CON
LAS UÑAS RECIÉN PINTADAS Ricardo Guidi
Ya
han pasado más de tres semanas, y el cuadro que ella quiere ver colgado en la
pared del comedor, todavía sigue apoyado en el piso, abandonado en el rincón más lúgubre de la casa.
Todos
los días, cuando él llega a su casa del trabajo, saluda desde la puerta, se
deshace del maletín, cuelga el saco en el perchero, se descalza uno a uno los
zapatos y, con el impulso de cada pie, los hace volar por el aire, para que
luego caigan y rueden por el piso hasta llegar a cualquier parte.
Frente
al sofá, el hombre descalzo desploma todo su cuerpo y en apenas un instante,
aquel hombre que vino de la calle, activo y vertical, toma la posición del
horizonte, la de los muertos en el cementerio.
La
mujer en la cocina escuchó el “blam” de la puerta y el “Hola, ya llegué”,
después el sonido hueco de los zapatos al caer al piso desde el aire, y de
inmediato la transmisión de una carrera de caballos, y quince segundos después,
un zumbido estremecedor que apenas deja oír la voz de un reportero que dice
estar en medio de un huracán, en un pueblo al este de Nuevo México, y quince
segundos después, la crónica en directo de una masacre en Islandia, durante una
cumbre por el desuso del petróleo, y quince segundos después, el nombres de
algunos caballos que acaban de cruzar el disco.
Frente
a la gran pantalla, el cuerpo inerte del hombre vencido, parece que quiere solo
pulsar botones, sus hábiles dedos parecieran dominar el Braille.
Desde
la cocina ella prepara manjares para él, y cada tanto observa la pared blanca y
desnuda del comedor, visita el lúgubre rincón donde radica su cuadro, todo
mientras de reojo cuida que el hervor no desborde el agua de las remolachas.
El
hombre intenta levantarse del sillón pero vacila y desiste de la idea. “No doy
más” se dice para sí y en voz alta reclama:
-El vino, traeme el vino.
La
mujer atareada, descorcha una botella que acaba de sacar de la heladera y lo
sirve en una copa de cuello largo. El hombre del sillón, impaciente se refriega
las manos, pero cuando escucha los pasos y la ve venir con su copa llena de
vino, antes de que ella diga nada, él se adelanta:
-
El martillo se lo presté al vecino, cuando lo devuelva me encargo de tu cuadro- y al mismo tiempo su cabeza
elucubra: con esto dilato otra semana.
Una
semana después, una tarde, a la hora en que él llega del trabajo, ella repasa
los muebles del estar. El sonido mecánico de la llave le da el primer aviso, y
luego el hombre ya atraviesa el umbral: en una mano el maletín de siempre, y en
la otra, distante de su cuerpo, casi fuera de su vista, el poderoso martillo
que ha devuelto su vecino.
Ella
lo mira, y antes de saludarlo su boca es una mueca de alegría, se ilusiona, lo
mira, pero él, con la voz de hielo, la de un autómata, con la mirada perdida,
le dice de inmediato:
-Sí,
pero ahora faltan los clavos.
El
hombre sigue el rito de todos los días: se deshace del maletín, ahora también
del martillo, se descalza y hace volar sus zapatos, acomoda los almohadones del
sillón, comienza a desplomarse y recién ahí,
esboza la primera sonrisa del día.
Ya
es hora de romper con el silencio monacal que habita la casa: desde la pantalla
las noticias estúpidas o macabras, el relato animado del periodista deportivo;
desde la cocina el golpe de las tapas contra las ollas, el de la cuchilla
contra la tabla de picar, el del metal contra el metal de los cubiertos; y esta
vez, se suman otros que llegan del
lavadero. Ella ahora remueve viejas cajas de cartón que nadie ha tocado en
años, ubicadas a trasmano, llenas de cualquier cosa y cubiertas con un manto de
polvo. Ella revuelve el interior de cada una sin sacarle atención de la cocina, va y revuelve el
risotto de pollo en la sartén, vuelve y revuelve las cajas de cartón, hasta que por fin logra su cometido.
Sobre
la mesada ella abre los frascos de condimento que perfuman el arroz, y abre a
su vez otros que ha traído del lavadero: en primero descubre arandelas y nada
más, en otro tuercas y tornillos, y luego el último, por suerte con clavos por
decenas.
En
una mano la mujer lleva la copa de vino, en la otra un puñado de clavos
oxidados. El hombre del sillón, sin despegar los ojos de la pantalla estira una
mano y busca la tersura del vidrio, ella en cambio primero le ofrece el puñado
de clavos, y sus dedos sensibles y de piel delicada, al tantear lo inesperado,
pegan un sobresalto como si le hubiera corrido agua helada por la espalda.
-
Los conseguí entre cacharros del lavadero- dice ella con una sonrisa tan grande
que se le escapa de la cara. Él la mira de costado un poco adormecido, toma un
primer clavo para examinarlo, toma otro y varios más, acto seguido le dice:
-
No sirven, no son de acero; con el primer martillazo se van a doblar como el
cable de un velador- y agrega después: -Un día de paso por lo del
ferretero- Se da vueltas, se acomoda, y
con sus dedos sintoniza otro canal.
Ella
vuelve a la cocina pero antes se detiene frente a la pared blanca y desnuda del
comedor; desilusionada, analiza la ubicación adecuada, se sube a una de las
sillas del juego, arrima a la pared uno de los clavos oxidados, y con el taco
de uno de sus zapatos intenta lo que no puede ser posible.
