lunes, 3 de septiembre de 2018

Destinos





Trabajos realizados a partir del cuento “ Dos hermanas”
de El libro de los viajes equivocados
de Clara Obligado. 








Este  cuento, el primero de la serie, relata la llegada de un joven , Jan. a Buenos Aires.  Esperará a su prometida largos años, pero la que finalmente llega es la hermana.

A partir de ese cuento la lectura produjo escritura. La situación de los personajes dio pie a la creación de otras situaciones que tal vez podrían haber ocurrido y que el texto de origen no decía.
De allí surgieron estas historias nuestras.














JAN

Los gallos anuncian el amanecer. Su canto desgarra el silencio. Son las 4.30 de la mañana.  
La casa está  a oscuras. Solo la luz en la cocina denuncia que alguien se ha levantado.
El fogón, mezcla de cocina y estufa entibia el ambiente. En el fogón, los leños crepitantes lanzan sus primeras chispas como luciérnagas. Jan siempre recordará esos brillos con la fuerza para iluminar la silla de paja, la alacena sin puertas y, alguno más osado, el techo negro de hollín. Chispas que escapan del tronco. Como él.
Jan y su madre son los únicos presentes aunque no juntos. Ella preparando el desayuno, él preparando su partida.
Todo comenzó aquella tarde cuando las familias se reunieron para sellar la relación de sus hijos. Nada fue desde entonces como debía ser. Entre música, luces y alcohol, Jan descubrió a Natacha. Natacha cautivó a Jan. Y en el beso a escondidas que se dieron, se encendió la llama en el corazón de él, que no dejó de arder nunca más.
El padre, como hombre, pronto entendió las miradas de su hijo. Pero mientras la madre se resistía a reconocerlo, el padre se negó abiertamente a aceptarlo.
Jan recuerda sus palabras, las que lo impulsaron a pensarse lejos, donde podría soñar con nuevos proyectos. Le dolía que esa posibilidad tuviera por costo separarse de Natacha, a quien amaba incondicionalmente. Pero de quedarse,  tampoco le permitirían construir un nuevo hogar con ella. Sabía que su tiempo con Natacha estaba condicionado a los tiempos de Ruth, su hermana mayor. Las reglas por ese entonces eran duras y claras. Solo cuando Ruth resolviera su vida, Natacha podría iniciar la propia.
La madre acaba de colocar sobre la mesa el tazón humeante de pan con leche caliente. Ahora, sentada en una de las sillas, apura la terminación de la bufanda con que acompañará a Jan en el viaje que inicia. Los ojos de iris celeste, anegados de lágrimas y la boca apretada para  no permitir delatar su temblor ni dejar escapar las palabras de su corazón: “hijo, no te vayas”.  
Se acerca  la hora de la partida.
Con el corazón  encogido y el cuerpo contraído, Jan guarda dentro de un bolso, que ya había fagocitado sus pocas prendas de vestir, sus objetos más queridos: una foto de toda la familia cuando aún  vivían  sus abuelos, la pelota de trapo con la que jugaba con su amigo Pedro, el reloj de cadena que le legara su bisabuelo para cuando fuera hombre, el libro de cuentos que el papá le leía todas las noches sobre imaginarios lugares y monstruos que hoy no le parecían tan imposibles. La foto de Natacha,  en el bolsillo de su campera, cerca de su corazón.
El padre no ingresa a la cocina. Desde las sombras dei dormitorio, detrás de la cortina que oficia de puerta, espía la escena, llora en silencio, se aferra a la pared. No puede volverse atrás. Es lo mejor que puede hacer por su familia. Un futuro posible para su hijo, evitar el deshonor que podía caerle  por culpa del amor si no toma distancia.  
Es la hora de la partida. “Hay que irse sin mirar atrás”, “Los hombres no lloran”, “Las emociones nos restan fuerzas”.
La puerta  que marcó la partida de Jan fue la  única que se permitió expresar, con su quejido, el dolor que albergaban todos y cada uno de los corazones de la familia.
                                                                                                                               
                                                                                                                             
                                                                                                                                Alicia  Luchessi


Ω Ω Ω



Escuchar juntos los sonidos del mar, posibilitó de alguna manera recrear un viaje sin certezas.

