domingo, 12 de marzo de 2017

EL UMBRAL         Alicia luchessi                                                                                                                 



 En el  día de la mudanza la casa adquiere vida. Cada rincón, a su manera, nos devuelve  lo que atesoró de nosotros para que nos lo llevemos  en la maleta de los recuerdos.  Les voy a contar lo que me pasó el día que me fui  para siempre  de la casa en la que había pasado años de mi vida. Iba a ser demolida para dar paso a …quién sabe qué nueva historia.
En la línea límite entre el adentro y el afuera, lo privado y lo público, la casa y la vereda…. algo me detiene. No sabría explicar qué, pero de repente es como si  alguien me empezara a decir….

Esperá, no te vayas, mirame, ya casi ni me reconocés. Vivimos tantas cosas juntos en esta casa en la que naciste. Sé que soy poco visible para muchos, me restan importancia otros.
El tiempo no paso en vano para mí. Ya no tengo el brillo y la lisura de mi juventud.  Pero antes como ahora compartí momentos importantes de tu vida.  Te sorprendés, estás asombrada y asustada porque nunca habíamos hablado, no conocías mi voz, ni tenías conciencia de mi presencia.
Yo ya estaba aquí cuando tus padres salieron corriendo para el hospital porque ibas a nacer, y te recibí con alegría cuando regresaron con tu moisés. Cuando te pasearon con el cochecito, recibí críticas, rezongos, me hicieron cargo de las dificultades que tenían para entrar y salir de la casa. Fui uno de los primeros peligros que te enseñaron a sortear y del cual defenderte cuando empezaste a dar los primeros pasos.
Más tarde, cuando eras niña, era en quien apoyabas tu libro de figuritas. Estabas conmigo cuando, el día de tu cumpleaños, esperabas ansiosa la llegada de tus tías para ver si te traían la muñeca, el rompecabezas o el juego de ingenio de los que, desde hacía un mes, sutilmente les informabas que te gustaban y donde los habías visto. También te escuché y sostuve hasta calmar la  bronca antes de dar las gracias como te enseñaron que debías hacer, cuando alguna se aparecía con ese vestidito y tu mamá se ponía contenta porque  te iba a servir “para el casamiento de la prima”.
Siempre estuve allí, acompañándote en el límite de tus dos mundos, el seguro, familiar, pero a veces aburrido de tu casa (a bañarse, a hacer los deberes, a dormir) y ese otro, el de los amigos, los juegos, lo desconocido.
Yo era quien te daba pie para que llegaras al timbre, o miraras el agua de la riada sin mojarte los pies esos días de gran lluvia y quien recibía sin quejas el raspón de los zapatos embarrados cuando a la vuelta de la plaza tu mamá decía desde adentro, “no entren con los pies sucios, van a encastrar toda la casa!!!” .  Te digo me dolía más el no ser considerado parte de la casa, que las zapateadas de tus piecitos.
Y cuando  la pubertad y adolescencia, con sus cambios, encantos y amores, fueron dejando atrás a la niñez, yo fui quien te ayudo a disimular esos centímetros de menos  por el estirón tardío cuando te parabas al lado de tus amigas. 
Te acordás del primer  chico por el que tu corazón empezó a latir más rápido. Vos no te diste cuenta quizás pero yo estuve allí, con vos,  expectante como vos de su paso. 
Yo fui quien presenció  y guardó el secreto del primer beso, la primera caricia y también la primera pelea con tu primer novio. Y también el “jugueteo prohibido” en el momento de la despedida, que tantas sensaciones nuevas te produjeron, y que nada tenían que ver con las sentencias de tus padres que auguraban peligros de la calle si la despedida era larga.
 De aquellos tiempos recuerdo que el único momento que tus pies no compartieron conmigo, fue cuando te casaste. Esa vez no me tocaste. Y yo sentí entonces que comenzaba nuestra despedida. Fue “tu” momento, no el “nuestro”
Y después te fuiste y comenzaste tu vida, y me regalaste el contacto de tus hijos, y el cuidado a la salida de tus padres que titubeaban el paso ante mi altura.
Y hoy es la despedida, yo creo que llegue al final de mi camino. En un rato pasaran los picos y las palas a llevarse los “escombros”, y entre ellos yo también iré en pedazos. Pero quería también que supieras de mi existencia, no quería se perdiera en el contenedor.”

Ya los obreros bajaban del camión.
  - Quiero pedirles un favor. Quisiera llevar este umbral, es de mármol de Carrara, me gustaría usarlo para armar una mesa en la sala principal de casa. No lo dañen por favor. Gracias.









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