domingo, 12 de marzo de 2017

  ATORNILLADOS  Néstor monzón




Mira por la ventana, la está esperando.
Vislumbra sus piernas largas, su pelo mojado. La ve acercarse.
Imagina besar sus pechos descubiertos, acariciar su espalda de sirena. Piensa en su oficio y la forma en que los tornillos penetran punzantes la madera tierna. Traza semejanzas.
El aire ardiente lo incita a imaginar a la mujer desnuda buscándolo con ojos de deseo. Le gusta pensar en sus manos fuertes separando aquellas nalgas insinuantes.
Perforar como perfora con un movimiento hondo y circular la madera reblandecida que lo succiona hacia adentro. Siente como se desliza el metal erguido y punzante por la abertura húmeda. Está tenso.
La mujer cruza la calle, entra al taller a retirar la cama que encargó; le agradan los modales del hombre y la prolijidad con que elabora sus muebles, la forma en que manipula la materia. Piensa cómo sentirán los cipreses y los robles en el momento de ser talados. ¿Sufrirán?
Se imagina sentada bajo las estrellas en el campo de su padre, acariciada por el olor amargo del ciprés. Por un instante su mente se ha detenido en esa imagen. Está serena.
Se queda en silencio mientras él acaricia la madera como tanteando su textura, midiendo la suavidad de la piel de ella y le parece encontrar semejanzas increíbles: ambas como de durazno, como de hojas de cedro húmedas por el rocío de la mañana. Morosamente el tornillo sigue perforando la madera y él puede sentir cómo la mujer se abre deseosa esperando el fragor de su sexo erguido.
–Ya casi termino- le dice amablemente.
Ahora ella se da cuenta de cómo añora aquellas noches ¿Por qué siempre mirando todo desde lejos? ¿No será preciso empezar a vivir la vida al día?
 Le agrada el silencio del hombre que parece leer sus pensamientos y comprenderla. Se siente acunada, comprendida.
-He acabado –dice él, orgulloso de su trabajo mientras cree sentir que ha amado esa mujer como nunca antes lo había hecho. Siente haber gozado hasta el éxtasis cuando el tornillo vibrante hizo tope en la madera fresca.
-¡Quedó preciosa! –exclamó ella, al momento que percibió cómo ese hombre la devolvió con su silencio a un tiempo de dulces recuerdos. Se emocionó, suspiró hondo y se marchó.
En la pared un graffiti callejero proclama:
    
                                                     “Jamás comprenderemos los sentimientos de los demás…tampoco nos hace falta”



                                                                                                                          
                                                                                                       

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