EN EL UMBRAL Néstor Monzón
He hecho un
pacto conmigo mismo: escribir una poesía, una sola que le dé sentido a toda mi
vida. Escribo en el umbral…
No me interesa
perfeccionar mis pensamientos ni mis acciones; que yo sepa nadie está usando
los rayos de sol que nos vuelvan humanos, ni siguiendo las nubes que nos lleven
a ese lugar sagrado, ni escuchando la música que la lluvia toca para nosotros.
La época exige vanidad y cinismo, no se propone nada que pueda durar más de un
rato. Estamos viviendo un millón de vidas en el espacio de una computadora.
Es que siempre
pasan cosas: llueve y se corta la luz, el perro ladra y los vecinos no pueden
dormir, cuando hay humedad las puertas no se abren. Todo es poesía.
Vagar a la
orilla del lago, caminar y caminar, enloquecer con su belleza, llorar de
nostalgia por las imágenes rotas en el agua que me recuerdan la infancia. El
olor a eucalipto del parque y la vieja iglesia rodeada de árboles y mendigos.
Agotado de ver, harto de mirar. Sigo paseando y de repente veo una cara pálida
y triste, unos ojos azules.
Comenzar a
escribir, sentarme en el incómodo mármol, con el trasero cansado de estar
sentado todo el día, cansado de escribir, cansado de ver gente todo el día.
Después bajar las escaleras, el olor a café recién hecho y pensar en todas las
cosas que están muertas y vivas. Parece un buen día para escribir, tal vez
porque la poesía ha empezado a crecer dentro de mí. La llevo conmigo por todas
partes. Camino por las calles con esta especie de hijo o de monstruo que no me
deja ni respirar.
Será hermosa y
cruel; no para todos los oídos. En ella se podrán encontrar todas las formas de
volver, como el hilo de Adriana que nos devuelve a la salida del laberinto. Una
poesía para los que se han perdido y no saben como regresar. Pero también será
cruda y aterradora, porque nos mostrará todas y cada una de nuestras miserias. Alfa y omega.
Ahora escribe
el viento y toca el piano, su lenguaje es simbólico, pero real. Dice que hay
cosas que se toman una vida para decirse o un solo momento. Una noche más
juntos para el rito que disuelve el tiempo. Estoy vivo y no tengo otra
fidelidad. Un poema como un gran reloj de oro sin agujas, dijo el viento.
Pero también
hay que ir a la verdulería y elegir los tomates maduros para la salsa; blandos
y maravillosamente colorados, cuestión que provoquen un buen jugo en el que la
pasta se sumerja y se tiña de rojo, como los rojos discontinuos del cielo. Una
salsa espesa y bien sabrosa, inventada con la inspiración del momento y hecha
con buena mano, como la buena mano para dar un masaje.
Los perros
ladran en el patio, ladran como lobos y el vecino grita un insulto para que se
callen. No sé por qué pero hoy ya no tengo ganas de escribir. Estoy perdiendo
el ánimo. Yo sigo en el umbral de mármol, que a esta hora ya está demasiado
frío y duro. Desde allí puedo ver el barrio, el mundo tal vez. Me detengo unos
minutos a contemplar toda la sencillez de la escena. Enfrente de mí una serie
de casas alegres, tan lindas que parecen haber sido dibujadas. La calle es
desigual, el empedrado está resbaladizo por la humedad y el sol se está
poniendo de prisa. Los colores se apagan. Se oyen agudos chillidos de chicos
jugando. Sin embargo hay una simplicidad en todo ello que deslumbra, la calma
de una hora que adquiere una dimensión propia, hecha de repeticiones e
intensidades: tomates para la salsa, masajes, ladridos, insultos, mármoles
fríos y duros, ánimos perdidos, falta de ganas. Todo es poesía. Hay restos de
ella por todas partes, debemos aceptarla como la existencia de los insectos. No
debe explicarse, ni interrumpir ese algo íntimo que hay en ella. Tampoco puede
ser dominada, es salvaje y fatal.
El amor. Cómo
escribir tal poesía fundamental sin mencionar el amor. Todas las mujeres que he
amado y las que no he podido amar deben estar allí. Gente que pasa, perros y el
viento mismo, toda la condenada corriente de la vida que fluye a través de ti,
a través de ella, a través de todas las mujeres que te precedieron y las que te
seguirán, las flores y los pájaros, y el sol que fluye a raudales y la
fragancia de todo que me asfixia, me aniquila. Musas, juramentos, fantasías,
beldades, venturas y desventuras. Recuerdos y miedos. Fracasos y alegrías.
Descubrir el fuego que yace en el amor, cerrar ese circuito mágico que le hace
a uno sentir la tierra bajo los pies. Maravilloso decir “amor” en una poesía;
decirlo mientras cuento todas las hormigas que van pasando delante de mí,
sentado en el umbral. Una, dos, tres…hormigas cuyo único techo es el firmamento,
el inmenso ojo negro de Dios iluminado de luces que son el reflejo dejado por
las miradas de hombres y mujeres que contemplaron el cielo mientras amaban,
generación tras generación.
Y la muerte
¿Qué hay de la muerte? Tampoco debe faltar en una poesía de semejante calibre.
Esa gitana que te cierra los ojos y te roba los anillos, el dinero y todo lo
demás. Ella te cierra los ojos, incluso si los dejas abiertos. Entonces verás
nada y soltarás un grito seco y breve y girarás como un trompo con los brazos
abiertos. Mientras todo lo demás seguirá aquí, nada se habrá ido. Olerá a
carencias, a llanto y tal vez vuelvas a habitar en el espíritu desde el
espíritu. O tal vez no.
La vida, ese
sí que es tema para una poesía de pura cepa. La vida, que no puede tener mejor
síntesis que el olor a pan casero y todas las buenas asociaciones que provoca.
Cuando pienso en ese olor me veo sentado en el umbral de un pequeño patio
antiguo, muy alegre y luminoso. Por las rendijas de la ventana extrañas figuras
me espían: abuelos cariñosos, hermanas pequeñas y padres trabajadores. Salen al
patio para podar la parra, jugar o bien asar un pollo. La escena nunca está
completa sin música: Goyeneche, Cafrune y el olor a hojas mojadas que se
combina con el pan casero y la luz del sol que nada en un halo de humo. Y yo
que cierro los ojos sobre un ojo artificial. Sentado en el umbral con un ojo de
vidrio. Tomo el ojo y le saco brillo con un pañuelo. Veo la vida.
Me han pateado
el trasero y salí despedido del umbral. Se ha formado una espesa niebla, la
tierra está embadurnada de cenizas. Siento palpitar a la ciudad como si fuera
un corazón recién sacado de un cuerpo caliente. La calle está supurando y un
hedor pesado y sofocante la inunda. Miro las hormigas pasar, escucho los perros
ladrar, luces ahogándose, hombres y mujeres sin prisa. Un hombre está de pie
contra la pared y toca un bandoneón.
Entonces yo
necesito reconciliarme conmigo mismo. Y comienzo a escribir
Nací
abriendo los ojos…
apareciendo a este mundo luminoso
de patios
y limones y sol maduro,
este mundo
donde se huele y se espera.
Crecí en
alguna parte
entre el
cerebro y el pan casero
saboreando
las salsas del corazón
soñando y
mirando sobre este umbral infinito.
Morí rodeado del olor a lavanda
que se
desprende de ciertos poemas
y el
placer simple que he visto en el cielo
cada vez
que me he enamorado.
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