EL MAR

...El mar ruge, habla, suspira, amenaza.
Nada está firme. Me muevo suavemente con el mar....

...Salgo a mirar el mar, azules, verdes, violetas, hasta llegar al horizonte y subir por los azules del cielo, celestes, rosas, amarillos...

...Niebla en el mar. Sólo escucho el sonido de las olas. El barco se bambolea en el vacío, ¿avanza o está suspendido en la  nada? Como yo, suspendida entre el pasado y el futuro...

...¿Cuántos días pasaron? ¿Cuántos faltan?
Sólo mar, mañana, tarde y noche. Creo que mis ojos se han vuelto más azules.
Mi cuerpo se ondula con el movimiento del mar y dejo mi cabello bailar con la brisa...

...El mar huele tan fuerte, penetra en la nariz como una daga la primera vez que uno lo ve y ya no se va. Olor a mar mezclado con el olor de la gente en este barco, olor a miedo y a hastío...

...¿Este barco no llegará nunca? El mar se ríe de nosotros, se estira para que no lleguemos nunca a destino, eternamente  flotando, mecidos por el mar infinito, azul, verde, violeta...

...De noche el sonido del mar es más fuerte. A veces no me deja dormir, no me deja soñar con el hombre que espero que me espere. El mar me une a él, el mar nos separa...

...El cielo se ha encapotado, el mar ahora es marrón. Dicen que es río y que se acerca el fin del viaje. El mar ya no me envuelve, ya no me arrulla, ya no me estremece. Cuando había aprendido a amarlo me abandona a  mi suerte. A lo lejos veo las luces del puerto...

                                                                                                                      
                                                                                                                     Silvia Candelo



Ω Ω Ω



LA LÁMPARA DE ACEITE

Durante toda la travesía decidí fijar la vista en la ampolla de vidrio de una lámpara de aceite.

El balanceo en la caverna de madera fue permanente, al igual que la penumbra o, como solían llamarle otros de los pasajeros, la agonía de la luz.
En aquel vaivén eterno mi cabeza necesitó aferrarse a un punto fijo, a la quietud de algo conocido, y entonces pensé en el horizonte de la comarca, en esa línea recta de donde nace el sol todas las mañanas, y donde se pierden las mil rayas de los surcos.

Aquello se balanceó durante días y días que nunca supe cuántos fueron, ya que nunca vi la luz del sol ni la de la luna; todo se mecía allí dentro bajo el velo de la luz moribunda de aquellas lámparas de aceite.

Los catres se hamacaban y sus articulaciones rechinaban, los baúles atestados bailaban sobre el piso como si hubiera sido enjabonado, los cuerpos desamparados bamboleaban tronco, extremidades y mente, y entre todo aquello solo una cosa permanecía quieta y apaciguada, el nivel de las ampollas de las lámparas de aceite.

Todo el tiempo viajé con los ojos puestos en aquella línea inmóvil, aquella línea que fue mi salvación mientras duró la travesía, aquella línea que me llevó al refugio del recuerdo, invariablemente horizontal, prisionera de la ampolla de vidrio cristalino, que lamió y humedeció su mecha una y otra y otra vez, aquella que hizo posible la endeble luz de la esperanza.

                                  
        Ricardo Guidi



Ω Ω Ω                      



EN LA OSCURIDAD

El frío se cuela entre mis piernas. Siento húmedos los bajos del pantalón y también los zapatos. Estamos todos sentados sobre los listones del piso de la bodega. Ya había observado antes de partir gruesos rayones de grietas en la madera. Eso vi cuando la luz del exterior todavía se filtraba  a través de la puerta estrecha.

Vi a una madre peinando suavemente el cabello de una niña. Y a su lado un viejo abrazado a un bulto. Elegí sentarme al lado. Tenía un sombrero de fieltro de ala ancha y una barba esponjosa y entrecana. No quise molestarlo y me acomodé como pude sorteando sus piernas. No se movió del lugar para permitir que mi espalda se acomodara al breve espacio. Me quedé en el más pleno silencio sin un sólo pensamiento.

Como saliendo de las solapas de mi saco oí un murmullo, o un ronquido. Era el viejo que murmuraba una plegaria.

-Salve… apiádate… inundación… se rompe el puente… No nos dejes Padre… la chacra se pierde… suban todos…

Miré por sobre mi hombro y vi que tenía los ojos cerrados.

