domingo, 12 de marzo de 2017

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Llego, no puedo abrir la puerta, leo dos carteles
“apague el celular para entrar”
“toque timbre y espere que le abran”
No voy a negar que me molesta un poco, pero respeto el pedido. Aparte no me queda otra. Si no lo hago, quedo afuera.
Toco el timbre, y mientras espero, busco el teléfono. Mi cartera atesora todos mis bienes, que no son muchos pero para la cartera, suficientes, como para dificultarme encontrar rápidamente lo que busco.
Mientras busco, me doy cuenta que aún no sonó la chicharra de entrada.
Reconozco que soy ansiosa, pero omito esa reflexión y vuelvo a tocar timbre y a zambullirme en mi cartera.
Veo que alguien del otro lado de la puerta de vidrio esta intentando hacer lo mismo que yo pero al revés. Quiere que le abran para salir. Yo que me abran para entrar.
Mientras tanto sigo buscando el teléfono. ¡¡Dios de los dioses no lo puedo encontrar!!!. Y la puerta sigue sin abrirse. La venganza de los objetos inanimados se ha puesto evidentemente en funcionamiento. La puerta no se abre, el teléfono no aparece, la persona que está del otro lado de la puerta, tampoco puede salir.
¿Es que nadie se da cuenta de mi situación? ¿Todos ignoran mi necesidad?  No es que me sienta perseguida, pero la verdad es como si nadie viera que de este lado de la puerta hay un ser urgido por ingresar.
Comienzo a molestarme por la situación. No es la primera vez que vengo y que percibo la misma actitud de los que habitan este lugar.
Insisto con el timbre, ya ni siquiera intento buscar el teléfono. Busco una mirada, un gesto,  del otro lado de la puerta, de alguien que esté dispuesto a responder a mi pedido.
No encuentro respuesta. Será por la penumbra en que me encuentro versus la luminosidad del sitio al que quiero ingresar? Veo que la persona del otro lado de la puerta se empieza a inquietar, insiste con el picaporte, respeta el giro hacia la izquierda pero ante el fracaso lo mueve en sentido horizontal de afuera hacia adentro, de adentro hacia afuera. La puerta sigue impávida. Si bien hace sentir sus quejidos de cerradura forzada, como puerta que es no se mueve de donde está.
El otro insiste y gasta energías en sus intentos. Yo lo observo y me reservo para ser la primera en saltar el umbral cuando la puerta se abra.
Adentro mucha luz, afuera la penumbra. ¿Por qué querrá salir tan desesperadamente? ¿Por qué no espera más tranquilo adentro, más seguro, más abrigado por los que lo acompañan?
Siento voces que me llaman desde el auto, me reclaman, que regrese, que me están esperando.
Empieza a llover, trato de cobijarme en el alero, pero algunas gotas siento que comienzan a rozarme la  cara.
No me doy por vencida. Insisto en que me abran. Estoy segura que debo tener que ingresar para encontrar lo que busco. No puedo seguir andando sin ello. No tiene sentido seguir buscando a la deriva como hasta ahora. Lo necesito para quedarme tranquila.
Las voces desde el auto se intensifican. Hay más voces que antes. Veo que desde adentro comienza a amenguar la luz. Me embarga la angustia!!!. Otra vez no voy a poder entrar, otra vez me cierran la puerta en la cara!!!!. Y el que está del otro lado de la puerta no logra hacerla ceder. Lo ayudo, empujo desde mi lado, ahora sí aunamos fuerzas.
La luz sigue amainando, así como la fuerza del que está del otro lado de la puerta. Creo que ya no lucha contra la terca puerta que no se mueve y el sordo portero que no la abre. Comienza a retirarse. Y me saluda. Me había visto, yo fui parte de su mundo aunque más no fuera por unos momentos. Juntos intentamos algo. Y aunque no lo logramos, siento que fui parte de otro, que no estuve sola en mi lucha. Que aunque teníamos intenciones opuestas, pudimos intentar unir nuestras fuerzas. No nos opusimos, sino que nos pusimos.
Las luces casi se apagaron. La lluvia que cae en mi cara es más copiosa, pero no moja sino que entibia mi piel. Las voces son cada vez más fuertes, pero no demandantes, son voces que reclaman mi presencia, por mí, no para ellos.
Cierro los ojos fuertemente porque me arden, siento unas manos tiernas que sostienen las mías, unas manos sabias que sostienen mi cuello.
Hago un esfuerzo por abrir los ojos y entre la penumbra del medio y las lágrimas que nublan mis ojos, alcanzo a ver unas luces rojas que parpadean y, sobre la puerta, un letrero que dice “Cielo”.


                                                                                                            

Alicia Luchessi








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