcohol y un piropo grosero sobre las piernas de una mona, cruzan la puerta primero, luego como puede, pasa el hombre tambaleante.
   Ella le pide que la espere un momento, y con movimiento de autómata, quita las mantas de lana de la cama, y ahora arroja el traperío sucio y revuelto.
   Cuando ella termina con su tarea amarga, el hombre ya está desnudo y muy cerca de ella.
   Él apenas se sostiene en pie, y la mujer con su cabeza en la nada, se entrega por completo, y los dos caen en el catre, hechos un solo cuerpo.
   Un poco antes de la madrugada, el hombre saciado y sin la violencia que le dispara el alcohol, es tan dócil como una seda: entonces ella lo expulsa del catre de un empujón, junto con el revoltijo de trapos inmundos. Los dos pasarán largas horas, casi hasta el atardecer, en el piso, en el rincón más sombrío de la casa.
   Para la mujer, gracias al cielo ya casi es de día, es la hora en que vuelve de a poco a ser ella.
   Como cada inicio de cada día, ella comienza rememorando a su madre lejana, para tomar su voz prestada por un momento y recitar cuantos puñados de fécula blanca, como abrir y cerrar el puño para tomarla, como mezclarla con el agua tibia que no se siente en los labios, como y cuando agregar la sal en forma de lluvia fina, cuanto tiempo dejar que descanse la mezcla, como frotar los pedacitos entre la palma de las manos, mientras caen lágrimas de un imborrable recuerdo, y se suman a la masa en suaves caricias en círculo.

   Ya es hora de bajar el fuentón de la pared, él ya tuvo su merecido descanso. 
    Las primeras ofrendas están para salir del horno, y el perfume en el aire engalana a la mujer, primero tiende el trapo floreado sobre la base y luego lo carga, y lo cubre con el otro trapo.
    Es la hora de partir, y ella ha puesto la pesada carga sobre su cabeza chata. Como todos los días, antes de entregar sus ofrendas en palacio, erguirá la espalda  medida con una escuadra, fijará la vista bien alto, caminará acompasada y despacio, pasará entre sus seres amados y venerados. Lo hará como quien solo sabe llevar, la corona de la reina.

ECOS  Mercedes Marcellini



MAURO: Vayamos al barrio viejo.
EZEQUIEL: ¡Mmmmmm! ¿Por qué hacia el norte? ¿Qué estamos desafiando?
MAURO: Vayamos.
EZEQUIEL: Mmmm ¿Al norte? Vientos raros si los hay.
MAURO: Estás maldiciente.
EZEQUIEL: Bailo y río. ¿Qué te pasa?
MAURO: Y maloliente.
EZEQUIEL: ¿Algo más, Ruliento? Mis ojotas y tus borcegos.
MAURO: ¿Recordás Eze? Corríamos la pelota ¡pum, pum! y ¡zas! Caíamos unos arriba de otros entre el barro y la bosta de caballo. Apretujes lindos fueron.
                    Mamá gritaba: “vas a ver cuando vuelva tu padre la tunda que te va a dar”.

                   ¿Y, madre?
                    No hubo tunda porque no hubo padre que volviera.

                   Amores, sabores, desamores.

EZEQUIEL: “…Huyo de mí
                        a la orilla incierta del otro”.
MAURO:  “… Vías oxidadas corren paralelas y no se han de juntar”
EZEQUIEL: ¿Las ilusiones?
MAURO: Los recuerdos.
EZEQUIEL: “… Moqueas como,
MAURO:  “…resina dolorida de árbol
                  árbol de alcanfor que llena los poros de mi tristeza”.
EZEQUIEL: “… Duele el amanecer
                       que disipa las tinieblas”.
MAURO: “… La metamorfosis
                  la vida y el caos”.
EZEQUIEL: “… Noches espejadas”

MAURO: Sí, allí el aljibe.
EZEQUIEL: El agua. Y el orín tibio ¡Ajjj! ¡Qué relaje!
MAURO: Acá, menta que golpea mi ansiedad.
                 Acá, campo oloroso de mis recuerdos.
                 Acá jugábamos.
EZEQUIEL: “… Huyo de mí
                       a la orilla incierta del otro
                       como hojarasca podrida de río”.
MAURO: Mirarnos en el aljibe nos daba miedo. Se desfiguraban nuestras caras, dientes, cejas.
EZEQUIEL: Las espinas pasan mis ojotas y estoy con hambre.
MAURO: La casa está derruida. Sólo quedan los postes de luz. Y la nada.
EZEQUIEL: Como entonces, tengo hambre.
MAURO: Allá, detrás del ceibal, había cítricos.
                 “Buscá las naranjas dulces, después de las heladas”, decía mamá. 
EZEQUIEL: Sí, soy leve en los recuerdos, pero su mano dándonos las cáscaras abrillantadas, los higos secos y  pasas de uva… Ecos de sabores.
                      ¿Cómo era tu mamá?
MAURO: Pasos cortos, caminaba rápido. Horquillas negras en sus cabellos largos, lisos, canos. Olor a ajo y cebolla          muy gritona.
EZEQUIEL: ¿Cómo era realmente tu mamá?
MAURO: Cantaba horrible abriendo la boca como sapo en la noche.
EZEQUIEL: Sí, soy leve en los recuerdos, pero una vez mi mano tocó la suya…

MAURO: ¿Tenés ensayo? ¿De qué trata la obra?
EZEQUIEL: De un hombre con muchos años encima, que busca desesperadamente aplacar el eco de sus heridas, errores.
MAURO: ¡Aaah! ¿Vos hacés el papel?
EZEQUIEL: Sí, con bastón.
MAURO: Viene el tren Eze, ¿escuchás?
EZEQUIEL: Chirriar de fierros, olor de aceite rancia, y el aire de espera apestosa de los que huyen y de los que vuelven.
MAURO: ¿Cómo se llama la obra?
EZEQUIEL: “Rencor de atardeceres”. Subí, vayamos al teatro del Abasto, y me seguís contando cómo era.
MAURO: Llama candente era.
EZEQUIEL: ¿Rencores amigazo?
MAURO: Dolores que fueron.