Sentí que me desmoronaba, me bamboleaba. El cachetazo de las olas pegaba en el espinazo del barco haciendo crujir cada centímetro de madera. Adentro mío los sentimientos pesaban, subiendo y bajando al ritmo de la invocación.

Miré a los otros, rostros ajados, cuerpos encorvados replegados sobre sus propias historias. Todas diferentes, todas iguales, todas hermanadas por el dolor y la orfandad.


  Mary   Marpegán



Ω Ω Ω                      



DISTANCIAS

  Las distancias no miden lo mismo si alguien va o si vuelve. He cruzado el mundo para llegar a mi destino, días y noches de mar y cielo. Y sin embargo, si decidiera volver a tus ojos, el viaje sería tan breve como el espacio entre dos latidos del corazón.

   El futuro ha olvidado pasar por mis montañas. No sé si me fui por miedo o por esperanza. Pero mi pasado sigue allá, enredado en tus cabellos de oro. Partí envuelto en sueños, la mirada decidida. Todavía no sabía que me desgarraba el alma.

   Tantas casas con luces, parece un mar de estrellas espejando el cielo. Guardan sueños cumplidos, promesas rotas, ausencias ya olvidadas. Mi lámpara parpadea junto a la ventana. Ilumina tu retrato que me mira a los ojos. Imagino que estás junto al fuego, con los ojos cerrados imaginándome. Y en ese breve instante la distancia se esfuma y el tiempo se detiene. Pero es sólo una ilusión, mi cama está helada y mis manos, vacías.
                                         
                                                                                              
 Silvia Candelo



Ω Ω Ω                      

                                

                                       EL VIAJE


Viendo desde la popa la estela que deja en el mar, una línea imaginaria que une con el pequeño pueblo en la ladera de la montaña.

Viendo desde la proa la nada misma transformarse en la esperanza de una nueva vida promisoria alejada de la hambruna consecuencia de la guerra.

Viendo desde la cubierta de babor cómo el mar bravío salpica los diferentes idiomas, dialectos, costumbres, clases sociales y religiones.

Viendo desde la cubierta de estribor los corazones destrozados por aquellos afectos que quizás nunca volverán a sentirse.


                                                                               Miguel Di Luca



Ω Ω Ω                      



                                NEGRO

La selva hogar. La selva madre. La selva Fulanis. La selva tormentas ¡Haboob!  
         En su red el hombre blanco atrapó un pequeño pájaro. Mi corazón
                   está atrapado por esa misma red. Morir sobre la tierra.
                       Llorar por ella. Estoy en camino. Estoy en camino.
                                         Aprietan cadenas. Hambre. Sangre.
                                                           El agua ruge.
                                                   ¿Dónde está Gheno?
                                          Tierra que amamos con dolor.
                                     ¿Mi pueblo? ¿Mi Nasha donde está?
                         Oscura la mañana. Oscura la noche. Oscuro adentro.
           ¡Alajaire! Espíritu del sufrimiento ¡Alajaire! Llora negro…canta negro
Escucha la voz del agua negro. Escucha en el viento. Escucha como rugen las fieras.
           ¿Cómo tocar los olores? ¿Cómo romper las cadenas? ¿Cómo ser libre?
                     Contra las paredes de madera que unen el dolor del corazón,
                                garras que sostienen y que protegen las almas.
                                          El rugido del león. La tos del chacal.
                                                        El quejido del búho.
                                                              ¡SAWABONA!
                                                   La noche no me domina
                                         Sentir el pulso de la montaña vieja.
                                     Los blancos que dominan no lo sintieron
                         pero el canto rompió cadenas barcos cielos machetes. 
                   Batir los tambores. Sentir los pies de los que bailan. Regresar a madre.
            Hasta la melena del león parece látigo. Pero no lastima. Pero no cansa.
    Escucha la voz del agua, negro. Escucha en el viento. Escucha como rugen las fieras.
                 No es agua lo que hay sobre mí. Es silencio. Silencio y cielo. Estrellas.
                                      Volver a la selva. Volver a la madre. Volver.
                                           Yo te respeto negro. Yo existo para ti.
                                                               ¡SAWABONA!

