ATORNILLADOS Néstor monzón
Mira por la
ventana, la está esperando.
Vislumbra sus
piernas largas, su pelo mojado. La ve acercarse.
Imagina besar
sus pechos descubiertos, acariciar su espalda de sirena. Piensa en su oficio y
la forma en que los tornillos penetran punzantes la madera tierna. Traza
semejanzas.
El aire
ardiente lo incita a imaginar a la mujer desnuda buscándolo con ojos de deseo.
Le gusta pensar en sus manos fuertes separando aquellas nalgas insinuantes.
Perforar como
perfora con un movimiento hondo y circular la madera reblandecida que lo
succiona hacia adentro. Siente como se desliza el metal erguido y punzante por
la abertura húmeda. Está tenso.
La mujer cruza
la calle, entra al taller a retirar la cama que encargó; le agradan los modales
del hombre y la prolijidad con que elabora sus muebles, la forma en que
manipula la materia. Piensa cómo sentirán los cipreses y los robles en el
momento de ser talados. ¿Sufrirán?
Se imagina
sentada bajo las estrellas en el campo de su padre, acariciada por el olor
amargo del ciprés. Por un instante su mente se ha detenido en esa imagen. Está
serena.
Se queda en
silencio mientras él acaricia la madera como tanteando su textura, midiendo la
suavidad de la piel de ella y le parece encontrar semejanzas increíbles: ambas
como de durazno, como de hojas de cedro húmedas por el rocío de la mañana.
Morosamente el tornillo sigue perforando la madera y él puede sentir cómo la
mujer se abre deseosa esperando el fragor de su sexo erguido.
–Ya casi
termino- le dice amablemente.
Ahora ella se
da cuenta de cómo añora aquellas noches ¿Por qué siempre mirando todo desde
lejos? ¿No será preciso empezar a vivir la vida al día?
Le agrada el silencio del hombre que parece
leer sus pensamientos y comprenderla. Se siente acunada, comprendida.
-He acabado
–dice él, orgulloso de su trabajo mientras cree sentir que ha amado esa mujer
como nunca antes lo había hecho. Siente haber gozado hasta el éxtasis cuando el
tornillo vibrante hizo tope en la madera fresca.
-¡Quedó
preciosa! –exclamó ella, al momento que percibió cómo ese hombre la devolvió
con su silencio a un tiempo de dulces recuerdos. Se emocionó, suspiró hondo y
se marchó.
En la pared un
graffiti callejero proclama:
“Jamás comprenderemos los sentimientos de los demás…tampoco nos hace
falta”
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