                                        EL ELIXIR  Silvia Candelo


   Caminó un poco más con pasos cada vez más titubeantes y se apoyó en una pared para recuperar el aliento. El anciano se aflojó un poco la ancha bufanda que apenas dejaba ver su rostro. Su mirada afilada escudriñó las callecitas que de tanto en tanto iluminaban antiguos faroles. Se aferró con fuerza al puño de plata de su bastón, con la misma fuerza con que se aferraba a la vida para continuar su búsqueda. Estaba tan cerca...

  Los recuerdos lo agobiaban tanto como los años que doblaban su espalda. Llegó a ese pueblo perdido buscando el Elixir del eterno olvido: quien lo beba morirá en paz sin recordar nada de su pasado. Al menos eso es lo que le había dicho hace años un sacerdote que conoció, insólitamente, en una de las tabernas que solía frecuentar en su juventud. El cura andaba en busca de un misterioso cocinero y mientras apuraba una botella de vino había soltado la lengua con un montón de historias inverosímiles, pero el extraño elixir había perdurado en la mente del hombre durante toda su vida.

   El viejo, sigilosamente, comenzó a caminar apretujándose contra las paredes descascaradas, como si temiera que alguien lo descubra. Intentó orientarse con los pocos datos que le había dado el sacerdote tantos años atrás. Como no vio a nadie para preguntar decidió cortar por lo sano y buscar la casa por sí mismo. Sus pasos se hacían más inseguros a medida que subía por los adoquines gastados. Creía que la casucha que buscaba debía estar al final de esa callejuela que serpenteaba hacia la montaña. A medida que subía su corazón se aceleraba y empezó a asomarle un miedo pegajoso como la niebla que empezaba a descender. En la soledad de la noche no podía evitar que sus tacones se escucharan como martillazos.

  De pronto se le cruzó un gato negro, que venía relamiéndose parsimoniosamente después de algún imprevisto festín. Sorprendido por la inesperada aparicón, el viejo intentó ahuyentarlo pero el gato le saltó a la cabeza, cortajeándole la mejilla con sus afiladas uñas. Al querer huir se entreveró con la bufanda del hombre y lo hizo trastabillar. El viejo cayó con un ruido sordo y el gato, liberado de su enredo, se alejó con aire distraído perdiéndose entre unos arbustos.
   Se levantó con dificultad, se sacudió la ropa e intentó limpiar las heridas con un fino pañuelo de seda. Pero de los arañazos brotaba mucha sangre y decidió pedir ayuda. Golpeó en una humilde cabaña medio oculta tras un muro casi derruído. Le abrieron casi de inmediato sin preguntar. El interior estaba en penumbras, apenas iluminado por una lámpara de aceite y la luz que venía del fogón donde una pesada marmita borboteaba esparciendo un indefinible aroma de verduras y especias.
    La anciana que le abrió le hizo señas para que se siente junto a la mesa. Del otro lado, tras un enorme tazón humeante, dos ojitos vivaces lo miraban con curiosidad: era la niña de carita hambrienta que hace unas horas había visto con una llama junto a la iglesia y a quien le había convidado un plato de comida en la fonda.
   La mujer se acercó con un recipiente con agua y con una tela blanca comenzó a limpiarle los arañazos y luego  le colocó un ungüento que de inmediato calmó el ardor.
   -Veo que Mandinga le guió hasta acá- dijo señalando apenas con la mirada hacia lo alto del fogón, desde donde los ojos amarillos de un gato negro vigilaban la escena.
   El viejo pegó un respingo e intentó pararse pero la anciana lo detuvo
   -No se preocupe, no le hará nada. Tan sólo apresuró su llegada pero hubiera encontrado la casa de todos modos. Lo estaba esperando.
  -¿Cómo?
   La mujer no contestó y se alejó con sus cacharros hacia el fondo de la habitación. Abrió un oscuro mueble chirriante y sacó algo.
Volvió hasta el hombre y delante suyo puso en la mesa un diminuto frasco con un líquido verdoso.
   -Esto es lo que ha venido a buscar, todos vienen por él.
   El viejo tomó el frasco con un movimiento rápido, sacó de su bolsillo un fajo de billetes y lo puso sobre la mesa y se levantó para irse.
   La anciana lo miró fijamente y le dijo:
   -No lo beba hasta que no haya vuelto a su casa.
   El viejo salió con su codiciado tesoro en el puño. El aire frío de la noche había despejado la niebla.
   A la luz de un farol miró el frasco y sin pensarlo dos veces tragó su contenido apresuradamente.
   Un sabor amargo y punzante encendió su garganta hasta que le saltaron las lágrimas. De pronto voces e imágenes comenzaron a atropellarse en su cabeza, oro, rostros, gritos, súplicas, el puño de su bastón en alto, la sangre y en medio de un remolino enloquecido perdió el conocimiento y cayó.


   Como todas las mañanas la niña de la llama se acomoda a la sombra del campanario de Santa María de la Caridad a la espera de algunas monedas de los turistas. Desde hace un tiempo la acompaña un viejo de bastón con la mirada perdida que se sienta en las escalinatas buscando un rayo de sol que entibie sus días sin pasado y sin futuro. Desde las penumbras de la recova un anciano sacerdote los observa sonriendo.