                                                                                               Néstor Monzón




 

                                                     DESDE EL PUENTE


Con los nudillos bulbosos y los dedos cortos y potentes, las manos parecen estar siempre dispuestas al trabajo rudo. Las palmas cuadradas y grandes. Los hombros angulosos. El cabello cayendo suavemente lacio. Sus escasos veinte años se afirman con fuerza a la tierra desde los toscos zapatones abotinados.

Rilka se impone por su físico. Rilka es fuerte.

Pero llora…Llora suavemente sin decir por qué. Sus gemidos son profundos. Exhalan siglos de vida transcurrida.

Me busca y nos encontramos en el puente. Desde allí los barcos que se acercan parecen despertarla de un ensueño y me cuenta: cuenta que sus pensamientos todavía están desordenados. Que recuerda su pueblo del este de Alemania donde los inviernos son crudos; los lagos se escarchan y la vida transcurre entre fuegos de cañón y labranza de la tierra.

Desde lo profundo de mi ser la acompaño cuando recuerda que vivió su adolescencia entre héroes y guerreros. Capitanes y soldados. Pueblos masacrados y mujeres espantadas.

Cada página del libro de su vida tiene inscripto un suceso, un vacío, una llaga.
Me acerco a ella cuando el timbre de su voz cambia y relata que el hombre pasó por su huerto; pasó por su lago; miró sus ojos y los enterneció con caricias.

Mirando el mar susurra que las promesas de una vida feliz subieron a un barco para anclar en América.

Escuché esas historias y callé para que pudiera seguir contando.

Estruja en sus manos un manojo de cartas.

No le pìdo que me cuente Miro cómo guarda los sobres amarillentos dentro del bolsillo de su enorme sacón.


                                                                                                                   Mary Marpegán



Ω Ω Ω



                                                     

LA FOTO


En el fondo de la caja se encontró la foto.  Se veía a dos personas apoyadas en la baranda del puente mirando hacia el horizonte.

Una foto no es el mero retrato de un instante, sino el relato mudo de la historia que  trajo a sus personajes a ese momento.

Era una de esas noches, en los duros tiempos de posguerra, en una perdida isla del Mediterráneo corso. El viento agitaba las hojas de los árboles como si quisieran  desprenderse  las tristes historias de los habitantes del pueblo.  A diario partían los hijos de esas tierras en busca de nuevas y mejores posibilidades de vida. A los padres, hermanas y esposas, que quedaban con los brazos vacíos, solo les restaba esperar.
En la oscura fachada de la casa que estaba al borde de los acantilados, se recortaba  la ventana del primer piso como si fuera un cuadro. En ella podía verse detrás de las cortinas, dos mujeres  abrazadas. Estaban llorando como tanta otras

Eran hermanas. La menor, Enza, era  joven, estaba  saliendo de su adolescencia. Fogosa, algo rebelde, dispuesta a cumplir sus deseos. 

La otra, Marieta,   tenía unos veintisiete años.  Más sumisa, cumplía su rol de hermana mayor. Prestaba cobijo y contención a costa de su propio dolor. Sostenía a su hermana entre sus brazos,   haciendo su propio duelo en silencio. Otra cosa no le cabía.   Nadie podía sostenerle  su corazón en ese momento.

El que hoy se va tiene el firme propósito  de crear un mundo nuevo donde llevar   a   quien momentos antes  juró amor eterno en un  rincón oscuro de la calle que conduce a los barrancos. Para él, fue la prueba del compromiso y certeza de la espera de ella. Para  ella, su primera experiencia de contacto con un cuerpo masculino, ardiente, que le abría las puertas de un mundo desconocido.  Pero también fue temor y culpa por romper con el mandato sabido:   nada antes del matrimonio.

Desde la ventana lo ven alejarse.   Él solo tenía ojos para ella, Enza tenía la imagen empañada por las lágrimas. Marieta afirmaba que se volverían a encontrar.
……
El océano separa los cuerpos aunque no los corazones, y no borra los caminos trazados por el destino. 

Durante los años que siguieron, mientras José trataba de forjar el mundo prometido, la vida en la isla corsa continuó pero no   desató el nudo que se había armado en aquella noche de despedida.

