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Llego, no puedo abrir la puerta, leo dos carteles
“apague el celular para entrar”
“toque timbre y espere que le abran”
No voy a negar que me molesta un poco, pero respeto
el pedido. Aparte no me queda otra. Si no lo hago, quedo afuera.
Toco el timbre, y mientras espero, busco el teléfono.
Mi cartera atesora todos mis bienes, que no son muchos pero para la cartera,
suficientes, como para dificultarme encontrar rápidamente lo que busco.
Mientras busco, me doy cuenta que aún no sonó la
chicharra de entrada.
Reconozco que soy ansiosa, pero omito esa reflexión y
vuelvo a tocar timbre y a zambullirme en mi cartera.
Veo que alguien del otro lado de la puerta de vidrio
esta intentando hacer lo mismo que yo pero al revés. Quiere que le abran para
salir. Yo que me abran para entrar.
Mientras tanto sigo buscando el teléfono. ¡¡Dios de
los dioses no lo puedo encontrar!!!. Y la puerta sigue sin abrirse. La venganza
de los objetos inanimados se ha puesto evidentemente en funcionamiento. La
puerta no se abre, el teléfono no aparece, la persona que está del otro lado de
la puerta, tampoco puede salir.
¿Es que nadie se da cuenta de mi situación? ¿Todos
ignoran mi necesidad? No es que me
sienta perseguida, pero la verdad es como si nadie viera que de este lado de la
puerta hay un ser urgido por ingresar.
Comienzo a molestarme por la situación. No es la
primera vez que vengo y que percibo la misma actitud de los que habitan este
lugar.
Insisto con el timbre, ya ni siquiera intento buscar
el teléfono. Busco una mirada, un gesto,
del otro lado de la puerta, de alguien que esté dispuesto a responder a
mi pedido.
No encuentro respuesta. Será por la penumbra en que
me encuentro versus la luminosidad del sitio al que quiero ingresar? Veo que la
persona del otro lado de la puerta se empieza a inquietar, insiste con el
picaporte, respeta el giro hacia la izquierda pero ante el fracaso lo mueve en
sentido horizontal de afuera hacia adentro, de adentro hacia afuera. La puerta
sigue impávida. Si bien hace sentir sus quejidos de cerradura forzada, como
puerta que es no se mueve de donde está.
El otro insiste y gasta energías en sus intentos. Yo
lo observo y me reservo para ser la primera en saltar el umbral cuando la
puerta se abra.
Adentro mucha luz, afuera la penumbra. ¿Por qué
querrá salir tan desesperadamente? ¿Por qué no espera más tranquilo adentro,
más seguro, más abrigado por los que lo acompañan?
Siento voces que me llaman desde el auto, me
reclaman, que regrese, que me están esperando.
Empieza a llover, trato de cobijarme en el alero,
pero algunas gotas siento que comienzan a rozarme la cara.
No me doy por vencida. Insisto en que me abran. Estoy
segura que debo tener que ingresar para encontrar lo que busco. No puedo seguir
andando sin ello. No tiene sentido seguir buscando a la deriva como hasta
ahora. Lo necesito para quedarme tranquila.
Las voces desde el auto se intensifican. Hay más
voces que antes. Veo que desde adentro comienza a amenguar la luz. Me embarga
la angustia!!!. Otra vez no voy a poder entrar, otra vez me cierran la puerta
en la cara!!!!. Y el que está del otro lado de la puerta no logra hacerla
ceder. Lo ayudo, empujo desde mi lado, ahora sí aunamos fuerzas.
La luz sigue amainando, así como la fuerza del que
está del otro lado de la puerta. Creo que ya no lucha contra la terca puerta
que no se mueve y el sordo portero que no la abre. Comienza a retirarse. Y me
saluda. Me había visto, yo fui parte de su mundo aunque más no fuera por unos
momentos. Juntos intentamos algo. Y aunque no lo logramos, siento que fui parte
de otro, que no estuve sola en mi lucha. Que aunque teníamos intenciones
opuestas, pudimos intentar unir nuestras fuerzas. No nos opusimos, sino que nos
pusimos.
Las luces casi se apagaron. La lluvia que cae en mi
cara es más copiosa, pero no moja sino que entibia mi piel. Las voces son cada
vez más fuertes, pero no demandantes, son voces que reclaman mi presencia, por
mí, no para ellos.
Cierro los ojos fuertemente porque me arden, siento
unas manos tiernas que sostienen las mías, unas manos sabias que sostienen mi
cuello.
Hago un esfuerzo por abrir los ojos y entre la
penumbra del medio y las lágrimas que nublan mis ojos, alcanzo a ver unas luces
rojas que parpadean y, sobre la puerta, un letrero que dice “Cielo”.
Alicia Luchessi
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