                                      
                                        ABASTO  Miguel Di Luca                                                                                                                               

Mendilarzu camina pausadamente las calles del Abasto, se lo ve distinto, nada tenía que ver con el viejo barrio de los años 60, la gente, las casas, los olores son ahora diferentes. Mira incrédulo los habitantes, inmigrantes peruanos en su mayoría, las casas tapiadas, las veredas rotas, la pobreza extrema, mendigos, putas por doquier, no da crédito a lo que tiene delante de su vista.
Parado en una esquina con el dedo meñique escarbando una de sus orejas piensa que si bien siempre había sido un barrio pobre de la gran capital, antes era distinto. Gente del interior, changarines del Mercado de Abasto, pensiones, pequeños negocios, en fin, pobreza digna. Esto de ahora es muy diferente.
De todos modos Mendilarzu no viene de turista. No. Busca un bodegón donde ahora preparan comida peruana. Y no sería difícil porque había en el aire un aroma diferente, el que venía de los vendedores ambulantes de especias como el ají, cilantro y pimiento rojo, y el que se percibía en el aire de las cocinas de las pensiones. Estos olores contrastaban también con los que recordaba de los churrascos, empanadas, puchero o locro de los viejos habitantes del Abasto. Tenía en el recuerdo de su paso por Perú en aquel viaje de la juventud a Machu Pichu, las Papa a la huancaína y el Ceviche, los dos platos que mas le habían quedado grabados. El hijo del dueño de aquel restaurante céntrico de Cuzco estaba radicado en Buenos Aires. Había un solo dato, el tendría unos 50 años, se llamaba o le decían Chumpitaz, creía que en recuerdo al zaguero peruano de la década del 60. Caminó por Jean Jaurés preguntando por el sujeto y nadie lo ubicaba. Avanzado el mediodía y ningún rastro de Chumpitaz. Husmeando aún mas en la entraña del barrio, una señora mayor cree ubicarlo, estaría en una casa particular de la calle Gallo al 400 donde funcionaría el bodegón. Está parado, el dedo meñique en su oreja y pensativo. Un dato vago pero empieza a caminar. Gallo al 400, ¿será esa puerta donde reluce una mujer de vestido rojo?
Al acercarse mas la descubre madura pero impactante. Esa piel cetrina de las gentes del Norte. El vestido muy ajustado y corto, blusa verde desprendida de tal modo que se podían ver sus senos, pelo bien negro estirado que terminaba en un prolijo rodete, sus labios rojos lo impactaron. Estaba claro que el tal Chumpitaz se dedicaba a otros menesteres, había mas mujeres en la casa y algunos parroquianos dando vueltas. Hacia el fondo de la casa una escalera, los escalones de madera, anchos y fuertes, la pared de piedra, rocosa y filosa. Era raro, no se correspondía con el estilo de la casa, en un costado una puerta cerrada con un candado, demasiado misterio. Sube buscando nuevamente la calle.
De pronto un recuerdo del viaje a Perú le viene a la memoria, la colorida Plaza de Armas de Cuzco cuando iban camino a Machu Pichu, la esquina de la Iglesia y aquella niña que tenía de su mano una llama de color blanco…



La visita no fue fructífera en cuanto al bodegón, pero si lo fue para recrear un barrio que le traía lejanos recuerdos.
Mendilarzu emprende la retirada, con el paso cancino, su viejo pantalón de gabardina y saco azul de James Smart, los mocasines color guinda de Guido prolijamente gastados. Va camino a la estación Carlos Gardel del subte B que lo depositará en Constitución previo trasbordo en Diagonal Norte. En el camino cruza unos cuantos judíos ortodoxos, algunos con la kipá y otros con su sombrero negro, pero todos de pantalón y saco negro, recuerda ahora que es común verlos en el Abasto dando colorido al barrio por la vecindad de este con el Once. Le viene a la memoria la sinagoga de Jean Jaures al 300 del lado de los números pares.
Ya en el subte otra vez las comparaciones, las vestimentas de estos trabajadores con sus rostros cansados, la mirada perdida de regreso a casa, sus zapatillas gastadas vaqueros o joggins y la mochila a cuestas, nada combina con nada pero es una vestimenta digna. Cuando llega a la Estación, en el gran hall central ella ya no estaba…
                                                                                                 
                                           LA BÚSQUEDA Néstor Monzón


     Desde las sombras de la recova el paso ansioso del franciscano se desliza sobre los verdosos adoquines del antiguo barrio judío. El rosario zangolotea rozando la aspereza del hábito gastado…cojea. Se deja llevar por los vientos aromados, su búsqueda es paciente porque sabe que llegará a destino. Todo es cuestión de tiempo; tiempo y camino. Le han dicho que ese hombre es más que un cocinero, ese hombre es un misterio vivo.
     El fraile atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que en verdad está buscando, una invisible sustancia, como un imán del que no será posible librarse.
    El monje va de a pie, como siempre, y trata de imaginar al hombre que busca: ¿Será muy anciano? ¿Robusto como todo cocinero? El no lo es, los ayunos y las penitencias lo han vuelto delgado como un mimbre, pero vigoroso y lúcido, aunque esa cojera…
     Lo dibuja en su mente activo, sereno, entre ollas y olores, rodeado de brasas con humos que se acomodan bien a su trabajo de experimentado alquimista. El también combina ingredientes: plegarias, tradiciones y algo de fe. Cocinar es de alguna manera como rezar: hay necesidad y promesa, búsqueda, saciedad, aromas y ansiedades.
   Tal vez se parezcan entre sí más de lo que imagina. Urge hallar a ese hombre y el tiempo no es eterno, como no lo es tampoco la vida.
     Quizá el encontrarlo le ayudaría a calmar esos espasmos que se producían en su interior.
     El fraile repasa mientras camina la teoría de Van Hutten: “ La religiosidad tal como nos la han vendido, es un malentendido. Nada de lo que llamamos revelación, sagrado, divino, pertenece a la esfera del verdadero sentimiento religioso. La religiosidad es una estructura espiritual esencialmente humana, vale decir social, que se nutre de muchas ideas basadas en Evangelios que han sido adulterados…”
     Demasiado peso tienen aquellas ideas para un hombre que carga no solo con un cuerpo gastado, sino también con una fe erosionada.
     La pesadez de la noche cae apacible sobre la ciudad vagabunda aunque en la esquina cercana una muchedumbre se apretuja en la puerta de la fonda. Los rasgos del lugar coinciden con la descripción que le indico su informante. Le impiden el ingreso: “Es que esta noche hay chorizos con brócoli”, le grita alguien que se arrastraba para entrar al lugar. “Vaya forma de atesorar un secreto”, se dijo para sí el cura.
     Impaciente por ver lo que ocurría dentro, se trepó a un carro estacionado frente al negocio, vio más gente que la que se hallaba fuera; en el rincón más lejano un niño acurrucándose en las faldas de su madre desentonaba con ese gentío hambriento. La mujer que tenía una mano entumecida parecía también ajena a ese festival de miserables que deambulaban el sitio.
     El franciscano rezumaba odio por no poder entrar: “Aquí no puede trabajar un cocinero casi mítico”, murmuraba enfurecido. Mientras tanto el aroma a brócoli apestaba. Un desaforado gritó desde el exterior de la fonda: ¿Por qué no alcanza para todos?
Al mismo tiempo que algunos atragantados de comida comenzaban a vomitar. La escena era grotesca y repulsiva.
      De improviso, la mujer de la mano entumecida se levanta y sale del lugar dejando al niño en brazos de un anciano. Camina despacio, lo cual favorece el paso del fraile que debido a su cojera no puede seguirla de prisa. Recorre unos metros y se mete en un pasillo oscuro. No siente culpa por esta tarea; él mismo se había interesado por hallar aquellos mensajes milenarios: le va su fe y su destino en ello.
     La joven mujer ingresa a un cuarto casi al final del pasillo, un pequeño jardín en su entrada le permiten esconderse y ver en su interior a través de una ventana rectangular. Su instinto, nunca le ha fallado. Un hombre con cara de flauta recibe a la mujer con un beso en la boca. La luz se apagó y un largo silencio invadió el lugar como una ceremonia que ya estaba pactada de antemano. El espía se sentía incómodo pero a la vez una satisfacción extraña lo excitaba y lo confundía. Estaba como atontado y extasiado detrás de aquella ventana pequeña desde donde se apropiaba de una historia ajena y turbadora.
     Al salir del cuarto escucha la voz de ella: “No te apures, todavía hay mucha gente en la fonda, yo te avisaré cuando ya no quede nadie”.
     El azar manda, no busques se dice el cura y mientras se dirigía hacia la fonda para esperar a que el hombre se hiciera presente, lo sorprendieron dos jóvenes que delante suyo también trataban de ingresar. Raros esos dos, uno alto con cuello de jirafa, el otro tenía una nariz con forma de zanahoria; hablaban de forma extraña y en algún punto le parecieron conocidos:
-         Noches espejadas como estas me desconciertan.
-         ¿Será eso que llamamos destino?
-         La metamorfosis de la luz..o de las sombras.
-         El olor es pesado aquí. Me agrada.
-         Entremos entonces. La vida y el caos, me gusta también.
-         Somos lo que somos, porque venimos de donde venimos…

