martes, 7 de marzo de 2017

Inmenso PEQUEÑO  Ricardo Guidi




Una tarde en el campo, por un estrecho sendero, Morel y la niña pasean en bicicleta; él va sobre una grande, ella sobre una más pequeña.
Cada pedaleada de Morel equivale a unas cinco de la niña, y en cada rodada completa del neumático de la grande, podría caber el largo entero de la bicicleta de la niña.
Ellos no saben bien a donde van, pero el oeste y el sol lo tienen hacia un costado, sobre el que va Morel, y sobre el otro hay una larga sombra, la de su cuerpo voluminoso en la bicicleta, la que devora y hace invisible a la que proyecta la silueta de la niña.
El sol es fuerte pero la brisa invernal, y ellos llevan puestos sus abrigos y bufandas: y del paño del sobretodo de Morel, podrían confeccionarse más de seis capitas con botones y capucha, como la que lleva puesta la niña.
Un poco agitados, porque el relieve ahora se vuelve más difícil, se escuchan los respiros con toda claridad, cada inhalación, cada exhalación: y con el  aire de una sola aspirada que llenan los pulmones de Morel, la niña podría sobrevivir tres o cuatro minutos en medio del vacío.
Ahora el esfuerzo es algo más grande, porque ellos suben incansables por la colina mayor. Pisan con más fuerza los pedales e inclinan el cuerpo un poco hacia delante: y cada impulso de la pierna de Morel podría quintuplicar al de la niña, él podría aniquilar contra el piso a un ratón, la niña apenas a un escarabajo.    
Ellos ahora por fin descansan, placidos sobre la cima de la colina, observan todo desde allí arriba, y a Morel lo tienta el cielo por tenerlo tan cerca: y ve el azul y el blanco de algunas nubes, y cinco o diez pájaros en vuelo. La niña también mira hacia el cielo y ve un reino de pájaros que llevan pecheras de oro, y ve otro más, de pájaros que calzan sombreros negros de copa en sus cabezas,  ve también ciudades en las nubes hechas con paredes de algodón. Pero la niña ve tan lejos sobre el cielo azul, que llega a percibir a la noche del otro lado del mundo: y perlas que brillan sobre el paño negro, y búhos con ojos fijos y redondos como faros, y lechuzas con chillidos y gruñidos de cementerios; entonces la niña tiembla y no quiere ver más, no quiere ver más, porque ahora solo quiere los brazos de Morel, su padre, y que la tomen muy fuerte, y que no la suelten nunca más.  



                                                                                                      
























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