Enza y Marieta siguieron con sus manos enlazadas, desplazándose por aquellas calles y aquella vida que les tocaba vivir. En los primeros meses entre ellas había momentos de llantos, recuerdos, nostalgias. Enza conservaba el temblor tibio del cuerpo de él. Compartía su recuerdo con su hermana. Era a la única a la que podía hablarle de su pecado, quien la escuchaba y guardaba cada una de sus palabras dentro de ella como en un cofre   inviolable. 
Con el tiempo esos diálogos se fueron diluyendo, la vida les fue brindó nuevas experiencias, las que, sin separarlas, les dieron una visión del pasado  y un presente distinto. Una terminó aferrándose más  al recuerdo, la otra se abrió a las nuevas experiencias que la vida le ofrecía.
…………..
José alcanzó la meta, envió la carta y esperó en el puerto de  Buenos Aires el reencuentro con Enza.

Enza no se enteró del llamado. Su vida había tomado nuevos rumbos, fuera del pueblo y con otro hombre, cuyos abrazos  le ayudaron a olvidar aquella furtiva aunque ardiente despedida.

Marieta guardó la carta y se embarcó,  no por mandato familiar- el matrimonio es por orden de nacimiento-  sino dispuesta a   reparar la infidelidad de su hermana. 

El viaje fue largo, la soledad grande. Temía que al llegar no se pudieran reconocer.  Temía a su reacción frente a la realidad. A medida que el barco se aproximaba a la costa y la ciudad iba adquiriendo mayores dimensiones, dentro de ella, se encendieron las llamas de su corazón que con tanto esfuerzo había tratado de mantener apagadas. Y tuvo que admitir su amor por José, a quien ella sí había esperado durante tantos años.

Al verse, no fueron necesarias las palabras, ni había posibilidades de otro encuentro que no fuera el de José y Marieta. Él lloró por el amor perdido, ella abrazó al amor encontrado.

Y el tiempo limó recuerdos, amortiguó dolores, permitió aceptar realidades. Así cada uno transitó el resto de su vida caminando al lado del otro.

José siguió yendo al muelle a verla llegar. Marieta vivió esperando que  él la viera.


                                                                                                            Alicia Luchessi



Ω Ω Ω

      









Pan, palabra canto rodado, redonda. Amasar el pan. Manos a la masa. Hombres.
Hebras, agujas, dobles, simples, finas, gruesas. Manos a los hilos. Mujeres.  Materialidad es experimentación y provoca a su vez, escritura.



                                                  INMIGRANTES

  El hombre prepara la masa. Mezcla la harina y el agua, la estira y le pega, la da vuelta y le pega, una y otra vez, y otra vez y otra más. Sus compañeros admiran la fuerza que descarga en cada golpe y creen que por eso sus panes son los más ricos.

   No saben que Jan castiga así la masa como si quisiera descargar en ella su furia contra el destino que lo alejó de la mujer amada.

   La mujer elige las lanas, las toca, mide su grosor y con esos restos informes comienza a tejer. La bufanda va  tomando forma mágicamente bajo sus sabias manos. Cuando ha terminado varias y las lleva a vender a la feria del barrio, todos admiran esas combinaciones tan exquisitas de colores y texturas.

   No saben que Ruth teje con tanto empeño porque tiene la ilusión de que, del mismo modo, podría entrelazar para siempre su vida y la del hombre que está a su lado sin amarla.

   Al atardecer Jan trae unas hogazas de pan a la casa. Ruth le entrega una bufanda azul y gris que acaba de terminar. Él le agradece con una casi imperceptible inclinación de cabeza y sale a fumar un cigarro. Ella guarda su canasta de lanas y comienza a poner la mesa. A lo lejos se escucha la sirena de un barco que llega a puerto.


                                                                                                               Silvia  Candelo



Ω Ω Ω



EL RITO SAGRADO

      El ingrávido y reseco polvo adosado a la superficie húmeda y blanquecina, se resiste con furia para no ser atrapado por el amasijo que descansa en el fondo del cuenco.

      Al hundir mis dedos en la masa lo primero en sentir es su tibieza, pero al intentar moverlos en esa viscosidad de pantano, lo que registra mi piel es la caricia húmeda del   lambetazo de un perro.
Al polvo escurridizo que flota sobre la masa trato de tomarlo por sorpresa, pero este se anticipa siempre, se anticipa antes de intentar el primer movimiento de las manos, y es por eso que buena parte del tiempo de mi trabajo, permanezco en el corazón de una nube blanquecina.