     Cuando por fin pudo entrar el cura echó una mirada al lugar. Era como una alegoría de la miseria, sin embargo un encanto particular lo trascendía. Circulan los misterios y las respuestas por sus pisos gastados que crujían ante las pisadas de los hombres. Todos los que estaban en su interior parecían iguales, como reflejados en un gigantesco espejo, se notaban fatigados. El sudor viajaba más allá de sus cuerpos, lo inundaba todo. Eran parte de un espectáculo sideral y grotesco. La saciedad parece ser la medida de todas las cosas, sin embargo cierto grado de dignidad era lo que más los unía. Sonidos entrelazados, gritos, quejas, ansiedades, utensillos de cocina, cubiertos y platos que chocaban en un clima de agobio y oscuridad.
     De todas formas en aquella fonda había cierto equilibrio entre el misterio y la realidad.
     Todas las estancias del lugar parecían alcanzadas por una mano generosa; en medio de las carencias todos se notaban satisfechos.
     La sopa de brócoli dominaba la escena. La fonda se asemejaba a un barco dentro de una botella antes de ser tirada al mar. Sin embargo que frágil maravilla que era ese barco dentro de esa botella dentro de ese mar dentro del susodicho plato de sopa.
     Cierta bruma procedente del exterior penetraba el amplio salón de la planta baja, lo cual producía un raro efecto de luces y sombras que bien podía compararse a las cavernas o bares cercanos a cualquier ciudad costera del mundo.
     Poco a poco todos se fueron saciando y tranquilizando, entonces comenzaron a retirase del lugar lentamente. Al cabo de unos minutos solo quedaban la mujer de la mano entumecida, un par de mozos de dudoso aspecto y el viejo que todavía cuidaba del niño. Los sonidos abrumadores del gentío habían desaparecido, solo se escuchaban los mozos levantando las mesas y lavando los platos y cubiertos. El fraile permanecía en silencio sentado en un rincón, mientras todos lo miraban con desconfiado encono.
     Al cabo de un rato, la mujer se puso de pie y a los pocos minutos regresó acompañada del misterioso hombre. Era un hombre que emitía señales de algún liderazgo; miraba profundo y más allá de los ojos del otro.
     De inmediato reparó en el fraile que permanecía sentado en su mesa, pero se acomodó junto a la mujer y el anciano con el niño en el centro del salón. Ahora todo el ambiente permanecía en un silencio sepulcral. Era como un duelo de paciencias que nadie quería romper.   
     Finalmente, el fraile caminó despacio hacia la mesa del hombre; los mozos se pusieron nerviosos y el lugar se hundió en un tenso clima de espera. Su cojera retardaba el encuentro y cargaba de mayor tensión a la escena. Parado frente a él le dijo:
-¿Sabe por qué lo busco verdad?
-Por supuesto.
-¿También sabe quién soy?
-¡Claro!
-¿Existen esos mensajes ocultos de Jesús?
-Eso depende de usted -contestó hoscamente desde su silla.
-¿Qué me quiere decir? -replicó el cura.
-Que al final uno siempre debe aceptar lo que el otro puede dar…
-Eso significa….-y el hombre lo interrumpió antes de que el fraile terminara la frase:
-Harina de jazmín, esencia de vainillas, lentejas, cordero, ciruelas, ajíes , cebollas moradas, mandioca, quesillo, brócoli, paciencia, serenidad, naranjas dulces, templanza, mano firme, prudencia. Vino tinto. Horno de barro.
     La mujer de la mano entumecida miraba fijamente al hombre y nada decía; el anciano sostenía al niño dormido en sus brazos para que no se cayera; los mozos seguían atentos y callados.
     Una ráfaga de quietud atravesó el salón, dolía la ausencia de palabras, una bandeja de metal golpeó contra un tenedor y pareció como si estallara una guerra. Luego de unos largos minutos el fraile dijo con voz hosca:
-He andado con esta pierna defectuosa muchos kilómetros como para recibir como respuesta solo tonterías…
 El hombre con cara de flauta le respondió:
-Amigo franciscano, no se ponga fastidioso, la gente de este lugar no es amiga de los curas; y la verdad es que yo tampoco. Si hasta ahora no lo hemos hecho mierda es porque su nombre está inscripto en El Libro; de todas maneras si aparece borrado nadie lo va a echar de menos, llegarán otros.
-¿De qué me habla? -dijo sorprendido el religioso.
-¡El Libro de los nombres! Es lógico que no sepa, nadie sabe hasta llegar a mí.
-¿Qué es lo que no sé? -rezongó ahora el fraile con voz intranquila.
-En ese libro, que tiene muchos miles de años, están los nombres de los elegidos, aquellos que deben transmitir el mensaje a través de la historia. Usted es Euthyno.
-¡Yo no me llamo Euthyno! -gritó el religioso con desesperación.
-¡Incrédulo como todo cura! -susurró por lo bajo el hombre con cara de flauta -Euthyno es su nombre real, con el cual fue designado desde los orígenes, pero eso es lo de menos; lo importante es el Mensaje.
-¿Y cual es el mensaje?
-Harina de jazmín, esencia de vainillas, lentejas, cordero, ciruelas, ajíes, cebollas moradas, mandioca, quesillo, brócoli, paciencia, serenidad, naranjas dulces, templanza, mano firme, prudencia. Vino tinto. Horno de barro.
-No entiendo…
-Juan El Bautista era Nereos, con eso le digo todo.
