domingo, 12 de marzo de 2017

CARTAS SEGÚN EL VIENTO         Ricardo Guidi                                                                                          





Dicen que hay vientos que traen consigo la locura, hay otros que empujan las mareas o hacen desbordar a los ríos más calmos, también algunos que llevan el frio helado de las cumbres y obligan a los niños usar guantes y gorros de lana, pero a Lorenzo nada de esto le importaba, porque la dirección o la intensidad que tuviera la ráfaga, no eran excusas para que sus livianísimas cometas treparan libres por el cielo.
En el patio de la casa de Lorenzo, había una veleta y un llamador hecho con viejas latas de conserva. Cuando llegaba el viento y sonaban como campanas, él  pegaba un salto y dejaba lo que estuviera haciendo, y corría pronto a liberar a sus mascotas de papel, ocurriera esto de día o de noche, en jornadas soleadas o nubladas, durante el verano o el invierno.
Su padre le había comprado una caja con ovillos de hilo, y Lorenzo, paciente, los deshacía y los unía unos con otros y los volvía a ovillar. Él quería que sus cometas tocaran las estrellas.
El papel del ala debía ser muy liviano, además de ser maleable y resistente a la vez; del mismo papel debía ser el bolsillo que llevaba en la parte de atrás, el que se encargaba de guardar a las cartas de Lorenzo.
Casi tan liviano como el papel debía ser el esqueleto de caña, el que sostenía y se encargaba del trabajo grueso. De las dos diagonales, cuando se unían al final, surgía siempre una gran cola de papel, la que en el cielo ondulaba como la inquieta barriga de una odalisca.
Lorenzo guardaba sus máquinas voladoras en un rincón de la casa, todas juntas colgadas de un barral, como si fueran camisas dentro del ropero.
Algunas noches, el pequeño casi no pegaba un ojo por imaginar y escribir los mensajes de sus cartas. Cuando todos en la casa habían apagado la luz y dormían en un sueño profundo, él se levantaba y comenzaba a escribir bajo la luz del velador, mensajes que decían: “A mis amigos de la gran ciudad, aquí les mando cinco cerdos y tres caballos alazanes recién peinados, y granos de maíz y fardos de alfalfa, y un bebedero y trescientos litros de agua”, abajo firmaba: “Lorenzo”; ”A mis amigos de tierra adentro, aquí les mando dos barcos acorazados con un muelle de mil metros, también una ballena franca y su cría, y un faro que les hice traer desde el fin del mundo”, abajo firmaba: “Lorenzo”.  
Su padre acostumbraba a leerle las breves cartas que Lorenzo guardaba en la mesita de luz, lo llenaban de alegría y orgullo. Cuando el viento venía y él lo acompañaba a la plaza para remontar sus cometas de papel, siempre le hacía el mismo comentario: “Lorenzo, ¿no te parece que es demasiado peso el que lleva el bolsillo?”, y luego se sonreía con ternura y con disimulo.
Y otra noche como tantas, Lorenzo escribía bajo la luz del velador y decía en sus mensajes: “A mis amigos del bosque, les mando un cuartel entero de guarda parques y una autobomba a estrenar”, abajo firmaba: “Lorenzo”. Y otro: “A mis amigos del mundo, les mando tres planetas y cuatro lunas llenas, bien llenas de luz”, abajo firmaba: “Lorenzo”.

Aquel día en la plaza, sopló el viento norte, el viento de los locos; y cuando Lorenzo se preparaba para remontar a sus aves mensajeras, lo sorprendió su padre con los ojos desorbitados, con la cara bañada en sudor, y le hizo saber que en sus cartas, él se había encargado de tachar a varios de los próximos viajeros, fueran estos hombres, animales o cosas; y luego exaltado y un poco tartamudo le dijo: “Inconsciente, con todo el peso que cargan los sobres, seguro que van a desplomarse, y todos se harán mil pedazos”.
A Lorenzo le pareció un poco exagerado, pero eso no lo distrajo del sus lanzamientos: remontaba el primero y cuando ya volaba a mediana altura, comenzaba con el otro, y luego con el otro y con otro… Cuando todo el racimo flotaba en el aire bien alto, él se detenía un momento y los seguía con la vista, hasta que eran apenas puntitos negros, pulgas en el cielo; entonces con un escalofrió corriéndole por la espalda, abría la pequeña mano y liberaba a sus mensajeros.

Después de ganar buena altura, y viajar por allí arriba hasta lugares remotos,  cuando el viento empezaba a amainar, las naves planeaban con el último esfuerzo y caían luego sobre alguna calle, sobre el patio de las casas, en los bosques, en el campo y en los mares.
Siempre habían sido los niños los encargados de recogerlos, de inspeccionarlos y luego de leer con detenimiento las breves cartas de Lorenzo. Pero aquellos días de viento norte fue todo diferente, y el rescate solo fue dominio de los mayores.
Aquel día, hombre y mujeres se abalanzaron sobre los cometas recién caídos del cielo, lo hicieron con desesperación, como el sediento ante la cascada.
Una vez que tomaron las cartas y leyeron sus mensajes, algunos corrieron hasta sus casas a buscar enormes cuchillas, porque decían que ya era tiempo de faena para esos animales de chiquero; otros, a fuerza de silbato, saltaron de aquí para allá porque eran marineros de un buque de guerra, justo antes de una contienda; otros, se calzaron botas de caña alta y sombreros con ala ancha, y simulaban montar a caballo y recorrer la pradera; otros, con enormes cascos de bomberos, imitaron con sus gargantas diferentes sonidos de sirenas; hasta hubo algunos, que simularon cascos de astronautas, hechos de peceras vacías con forma de esferas, y, al caminar, daban pequeños saltos como en cámara lenta, y miraban hacia arriba y decían: “Aquí a la espera de contacto con la nave nodriza”.



                                                                                                 








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