CARTAS
SEGÚN EL VIENTO Ricardo Guidi
Dicen
que hay vientos que traen consigo la locura, hay otros que empujan las mareas o
hacen desbordar a los ríos más calmos, también algunos que llevan el frio
helado de las cumbres y obligan a los niños usar guantes y gorros de lana, pero
a Lorenzo nada de esto le importaba, porque la dirección o la intensidad que
tuviera la ráfaga, no eran excusas para que sus livianísimas cometas treparan
libres por el cielo.
En
el patio de la casa de Lorenzo, había una veleta y un llamador hecho con viejas
latas de conserva. Cuando llegaba el viento y sonaban como campanas, él pegaba un salto y dejaba lo que estuviera
haciendo, y corría pronto a liberar a sus mascotas de papel, ocurriera esto de
día o de noche, en jornadas soleadas o nubladas, durante el verano o el
invierno.
Su
padre le había comprado una caja con ovillos de hilo, y Lorenzo, paciente, los
deshacía y los unía unos con otros y los volvía a ovillar. Él quería que sus
cometas tocaran las estrellas.
El
papel del ala debía ser muy liviano, además de ser maleable y resistente a la
vez; del mismo papel debía ser el bolsillo que llevaba en la parte de atrás, el
que se encargaba de guardar a las cartas de Lorenzo.
Casi
tan liviano como el papel debía ser el esqueleto de caña, el que sostenía y se
encargaba del trabajo grueso. De las dos diagonales, cuando se unían al final,
surgía siempre una gran cola de papel, la que en el cielo ondulaba como la
inquieta barriga de una odalisca.
Lorenzo
guardaba sus máquinas voladoras en un rincón de la casa, todas juntas colgadas
de un barral, como si fueran camisas dentro del ropero.
Algunas
noches, el pequeño casi no pegaba un ojo por imaginar y escribir los mensajes
de sus cartas. Cuando todos en la casa habían apagado la luz y dormían en un
sueño profundo, él se levantaba y comenzaba a escribir bajo la luz del velador,
mensajes que decían: “A mis amigos de la gran ciudad, aquí les mando cinco
cerdos y tres caballos alazanes recién peinados, y granos de maíz y fardos de
alfalfa, y un bebedero y trescientos litros de agua”, abajo firmaba: “Lorenzo”;
”A mis amigos de tierra adentro, aquí les mando dos barcos acorazados con un
muelle de mil metros, también una ballena franca y su cría, y un faro que les
hice traer desde el fin del mundo”, abajo firmaba: “Lorenzo”.
Su
padre acostumbraba a leerle las breves cartas que Lorenzo guardaba en la mesita
de luz, lo llenaban de alegría y orgullo. Cuando el viento venía y él lo
acompañaba a la plaza para remontar sus cometas de papel, siempre le hacía el
mismo comentario: “Lorenzo, ¿no te parece que es demasiado peso el que lleva el
bolsillo?”, y luego se sonreía con ternura y con disimulo.
Y
otra noche como tantas, Lorenzo escribía bajo la luz del velador y decía en sus
mensajes: “A mis amigos del bosque, les mando un cuartel entero de guarda
parques y una autobomba a estrenar”, abajo firmaba: “Lorenzo”. Y otro: “A mis
amigos del mundo, les mando tres planetas y cuatro lunas llenas, bien llenas de
luz”, abajo firmaba: “Lorenzo”.
Aquel
día en la plaza, sopló el viento norte, el viento de los locos; y cuando
Lorenzo se preparaba para remontar a sus aves mensajeras, lo sorprendió su
padre con los ojos desorbitados, con la cara bañada en sudor, y le hizo saber
que en sus cartas, él se había encargado de tachar a varios de los próximos
viajeros, fueran estos hombres, animales o cosas; y luego exaltado y un poco
tartamudo le dijo: “Inconsciente, con todo el peso que cargan los sobres,
seguro que van a desplomarse, y todos se harán mil pedazos”.
A
Lorenzo le pareció un poco exagerado, pero eso no lo distrajo del sus
lanzamientos: remontaba el primero y cuando ya volaba a mediana altura,
comenzaba con el otro, y luego con el otro y con otro… Cuando todo el racimo
flotaba en el aire bien alto, él se detenía un momento y los seguía con la
vista, hasta que eran apenas puntitos negros, pulgas en el cielo; entonces con
un escalofrió corriéndole por la espalda, abría la pequeña mano y liberaba a
sus mensajeros.
Después
de ganar buena altura, y viajar por allí arriba hasta lugares remotos, cuando el viento empezaba a amainar, las
naves planeaban con el último esfuerzo y caían luego sobre alguna calle, sobre
el patio de las casas, en los bosques, en el campo y en los mares.
Siempre
habían sido los niños los encargados de recogerlos, de inspeccionarlos y luego
de leer con detenimiento las breves cartas de Lorenzo. Pero aquellos días de
viento norte fue todo diferente, y el rescate solo fue dominio de los mayores.
Aquel
día, hombre y mujeres se abalanzaron sobre los cometas recién caídos del cielo,
lo hicieron con desesperación, como el sediento ante la cascada.
Una
vez que tomaron las cartas y leyeron sus mensajes, algunos corrieron hasta sus
casas a buscar enormes cuchillas, porque decían que ya era tiempo de faena para
esos animales de chiquero; otros, a fuerza de silbato, saltaron de aquí para
allá porque eran marineros de un buque de guerra, justo antes de una contienda;
otros, se calzaron botas de caña alta y sombreros con ala ancha, y simulaban
montar a caballo y recorrer la pradera; otros, con enormes cascos de bomberos,
imitaron con sus gargantas diferentes sonidos de sirenas; hasta hubo algunos,
que simularon cascos de astronautas, hechos de peceras vacías con forma de
esferas, y, al caminar, daban pequeños saltos como en cámara lenta, y miraban
hacia arriba y decían: “Aquí a la espera de contacto con la nave nodriza”.
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