-¿Y usted. quién es?
-Yo soy Ariston….
-Todo esto no tiene ningún sentido. ¡Es una gran locura!...
-Ya entenderá franciscano, eso sí, deberá sacarse de encima algunas creencias y prejuicios. No le será fácil, es parte del mensaje y del camino que le queda por recorrer. En ocasiones verá cosas cuyo nombre no es sonido ni silencio. ¡Llamá a los muchachos! -le dijo a la mujer que subió obediente a la planta superior y bajó en compañía de los jóvenes que un rato antes el cura había visto en la entrada.
-El es Euthyno, -les dijo el hombre con cara de flauta.
-Sí, lo vimos al entrar bajo la noche espejada, en la espera apestosa, -contestó el más alto de los dos, el que tenía cuello de jirafa.
-Deben guiarlo…
-Ya era hora, -replicó el de nariz con forma de zanahoria. -Construiremos un puente que atraviese el río: “Vías oxidadas corren paralelas y no se han de juntar”. Primero al norte, vientos raros si los hay. Y llevaremos el mensaje, toca harina de jazmín con mano firme, lentejas y prudencia, naranjas dulces.
-Es que yo creía… -titubeó el franciscano, mientras parecía como si fuese a llorar.
-El proyecto que nos guía no es imposible, aunque sí sobrenatural (y el hombre con cara de flauta cerró los ojos). No hay religión, ni creencia, solo mensaje y revelación que nos viene transmitida desde los orígenes de la vida.
-¿Y como accedemos a esa revelación? -preguntó el fraile, que parecía recobrar su entereza.
-A través de las personas, -le respondió el ahora Ariston con cara de flauta. -Las personas son lo importante, las que transmiten el mensaje a través de las comidas. Los alimentos han sido desde siempre la causa de la supervivencia del hombre ¿Por qué no serían el modo de revelarle su destino?
-¿Y los profetas, los santos, el mismísimo Hijo de Dios? ¿Son sólo inventos, mentiras? 
-¡Al contrario, ellos fueron verdaderos mensajeros! Lo que ocurrió es que los vivillos de siempre inventaron las religiones para usufructo propio. Cuando Jesús (que no era Jesús sino Egis) reparte el pan y el vino entre sus discípulos está transmitiendo el mismo mensaje que ahora le toca llevar a usted; todo lo demás es una gran mentira disfrazada de promesas.
-¿Es decir que esta fonda sería como una especie de iglesia donde la gente come y se lleva su mensaje revelado sin enterarse?
-La gente viene y come porque tiene hambre. Esto no es una iglesia hombre… ¿O acaso yo, esta mujer o esos mozos tienen cara de curas? Pero si quiere simplificar la cosa, es verdad: la revelación del destino es individual en cada persona. La cocina popular sirve para llenarse de indignación, belleza y cada vez más apetito por la justicia y la equidad. Decía un antiguo mensajero: “Cuando el pueblo hambriento prueba un bocado de comida experimenta a Dios en cada grano”.
-¡Fogones, tránsito de sabores e invento de gozos! -agregó el joven con nariz de zanahoria…
-¡Una Teología de las vísceras! -gritó el otro, el que tenía cuello de jirafa.
-Dígame algo –dijo el monje Euthyno -¿Ud. es realmente el cocinero del que tanto he escuchado hablar?
-No, yo no soy El Cocinero –exclamó con un hilo de nostalgia y resignación Ariston. –Ella lo es y señaló con su brazo a la mujer de la mano entumecida. -Signia es su nombre y su poder es mucho mayor que elaborar platos para esta gente hambrienta.
     La mujer se dirigió lentamente hacia el anciano, tomó otra vez al niño entre sus brazos, y en ese preciso instante el cura pudo observar que al pequeño le faltaba una de sus manos. El viejo en tanto, se desplazaba a través de una silla de ruedas que dejaban ver dos piernas ausentes.
     Entonces el fraile sintió como si en ese momento un relámpago lo atravesara de lado a lado: hombres con cara de flauta, con cuello de jirafa, manos entumecidas, narices en forma de zanahoria, mancos, paralíticos…su propia cojera…
-Los mozos son mudos, -sentenció Ariston como si le estuviera leyendo el pensamiento.
-¿Y eso que significa?
-Nada y todo. A veces, las cosas importantes es preciso que las digan las personas como nosotros. Tal vez para que el resto (las mayorías) se sientan agradecidas por la suerte que les ha tocado. O para que se sepa, que la verdad puede estar en el desorden, en lo anormal. Que la belleza puede tener una cara impensada. Pero eso es una suposición mía, -dijo la flauta con cuerpo de hombre, o quizá sea solo casualidad.
Lo cierto es que se acercan tiempos difíciles hermano. Las migraciones de miles de personas que pierden de la noche a la mañana sus costumbres y creencias. Hombres y mujeres que comienzan a cuestionarse lo que parecía. Normas que dejan de existir, todo puede chocar y confluir y de allí explotar o surgir algo nuevo.
Estamos ingresando a la Era de la Extrañeza…
-¿Eso es bueno o malo?, -preguntó el cojo con hábito franciscano.
-Depende, -suspiró Signia y pareció como si con su voz toda la fonda se llenara de ecos. Lo importante es que ya estamos casi todos, -agregó. Sólo falta La Reina y hallarla es su mandato Euthyno.
-¡Gracias a Dios! -se escuchó desde el otro lado del mostrador y aquello sonó como una plegaria…






