domingo, 12 de marzo de 2017

TIERRA LEJANA   Mary Marpegán                                                                                           


  
                                   


Qué encerraba el sobre aquél que había caído distraídamente en el piso del altillo? Raquel se sorprende, queda parada inmóvil sobre las vetas de listones de madera dura.
El techo, habitualmente tan bajo, parece que la aplasta entre sus machimbres. El altillo fue construido aprovechando el espacio de entretecho que separa los dos niveles. La planta baja con el área de servicios: comedor, cocina, lavadero y un pasillo distribuidor. También un pequeño baño que no estaba previsto en el diseño primero, pero que se pudo programar después quitando unos centímetros a la cocina y otros tantos al pasillo.
Subiendo la escalera se desarrolla la planta alta, con tres dormitorios con ventanas que miran al este, al nacimiento del sol. Al esplendor de la mañana que se inicia.
En octubre basta descorrer las cortinas livianas para que un ramillete de pétalos rosados invada las habitaciones. Las flores del lapacho despliegan su grácil forma de campanilla. Se mecen con suavidad con la brisa primaveral de este pequeño jardín de ciudad poblada. Su alma de árbol añora la inmensidad de la selva chaqueña donde las copas se agitan apenas, abanicadas por el caluroso y pesado viento norte. Sus raíces pudieron haber estado allí, pero no, siendo aún semilla, fue depositada en un alto y profundo macetero de cemento con patas. Subido a un camión se zarandeó kilómetros y kilómetros por caminos de tierra y grandes huellones.
 Sus compañeros de travesía también sufrían los sacudones, como el pesado pero elegante piano lustrado con impecables letras doradas que señalaban con orgullo su lugar de origen. El espejo oval no corcoveaba pues estaba asfixiantemente apretado entre el ropero y la cómoda. Todo su cuerpo había sido amortajado con frazadas y éstas atadas con doble vuelta de soga sisal. Como clavada en su sitio, la cómoda del dormitorio atesoraba en sus cajones todos aquellos recuerdos que la familia necesitaría en su nuevo destino. Dedales para todo uso, la aguja de colchonero porque allá también usarían colchones de lana; las agujas de crochet que la mamá usaría para las manualidades que entretendrían sus tardes de añoranza; la foto de los nenes jugando en el gallinero con los pollitos recién nacidos – ésa es muy importante porque en la ciudad a dónde iban ya no había gallineros – también entraban las sabanas bordadas de hilo, y los manteles, y la tijerita para cortar las uñas de los chicos; y las carpetitas de punto fino que lucieron siempre debajo de los adornos de los muebles del comedor – ¿se usarán allá las carpetitas o estarán pasadas de moda? –
Apoyadas en el fondo del cajón estaban las cartas que todos estos años viajaron desde el pueblo hacia la gran ciudad y desde ésta a aquella, como una corriente de ternura y reclamo
El ropero, desde su vetusta mole, contemplaba todo con aire crítico pues su interior estaba vacío, sin vida, sus perchas no calzaban las íntimas prendas que tanto decían de los moradores de la casa. Se las habían quitado y armado con ellas enormes bolsones que estaban ahora apilados sobre la mesa y las sillas. Las sillas añorarían las noches sofocantes en que eran sacadas a la vereda para que los señores de la casa se sentaran en ellas hasta mitigar el intenso calor del interior.
En lo alto del ropero viajaba una caja de cartón, más larga que alta, más reforzada que la otras de al lado, con visibles etiquetas que decían FRÁGIL – FRÁGIL – FRÁGIL – FRÁGIL. Su interior estaba lleno de pequeños objetos, primorosamente envueltos en papel de seda, hechos un bollito, cuidadosamente apretados unos contra otros para que en el movimiento la hermandad entre ellos los protegiera. Como protegía cada uno de los juguetes allí guardados, un retazo de la historia de sus dueños.
Cuando llegaron a destino, la semilla fue enterrada en el jardín de la casa, en una ubicación tal que desde cada ventana se pudiese ver su copa rosada cuando en octubre deleitase con su fronda salvaje. Con su sombra norteña. Con su presencia con historia. 
Parada en el hueco del altillo Raquel mira ese sobre amarillento. Extrañada lo alza, ¿de dónde caería?  Lentamente retira el papel que contiene. Es tan amarillento y ajado como el sobre.  La factura tiene membrete. También tiene fecha. También tiene firma.
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           Desde : Resistencia     hasta : La Plata           
 abril de 1957



                                                                                                                       
                                                                                                

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