      Ahora con mis manos sumergidas por completo en el amasijo, pretendo marearlo al hacerlo dar giros y giros de calesita dentro de un círculo perfecto, tal como el que describe el perímetro del cuenco.

      Luego de trazar decenas y decenas de círculos envolventes, retiro mis manos embadurnadas de la masa, ahora dócil y complaciente, una pompa de algodón, y entonces las miro desconcertado e intento abrir los dedos, todo lo posible, pero es peor, porque ahora lo que tengo delante de mi vista son dos enormes patas de ganso.

      El proceso continúa con el desmembramiento del núcleo madre en cinco partes: cuatro bollos irán a descansar por unas pocas horas sobre una tabla de madera bien abrigada, el otro, quedará en el interior del cuenco para fecundar la mezcla de mañana.

       El aroma de los fermentos en toda la casa, el calor del horno y los vidrios empañados, terminan de convencerme de que dios está en cada pedazo de pan.


                                                                                                                      Ricardo Guidi



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EL ENCUENTRO NO COMPARTIDO

Terminado el día, él regresa a la casa. El frío y la  oscuridad de afuera contrastan con el fuego y el calor de adentro.    De la casa y de ellos. Es la hora del reencuentro doloroso de dos cuerpos que comparten un espacio pero cuyas almas   arden en sus propias hogueras  

Ella espera en la cocina. Lo que viene después, ya lo conoce. Él preparará el pan para la cena, sobando la masa para hacerla crecer. Ella abrazará la manualidad y trabajará con sus manos encallecidas por el trabajo duro de la casa. Él  piensa  en su tierra y el amor que no llegó jamás. Ella, cose, teje, espera a  un niño que se niega a nacer.

El silencio los rodea. Solo se escucha el crepitar del fuego, los suaves golpes de él en la masa y el tintinear de las agujas  que ella maneja con maestría.

                                                                                                    

               Alicia Luchessi


                                                                AÑORANZAS

Tirado en la cama, su cuerpo, receptáculo del vaivén de sensaciones, naufragaba en recuerdos de su juventud: posturas erguidas, rostros hacia abajo mirando las manos solidarias que convertían los ingredientes – harina, sal, agua, levadura- en panes.

Mangas levantadas, brazos fuertes, manos hundidas en la harina, ligeramente pegajosas, con los nudillos de los dedos hacia delante y hacia atrás hasta alcanzar la textura suave, elástica. Luego las formas de los bollos, la espera del leudar, las bandejas grandes de la panadería familiar y el horneado.

Y las mañanas despertaban tibias, con aroma dulzón. En el aire, remolinos exquisitos, pan recién  nacido  

                                                                                                             Marcela Raviolo
                                                                



Ω Ω Ω



GÉNESIS

“Ganarás el pan con el sudor de tu frente…” dijo Dios. Y Adán preguntó: “¿Y la pizza?”

“La pizza…la pizza deberás amasarla tú”, retrucó El Señor.

Y aquí estamos, varios siglos después, amasando a seis manos en la cocina de Adriana. Seis manos fuertes y bien dotadas desplegando todo su fervor y entusiasmo. Seis manos varoniles que no escatiman energía y ternura a la vez. Habría que ver lo que observan las damas, pero yo vislumbro en ese acto culinario un amor sincero y bien intencionado. Es que existe un mensaje oculto que cada hombre dice en silencio: “Te amaso para comerte, pero te como porque te quiero”. Y la masa, bien femenina ella, nos deja hacer. Se deja acariciar y moldear al gusto nuestro. Toma la forma que los tres “machos argentinos” quieren darle y, aunque por momentos pareciera como querer escaparse de nuestras manos, sólo interpreta el juego eterno de la seducción: “me escapo, pero me quedo; me salgo pero no me dejes sola”, parece susurrarnos al oído.

Ricardo toma la iniciativa y no le hace asco a pegotearse los dedos y dejar que la harina virgen se mezcle con el agua tibia, mientras el aceite liga a una y otra.

- “Tírame un poco de harina, Miguel”, le pide a su compañero, mientras Néstor con su suéter ya arremangado, sostiene el recipiente para que la tarea sea más eficiente.