N. del A: LEYENDA OMITOSA: Leyenda apócrifa desdeñada por todas la religiones actuales y que circula en determinados ámbitos sagrados. La misma dice que Los Omitas, una de las castas judías más antiguas de la historia habrían logrado transmitir a través de misteriosas y elaboradas recetas culinarias el verdadero destino del hombre. Envueltas en sobres de un material inviolable las consignas y secretos siguen en nuestros días pasando de mano en mano por intermedio de personas elegidas misteriosamente a través de los siglos. Se cree que la última cena de Jesús y sus discípulos fueron tan solo eslabón  de esas venerables ceremonias. 


                                                           ------FIN------


PRE TEXTOS


                                       LA  SOPA Silvia Candelo

   La sopa: ¿Quién se pone a pensar lo que está haciendo cuando hace una sopa de verduras? Es algo que tenemos tan mecanizado que cuesta hacerlo concientemente, sentir. oler, escuchar cada verdura que pelamos, lavamos, cortamos y echamos a la olla. Apenas nos vamos dando cuenta cuando el olor escapa de la olla y comienza a envolvernos. Ahí depende del apuro de cada uno: o nos contentamos con ir vigilando la cocción mientras hacemos otras cosas o puede ser que en un mediodía tranquilo nos dejemos invadir por el aroma y se despierten los recuerdos. La sopa inevitablemente es olor a familia, a caserón, a abuela con delantal. Muchas veces también es recuerdo de una lucha por no ceder ante la imposición de comer verduras. los berrinches, el escarbar en el plato para sacar lo que no nos gustaba. Creo que el olor a sopa debe ser uno de los olores que universalmente despierta sentimientos de hogar, de infancia, de mesa grande con primos y tíos. Cuando entramos a una casa con olor a sopa inmediatamente nos relajamos, sabemos que hemos llegado a un lugar seguro. El pasado nos manda un abrazo.
  
EUCALIPTUS Silvia Candelo 



    Apenas abría la puerta cancel del zaguán de la abuela, si sentía ese olor dulzón a eucalipto ya sabía que había alguien enfermo en la casa. Me lo terminaban de confirmar las miradas severas de las tías, ese misterioso ir y venir de las piezas a la cocina, las medias palabras y sobre todo, la falta de alguien de la familia en la mesa grande del almuerzo. Podía ser el abuelo con ese catarro viejo de fumador arrepentido, el primo Carlitos tan debilucho desde que nació o cualquier otro que hubiera tenido la mala suerte de resfriarse al salir en esas gélidas mañanas de charcos congelados. Sin necesidad de que me lo recordaran ya sabía que era momento de entretenerse sola con algún libro o cortando figuritas o  cualquier otra cosa que pudiera hacer en silencio para no molestar al enfermo. Todavía recuerdo mi sorpresa la primera vez que en un hospital vi la famosa foto de la enfermera pidiendo silencio porque imaginé que debía ser la tía de alguien que estuviera allí internado. Me habían llevado a visitar a la prima Juana que estaba allí con su nuevo bebé. En ese momento pensé que el bebé habría tomado mucho frío en el vuelo en cigüeña desde París y se había resfriado, de otra manera no me explicaba por qué tenía que estar en un hospital. Pero allí no había olor a eucalipto, se sentía una rara mezcla de lavandina y medicamentos y olor a gente asustada, un olor que todavía hoy me estremece cada vez que entro a un hospital. Todavía no entiendo muy bien cómo en aquella ocasión se habían decidido a llevarme. Aquellas eran épocas en que se envolvía a los niños en una nube de dichosa ignorancia para mantenerlos alejados de la vida y la muerte, ya sea con una inverosímil cigüeña francesa o con un mágico "se fue al cielo", que dejaba más preguntas que respuestas. Porque de vez en cuando sucedía que, después de unos días de olor a eucalipto, cruces de miradas y voces detrás de las puertas, me daba cuenta de que alguien  ya no volvía a sentarse en la mesa grande. Sabía que era inútil preguntar, nadie me explicaría nada más. Sólo quedaba acostumbrarme a la ausencia, a los ojos enrojecidos y los vestidos negros. Después crecí y fui descubriendo todo lo que tan empeñosamente se habían empeñado en ocultarme. Aprendí a ver la maravilla de la vida encerrada en unos ojos claros y me aferré a ella. Aprendí a desafiar la inmensidad de la muerte con el tesoro de los recuerdos
   Y aún ahora cada vez que paso junto a eucaliptos y me envuelve su olor dulzón, me asaltan imágenes difusas de la infancia. Los fantasmas de los que ya no están me rodean con pasos leves y susurros incomprensibles. Y muy dentro de mí revive la niña refugiada tras un libro en un rincón. 
                                                         
      

                                         YUYOS PA’EL AMOR Nilda Tomassi

  
   En la mitad de la Pampa Húmeda, escondido entre frondosos árboles,
rodeado de flores y macetas decorativas, se levantaba el rancho de adobe
donde vivían Casilda y su abuela.
   Un silencio tranquilo las acunaba, poca gente pasaba por ahí, y menos las
visitaban.
  Un día la abuela se puso a mirar a su nieta y notando como había pasado el
tiempo, decidió que estaba en “edad de merecer”.
  Ataron el sulky y se fueron al pueblo a ver a la Paulina.
  Paulina era una mezcla rara de casamentera, vidente, curandera, experta en
ojeo y empacho y muy diestra en yuyos para el amor, era  muy apreciada y
requerida por aquellos pagos.
  -¡Qué linda está la Casilda! – fue lo primero que dijo al verlas.
  -Vas a tener que empezar a traerla a las tertulias del Club Comercio-agregó.
  A Casilda le gustó la idea de las Tertulias, ella tenía formado su concepto
acerca del amor y el matrimonio, pero hacía esto por no contradecir a su
abuela.
  -Y, sí – dijo la vieja – Quizá está bueno lo de las tertulias, pero venimos por
algo más rápido y efectivo-
  -¿Un yuyo pa´el amor?- preguntó Paulina. -Acá va: anoten-
         * Una rama de ruda macho que no haya tocado el suelo.
         * Una pluma de lechuza, encontrada después de una noche nublada.
         * Hojas de albahaca, tres o cuatro.
         *Dos dientes de ajo picados.
Todo esto bien machacado y aguado con:
          *Media taza de de alcohol de quemar.
          *Media taza de vinagre.
          *Un chorro fuerte de lavandina.
  -Ahora lo más importante- dijo.
   Cuando esté todo listo, lo revuelven usando la cola del gato. Quien eso
tome caerá rendido a los pies de Casilda.
  Volviendo al rancho, la chica trató de persuadir a su abuela, insistiendo en la
idea de las tertulias.
   No hubo caso, la vieja empezó con el menjunje hasta que llegó el momento
de revolver con la cola del gato.
   Agarraron al animal y como pudieron introdujeron su cola en el brebaje,
pero los estridentes maullidos del felino les hicieron notar que la pócima la
había pelado.
  Lavaron el rabo, lo desinfectaron, le dieron un Geniol para calmar el dolor y
el frasco con la receta mágica fue a parar a lo más hondo del jagüel.    


