UN MUCHACHO LEE SOLO Mary Marpegán
Afuera
llueve pertinazmente mientras en el pub se percibe la tibieza de las
conversaciones amigables.
Pequeñas
mesas vestidas con manteles cuadrillé, paredes recubiertas de madera, botellas
y copas dispersas sobre el bar, luces tenues que cuelgan sobre cada tapete
dejando al resto del lugar en penumbra.
Solo hay
calidez en el espacio.
Una pequeña
voz, serena y melodiosa, se esparce por el ambiente y todos miran hacia el
centro iluminado donde una joven regala sus canciones.
Ella observa insistentemente un ángulo del bar donde un muchacho lee, absorto en su libro,
sin percibir el entorno.
Noche tras
noche la escena se repite. La cantante entona su melodía sin lograr atraer la
mirada buscada y no encontrada, la escucha ansiada que no llega, la presencia
convertida en ausencia sin sentido.
Una noche
las luces del pub se apagan y sólo queda iluminado el centro con la pequeña
figura de la cantante.
Un silencio
vibrante se esparce por la habitación.
El joven
deja el libro sobre la mesa, atrapado en la falta de estímulos visuales.
Percibe el
halo de luz y la figurita tristona y dulce. Ve eso, dulzura, fragilidad, espera
ansiosa.
Entrecruza
su mirada con la de ella, su respiración se hace tenue, los ojos de ambos se
vuelven transparentes, serenos, dibujando una sonrisa en los dos rostros
solitarios.
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