Las damas observan y toman nota ¿Hay una suerte de voyerismo en ese mirar? Los caballeros siguen haciendo de las suyas; cada masa va tomando una forma diferente. Seguramente amasamos como amamos: hay a quienes les gusta gordita y de espíritu bien elevado; y hay quienes las prefieren delgadas, pero se compensa en su textura crocante que se disuelve sensualmente apenas ingresa en nuestra boca. Dice un proverbio chino: “la culpa es de uno cuando no enamora y no del tipo de harina ni de la falta de calor”.

¡Epa! Néstor pide el palote de amasar y en ese acto puede haber toda una significación. ¿Será que intenta amedrentar a la pobre masa para que no se resista a su accionar? ¡Violencia de género! Lo cierto, es que hay dos sicólogas y aunque en silencio ellas, se les nota en su mirada la interpretación freudiana del análisis fálico de aquella escena. En un rincón -espantada- la compañera nueva, evalúa seriamente lanzarse desde el noveno piso hacia el vacío. Los varones siguen y ahora cada cual tiene su propia porción de masa que soban y aprietan, que unen y vuelven a desunir, que acarician y hacen descansar como quién deja un momento para que la materia reflexione. La masa entonces piensa:

-¡Ya está, hombre!,¡ no ve que de tanto manosearme se me ha ido el entusiasmo?

-¡Sigue, sigue! que no he llegado al clímax “machote”

-¡Basta, por favor basta! Hoy me duele un poco la cabeza, insensata.

A esta altura la cocina es una fiesta y los olores ya anuncian un final de maravillas. Hay imágenes que merecen retratarse para la posteridad y Adriana lo sabe. Cada varón posa con su obra maestra terminada y las mujeres han anotado cada detalle de aquella ceremonia. El arte se expresa en todos lados y Dios desde su trono puede exclamar tranquilo:

“¡Bien ganados tienen el pan, hijos míos!

Acto segundo. Volvemos al altillo y los libros se miran entre ellos atemorizados.

“Rayuela” le dice al “Aleph”:

-¡Estamos al horno! Adriana puso un taller de corte y confección ¿viste?

En ese mismo instante, las jóvenes promesas del bordado argentino hacen gala de sus habilidades con la aguja y la lana. Ahora era el género masculino el que observa y toma nota, mientras la habitación se convierte en un salón de mediados del siglo pasado, rememorando lo que pudo haber vivido en nuestra ficción literaria la joven Ruth al llegar desde Europa.

Es un verdadero espectáculo ver tejer esas mujeres. Mover esas manos que parecen escribir en el aire los poemas de una lírica entrañable. Afuera hace frío y hace viento, ancla un barco en el puerto (yo lo imagino a la distancia) y eso hace sentir más el interior, y los murmullos suaves de los trabajos suaves y quietos en lo profundo de cada una de ellas. ¡Qué alegría imaginar!

Mientras Adriana despliega agujas, hilos, tijeras y bastidores, las charlas entre ellas son otro despliegue de elegancia: “…que el crochet, el punto cadena, el punto raso, el punto enano, el punto corrido, el punto vareta, el punto alto…¡Punto y coma, el que no se escondió se embroma!, pensé yo.

Se miran, mientras conversan y tejen, todo a la vez ¿Cómo hacen? Si nosotros hubiésemos dejado de mirar la masa mientras hablábamos, en vez de una pizza hubiese salido un guiso de lentejas.

Miguel cuenta que de joven tuvo una lencería con su madre, yo le pregunto cuántas piernas había mirado en ese tiempo; mientras Alicia me replica lo bien que me hubiese sentido yo en esa tarea, y las bromas y las anécdotas fluyen entre nosotros como si siempre hubiesen estado allí, latentes, aguardando nuestro encuentro.

Y en esto de observar, imaginar y escribir, pienso si la autora de nuestro relato no habrá entendido mal. Tal vez Jan y Ruth no habían tenido una mala vida junta. Quizás la imagen que captó el fotógrafo en el puente reflejaba la nostalgia de aquellas dos almas por los buenos momentos vividos. Cuando ella tejía y esperaba a su hombre para que él le contara sobre su jornada en la panadería, quizás hablaran de los buenos tiempos allá en Polonia y hasta derramaran unas cuantas lágrimas juntos por los seres queridos que ya no estaban. Luego,  seguramente cenarían   un gulash polaco, que a decir verdad a Ruth le salía riquísimo y, finalmente, harían el amor como si en verdad se amaran. Al fin y al cabo, qué es el amor sino eso: el alivio de mirar la noche de a dos.