                    Aroma de café Miguel Di Luca


Siempre recuerdo aquel día, yo adolescente quería tomar un café y no me animaba, estaba parado en la puerta del Capri, los parroquianos eran mas grandes que yo, no se como me animé, encaro al cajero para sacar un vale y tímidamente pido, señor un café por favor. -
 Pibe, me dice Poroto Abadíe, vas a tomar el mejor, Belmondo preparame un tres cuarto bien cargado !!!
 Parado y emocionado delante de la Pavone, el ruido del molinillo y el olor a café molido me provoca una sensación única e irrepetible.
Pasaron ya mas 50 años y yo sigo con la ceremonia casi religiosa de tomar un café tres cuarto bien cargado.



               EL ALMUERZO DE LOS TONTOS  Ricardo Guidi

Los niños dejan las hamburguesas a medio comer, y parten del salón como rayos. En una de sus manos, llevan un cucurucho de papas recién fritas.

Ahora retozan en el parque del restaurante, plagado de niños que han partido con un cucurucho de papas recién fritas, que han dejado a sus hamburguesas a medio comer, que han abandonado a sus padres en la mesa y los han hecho quedar con sus caras hasta el suelo.
En el gran salón comedor, se escucha nada más que el golpeteo de los cubiertos, y se ven padres que gesticulan con mal humor, frente a los platos sin comensales.

En el parque hay más de cien niños, que corren, que saltan, que gritan y se ríen. Con el apetito calmado y con sus dedos aceitosos, llevan ahora sobre sus pequeñas cabezas, a modo de bonetes, cucuruchos vacíos de cartón coloreado.


                                  EMPETROLADO   Néstor Monzón


     Tarde de Enero calurosa; hasta el aire sudaba. El grupo de amigos estaba diezmado, porque era época de vacaciones y algunos (los menos) se iban de paseo con sus familias; así que ese día éramos solamente seis.
     Las calles del barrio estaban hirviendo y los vecinos protestaban si jugábamos al fútbol en ellas, porque como bien se sabe a la hora de la siesta no debe molestarse con pelotazos y gritos.
     Entonces la zona de Circunvalación era la más apta para pasar aquellas horas hasta que la gente se levantara y pudiéramos jugar tranquilos. La estación de trenes, los pastizales y los árboles que la rodeaban creaban el escenario adecuado para disfrutar del ocio y no molestar a nadie. Un paisaje desoladamente poblado de aventuras.
     También estaba el canal empetrolado, ese gran surco maloliente, no demasiado profundo que se abría paralelo a la calle setenta y dos y que hacía circular los restos de petróleo y aceites que las máquinas del ferrocarril utilizaban como combustible.
     Era nuestra costumbre, cuando estábamos lo suficientemente aburridos, caminar por encima de dicho canal, haciendo equilibrio sobre su parte superior y gastarnos bromas respecto a que nos caíamos en él y de cómo saldríamos del mismo.
     A medida que uno se acercaba al canal el olor que lo circundaba era muy particular; una especie de pesadez ácida nos penetraba en las fauces, como el aliento pesado de algún animal salvaje. Una fetidez que hablaba por sí misma.
     Sin embargo, cuando definidamente uno llegaba y lo miraba desde arriba, el olor que de él emanaba se asemejaba al huevo descompuesto, podrido de varios días y ahí sí que había que taparse un poco la nariz porque de verdad descomponía. Una fetidez que callaba el espanto.
     Pero claro, a nuestros once o doce años, aquellas expediciones por los bordes del barrio eran como travesías por las selvas más peligrosas del mundo. Éramos temerosamente felices.
     Esa tarde en particular el hediondo aroma era más intenso que de costumbre, como si la tierra se hubiera descompuesto y expulsado de sus entrañas toda aquella podredumbre. Como si el mundo se corrompiera por dentro.
      Recuerdo una vez que charlando con el padre del Negro Baldi, que era profesor, nos dijo: “…¿Y que esperan chicos? -No se olviden que el petróleo es producto de animales muertos a lo largo de millones años y expuestos a altas temperaturas y presiones ambientales” ¿Qué va a tener, olor a perfume?
     Lo cierto es que el día anterior había caído una fuerte lluvia por la noche, de esas que provocan a su paso como un realce de los aromas de la naturaleza, para bien o para mal, y que además había dejado muy resbaladizos, tanto los pastizales como la tierra adyacente al canal. El piso era una barrosa pista de patinaje.
      Los seis amigos, encaramos hacia el canal displicentemente, como aburridos también por el paisaje, los olores y los chistes de siempre. De repente, y no me digan cómo sucedió yo estaba intentando pararme desde el fondo de aquel abismo, totalmente cubierto de una espesa capa de petróleo, mientras percibía una mezcla de estupor y risa de parte de mis amigos, que desde lo alto no sabían bien que hacer. La fetidez me había tragado por completo, la fosa y su hedor eran ahora mi mundo.
     Tampoco recuerdo como subí a la superficie nuevamente, arrastrándome quizás como una especie de animal camuflado y mucho menos como transcurrieron aquellos metros hasta llegar a mi casa. Sí tengo bien grabado en mi mente, cómo los vecinos del barrio, esa tarde totalmente despabilados, miraban desde sus puertas ese desfile humillante del cual yo era el único protagonista.
     Menos aun recuerdo los retos y comentarios de mi familia o amigos. Sólo quedó grabada en mi memoria la frase de doña Elsa, una vecina cercana que exclamó cuando me vio llegar: ¡Parece un pingüino empetrolado!
Y así me limpiaron, despacio y meticulosamente, como a esos pobres bichos que lavan con paciencia para poder extraerle los restos de aquel inmundo material que ahora se alojaba en  mi piel y en mis cabellos, mientras mis hermanas rociaban el ambiente con algún perfume que aliviara en algo la hediondez del aire.
     Mi cuerpo, desnudo e inmóvil en medio del patio trasero, no percibía nada, solo una extraña sensación de abandono, de resignación y somnolencia. Me había convertido en un ser vomitado por la naturaleza, en un pútrido pingüino empetrolado.
     Han pasado los años. Mi vida fue tomando rumbos diversos y aquella experiencia me resulta indiferente cuando la recuerdo en las frías y largas noches de invierno.
     Ahora, cada mañana siento el frío brillante del paisaje que me habita, la mirada se me pierde en todo el blanco horizonte que mi vista puede alcanzar y esas aves simpáticas caminando conmigo por la  nieve, limpias y despreocupadas me hacen reflexionar. Yo que he caído en un indiferente estado de desconección con los humanos, ya sean buenos o malos; yo que experimento con ellos como si mis sentidos simplemente se cansaran, se desconectaran…
      Yo con cierta inocencia, me pregunto entonces, mientras esos olores me siguen persiguiendo, pesados, llenos de tedio y que parecen volver silenciosos desde otro tiempo…