Sentados
juntos a la mesa, él bebe más vino mientras pondera el sabor y la tersura del
arroz; ella con la mirada hacia abajo descorcha otra botella recién sacada de
la heladera, y sin nada de apetito, se resigna con el atornillar y
desatornillar el corcho en el tirabuzón.
Dos
días después ella vuelve a recibirlo en sala, y lo espera con la copa de vino
ya servida. Primero el ruido seco de la cerradura, luego la cara lunática, el
suspiro previo y la sonrisa en el aire y el cuerpo tendido. Sobre la mesita del
sillón, ella le ha dejado la copa, un platito con aceitunas negras, otro con
maníes salados, otro con media docena de clavos.
La
mujer es toda sonrisa otra vez, y en su boca vibran las palabras:
-
Son de acero, así los pedí en la ferretería del mercado.
El
hombre los mira a distancia, ni siquiera los levanta del plato, hace una mueca
y le dice:
-
Sí, pero no sirven, son sin cabeza; en un segundo el cuadro vuelve al piso otra
vez- Y con la voz algo entrecortada ella le replica:
- Pero se podría clavar con un poquito de inclinación y listo.
El
hombre comienza a beber y se lleva una aceituna a la boca para dilatar y
pensar, y casi acorralado entre las sogas balbucea:
-
Hoy no; estoy muy cansado, el fin de semana tal vez.
Otra
vez desilusionada y con la primera resignación en el pecho, antes de irse a la
cocina le devuelve con algo de altanería:
-
¡Bueno! Me encargo yo misma, total no creo que sea para tanto.
Y
mientras él se lleva la segunda aceituna a la boca, le responde con la voz exaltada:
-
Imposible, eso es solo para hombres: fuerza más habilidad, habilidad más
fuerza. Para poder levantar ese martillo, dos brazos de mujer se necesitan.
Los
golpes en la cocina son más fuertes que nunca, las ollas parecen tambores, los
platos gritan al saltarles la losa, y el sonido seco del vidrio, seguro que es
por la copa degollada.
El
día más esperado para ella es el domingo; se levanta muy temprano, junto con el
sol, y lo deja entrar por el ventanal de la cocina. Él, entre sabanas y mantas,
bucea toda la mañana en el sueños más profundo.
El
silencio de este domingo es más intenso que de costumbre, y eso a ella le
regala una inspiración: entre el pocillo de café humeante, las revistas de
mujeres, un frasco de esmalte para uñas, algo que no es su voluntad la lleva
derecho hasta el cajón de los cubiertos. Con las dos manos, ella retira el
sacacorchos con mango de madera, y luego lo observa con atención como nunca lo
había hecho.
En
el comedor, ella toma una silla de la mesa y la arrima a la pared blanca y
desnuda, busca la marca del primer intento, y de a poco comienza a trepanar.
Pasan
algunos minutos y el girar de la mano ya deja rastros: partículas de pintura y
arenillas en el piso. Con suma suavidad y paciencia gira su mano al cabo de
unos minutos más, y ya se observa el polvo colorado y la blandura del ladrillo
en la mano. Se detiene unos minutos y bebe otro pocillo, luego con su mano de
tirabuzón sigue adelante hasta llegar a las entrañas de la pared.
Ella
regresa del lavadero con el frasco indicado, para luego abrirlo, volcar los
tornillos sobre la mesa, seleccionarlos, clasificarlos, hasta dar con el
elegido.
El
hombre acaba de despertarse, desorientado, despeinado y con la cara desfigurada
por la almohada; exige su desayuno desde la cama. Ella se apura con su tarea
porque su marido justo ahora la reclama; prueba el tornillo elegido, lo
presenta en el agujero, y con sus finos dedos con las uñas recién pintadas, lo hace
girar, deslizar, fijar, casi hasta desaparecer. Él ya está de pie junto a la
cama y casi en la mesa de la cocina; ella de un salto y llega al rincón
olvidado, toma el cuadro, lo desempolva, y de otro salto vuelve al comedor, lo
presenta en la pared, tantea su firmeza, se toma el último segundo para
observarlo un poco de lejos y al final se dice: “De este lugar no te mueve
nadie”.
Juntos
sentados a la mesa, él bebe su café casi sin darse respiro, apenas se sirve dos
tostadas, mira el reloj porque el Gran Premio de Monza ya está por largar, y
como si él mismo fuera uno de los pilotos, se levanta de la mesa aún con medio
pocillo, corre por el comedor, pasa por delante de la pared blanca y ahora
vestida con el cuadro de su mujer, se recuesta en el sillón y enciende el
televisor.
Son
más de las dos de la tarde y a él lo sorprende que en la casa no se huela
todavía a salsa de tomate o estofado. Tampoco han sonado los metales de las ollas ni las losas de los platos. Son más de las dos de la tarde y ella lo llama
para que comience a levantarse del sillón: El hombre parsimonioso primero baja
los pies al piso y se queda sentado. Ella aparece en la sala en ese momento, es
el momento que ha esperado, como de costumbre sus manos traen algo.
Ahora
parada frente a él lo mira desde arriba, levanta todo el peso de la carga que
lleva en sus manos, y cuando llega a la altura del mentón, las abre, las
despliega como un abanico, y deja que la fuerza de gravedad se encargue del
resto. La pesada cabeza de hierro negro es un proyectil, y el dedo grande del
pie del hombre, desnudo, rechoncho, bien firme contra el piso, estalla en un
instante como un corazón infartado.
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