En cuanto a los miembros del taller, aquí estamos: jugando a escribir, jugando a vivir. Representando roles, imaginando, riendo un poco, tomando café, comiendo pizza. ¡Cuántos placeres juntos!

“Lo verdaderamente nuestro se desprende de nosotros”, eso dice un antiguo dicho andaluz. Se desprende como el tejido suave de la lana, la aguja diestra en las manos adecuadas o el aroma de una pizza caliente. Con esas sensaciones me voy yendo del taller de Adriana, y eso es una experiencia difícil de expresar con palabras. Igual lo escribo, para que alguien lo recoja algún día. Lo imagine. Y lo vuelva a escribir.


                                                                                                       Néstor R Monzón



Ω Ω Ω



                                
HILOS Y LANAS

Tus manos
Aguerrido espacio
De tramas coloridas.
Manantial de tejidos y costuras, amanecen
Y se deslizan entre
Tus dedos junto al día.
Manos
Trabajo
Alimento
Caricia.
Manos
Fuego
Agua
Sucias
Limpias
Manos,
Sin medida.


                                                                                     Marcela  Raviolo



Ω Ω Ω



                                                                        MANOS

Dispersas en el cosmos:
Palpan, rezan, acarician, golpean, escriben, cocinan.
Se lavan, se secan, se frotan, se suenan la nariz, se cortan las uñas, se persignan.
Atan zapatos, atan prisioneros, atan cajas, atan animales, atan nudos marineros.
Rascan, seducen, excitan, amasan, guían, dibujan, limpian.
Pelan papas, pelan naranjas, pelan pollos, pelan pelos, pelan árboles.
Hacen muñecos de nieve, hacen mate, hacen ruido, hacen empanadas, hacen señas.
Conducen, amontonan, despilfarran, tiran, apuñalan, bendicen.
Cortan pizza, cortan césped, cortan placentas, cortan cabezas, cortan tachuela.
Proyectan películas, proyectan sombras chinas, proyectan tamaños, proyectan lenguaje.
Ordenan, señalan, niegan, timbran, escarban, pulsan, exclaman.
Tiran agua, tiran piedras, tiran alpiste, tiran tiros, tiran monedas, tiran basura.
Buscan tesoros, buscan placer, buscan huevos, buscan flores, buscan papeles, buscan dinero.
Silencian, liberan, detienen, anuncian, torturan, comparten.
Llaman un taxi, llaman al mozo, llaman al suplente, llaman al panchero.
Piden limosna, piden la hora, piden permiso, piden perdón, piden la cuenta, piden garra.
Pellizcan, aprietan, otorgan, donan, salpican, lucen, tamborilean.
Cepillan el perro, cepillan el saco, cepillan el cabello, cepillan los dientes.
Tiemblan de miedo, tiemblan de frío, tiemblan de placer, tiemblan de fiebre, tiemblan solas.
Cuentan, cobran, pagan, suman, dividen, sirven, estiran, calientan.
Rocían perfume, rocían insecticidas, rocían gas pimienta, rocían espuma de afeitar
Tocan culos, tocan guitarra, tocan piano, tocan el hombro, tocan matraca, tocan y se van.
Afeitan, suturan, arrinconan, frenan, queman, enfrían, atesoran.
Arrancan suspiros, arrancan limones, arrancan autos y motos, arrancan ilusiones.
Preparan el té, preparan la comida, preparan la ropa, preparan el sexo, preparan el baño.
Podan, tienden, izan, vacunan, pintan, sellan, tapan, desenroscan.
Abren puertas, abren cajones, abren surcos, abren botellas, abren paquetes.
Desatan cordones, desatan regalos, desatan promesas, desatan misterios, desatan guerras.
Suficiente manos. Viajeras sensoriales, ahora solo… ¡APLAUDAN!
                                                                                                               

Néstor R. Monzón



Ω Ω Ω



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