     ¿Pasaré el resto de mi vida aquí en la Antártida? 


                         MEMORIAS Silvia Candelo

Perfume del ropero de mamá, de secretos inimaginados en los últimos cajones, perfume antiguo de rosas que va desapareciendo.



El té después de la música como una ceremonia infaltable. La habitación tapizada de libros y recuerdos de viajes. La chimenea encendida, el agua humeante y el placer compartido de elegir un té exótico para acompañar la charla de la tarde invernal, hundidos en un sillón que nos envuelve como un abrazo.



                           AROMAS DE ENTRECASA Néstor Monzón 


     El aroma a brócoli hirviendo es un castigo cruel e inhumano. Es antisociable, asqueroso; un insulto a la armonía familiar. A la buena vecindad, a la relación padre hijos y en especial al vínculo matrimonial.
     Es una forma de buscar pelea, de mal disponer a las mascotas, de hacerle difícil la vida a los ancianos y de espantar a las visitas. Es como escuchar tangos en una lluviosa tarde de domingo. Da tristeza. Similar a contarle historias de  fantasmas por las noches a pequeños niños en campamento.
      El olor a brócoli cocinándose es una forma de sacar esas fuerzas destructivas que yacen en nosotros y que se reconocen sólo a través de los sentidos. Tal vez evocan pensamientos que hacen dudar y dan temor. Es que los sentidos están compuestos también de recuerdos y es muy probable que ese olor evoque alguno desagradable de nuestra infancia.
     Es un olor que pareciera abrir en el tiempo una brecha por donde uno pudiera colarse; como en un túnel del tiempo y pararse en aquel de la infancia y escuchar el sonido de las grandes ollas de la “vieja” y los preparativos para la cena en la cocina de nuestra casa.
     Seguramente el olfato no percibe aromas, sino figuras de cosas que significan otras cosas y así vamos atando cabos sueltos de nuestra historia personal hasta conformar algo parecido a una realidad.
     Lo cierto es que el aroma a brócoli cocinándose me vuelve a convertir en ese niño introvertido y temeroso de ciertas cosas; de la exposición ante mis amigos del barrio por ejemplo. Del miedo a hacer el ridículo ante las compañeras de colegio; de estar vestido inadecuadamente; de no saber como decirle a una vecinita lo mucho que me gustaba.
     Dicen que los recuerdos son la melancolía del origen, pero muchas veces también pueden ser la no melancolía, por el contrario el saberse lejos de esos miedos que nos acechaban en aquellos primeros años de nuestra vida. ¿O tal vez resurgen otros nuevos?    
     Ahora, que ha pasado tanto tiempo, uno se da cuenta que transita la mayor parte de su vida cabalgando sobre la falta, sobre una carencia que va convirtiéndose en otra, luego en otra y así se nos va el tiempo.
     ¿Por qué siempre ponemos el acento sobe lo que falta y no sobre lo que tenemos? Como un culto al vacío o una deformidad de nuestro ir hacia la muerte.

     Tal vez la educación; tal vez el sistema en que vivimos, que se especializa en proyectos de potenciar consumismo y necesidades superfluas. A menudo, no nos gusta el mundo en que vivimos, pero tampoco tenemos idea del mundo en que nos gustaría vivir.
     Entonces, ahora que lo pienso mejor, el olor a brócoli hirviendo tal vez no sea tan malo. Quizá lo incorrecto haya sido asociarlo con carencias y no con pertenencias; la olla grande cocinando la comida casera de la “vieja”; mis hermanas impecables esperando que yo las lleve al colegio; los amigos esperándome para jugar; la vecinita  aguardando mi tímida declaración de amor.
     ¿No será que es un vegetal con mala prensa? Imaginemos por un momento, que fuese la materia prima de la mejor crema para rejuvenecer la piel femenina; o bien que posea propiedades extraordinarias y únicas para curar las disfunciones sexuales masculinas ¿Lo seguiríamos tratando con el mismo desprecio, con la misma saña?

    La licenciada Lis Deló   por ejemplo, que se ha ensañado con el inofensivo col, declarándole la guerra, diciendo que es asqueroso y que jamás acompañaría un exquisito bife de chorizo con él ¿Cómo se puede ser tan cruel me pregunto yo? Acaso no se piensa en la sensibilidad de ese ser viviente, en su familia y allegados.
     Me pregunto al respecto si tal vez no sea un problema de género ¿Si en lugar de “El brócoli” fuera “La brócoli” la prestigiosa intelectual opinaría lo mismo?
Yo por lo pronto defiendo a mis amigos. Es verdad que en otra época fui un acérrimo opositor a sus aromas; pero todos merecemos una segunda oportunidad ¿No?
     Es preciso emparchar el sistema, o mejor cambiarlo de cuajo: reformular los valores; cerciorarse que lo que falta realmente sea lo necesario. Es decir, que de ahora en más, el aroma a brócoli cocinándose será tan sólo la pequeña ternura por designar esto o aquello: un acto de amor, crear una presencia en vez de una ausencia. En definitiva, el entrañable aroma de entre casa…