EL
PUNTO MAS ALTO DE ALBARETE Ricardo Guidi
Por
los gigantes campos de Villena, el Conde de Albarete regresa vencedor de la
batalla. No es un día más como cualquier otro, él acaba de lograrlo junto a los
suyos: abatir para siempre al atávico enemigo.
Ellos
empujaron del antiguo Condado hasta el último Sarraceno, y así, purificaron la
tierra que en algún momento les fue usurpada. Aquella peliaguda tarea que había
comenzado el abuelo del abuelo de su abuelo, él acaba de cerrarla ahora con sus
propias manos.
Con
marcha cancina, delante de la interminable hilera, el Conde de Albarete lleva
la conciencia del deber cumplido, la arrogancia del vencedor, el estandarte
bien alto en el cielo, pero en sus entrañas, algo borbotea y golpea su cabeza,
como si recién fuera a comenzar la gran batalla.
En
el eterno regreso, el Conde de Albarete recibe no menos de tres veces al día a
veloces jinetes provenientes del castillo, uno por la mañana, otro al mediodía,
y otro por la noche. Cada uno al llegar de inmediato lo aborda, le habla muy
cerca al oído, tan cerca que pareciera que fuera a comerle su oreja. Luego,
cumplida la misión, el jinete da media vuelta, aprieta fuerte las espuelas, y
regresa al castillo a toda carrera.
Mientras
el presuroso jinete se pierde en la nube de polvo que levanta el galope del
caballo, al Conde de Albarete se le curvan aún más las cejas, y su boca casi
siempre cerrada, dibuja en su rostro un acabado arco de medio punto.
Aún
faltan más de cinco días y cinco noches para arribar a la ciudadela, para
arribar al castillo y a sus aposentos, para reencontrarse con su prometida. La
mente del Conde viaja a la par del águila, pero su cuerpo debe resignarse al
paso lento de la caravana, de cientos y cientos de fatigados caballos.
Antes
de partir a la contienda, el Conde de Albarete lo pensó con extrema frialdad y
premeditación: sus celos no podían hacerle perder la lucidez en la batalla, ni
siquiera por un un instante, entonces sin vacilar decidió cortar por lo sano, y
mandó a confinar a su amada al punto más distante de la tierra, a la cima de la
torre más alta de su majestuoso castillo de Alamanza.
Tan
alta era aquella torre que antes de partir él le dijo a su prometida: “Si te
asomas por alguna de las pequeñas ventanas, podrás percibir el golpe seco de
las espadas, el humo vertical de las hogueras en el horizonte, el olor que trae
el viento de la victoria”.
Para
llegar a la cúspide, se debía emprender un verdadero viaje por la interminable
escalera caracol. Subir y subir tanto, que cuando los lacayos debían servirle a
su amada la comida y la bebida, debían comenzar el trajín a media mañana, para
llegar recién a medio día. Los platos calientes apenas le llegaban tibios, y el
agua helada de las jarras, con la temperatura misma de la piel.
Por
la noche, los hombres rodean los fogones para combatir el frio de la llanura
casi desértica. En silencio, el Conde de Albarete pierde su mirada en las
improvisadas siluetas del fuego. A él, como a nadie, eso le sirve de perfecto
bálsamo, pero por un tiempo, hasta que llegue su próximo informante, el que
debe arribar justo a la media noche. De la nada aparece de repente, saluda a su
majestad, le da su mensaje al oído como si quisiera comerle una oreja, luego
tira las riendas hacia un costado, da una media vuelta instantánea, apura el
caballo y se disuelve en la negrura.
El
fuego de sus pupilas ahora no es el del reflejo, sino el que se le ha
desatado adentro. Su oído, otra vez
escuchó lo que no quería escuchar: “por las madrugadas, llegan nuevos caballos
a los establos. Luego de incipientes torturas, ya han confesado dos o tres
guardias haber sido tentados por el soborno”.
El
Conde es el primero en divisar la prominencia, el cerro coronado por el
castillo de Alamanza y su elevadísima torre, seguro el punto más alto de todo
Albarete. A sus pies, la ciudadela lo rodea por completo como un cinturón, y
allí, sus vasallos lo esperan a él y a su ejército en las calles, para vivarlo,
para celebrarlo en su entrada triunfal.
Al
penetrar por el caserío, todos quieren saludar y verle la cara al Conde de
Albarete, mirarle los ojos y el semblante. Él lleva el brazo en alto con el
puño cerrado y la cabeza gacha; todos lo vivan pero él siente que la mirada de
cada hombre, de cada mujer, de cada niño, lo atraviesa con sorna de lado a
lado.
Con
el cuerpo sudado y el griterío aún en los oídos, llega por fin a la base del
peñasco, donde comienza la escalinata que lo lleva al castillo. Antes de poner
un pie en el primer escalón, recibe al último de sus informantes: el mensaje es
tan desconsolador como todos los otros.
Con
el pie ya en el primer escalón, el Conde de Albarete piensa en una muerte
pública: incinerarla en la plaza en una hoguera, delante de todos los
plebeyos, purificar el honor que ha
perdido. A punto de ordenar que preparen los maderos y un poste recto para
atarla de pies y manos, el Conde pisa el segundo escalón, y de manera casi
involuntaria sus piernas comienzan a moverse.
El
Conde de Albarete cruza la gran puerta del Castillo y corre hasta la puerta de
la torre, y se abre paso a empujones entre los hombres de la guardia, que
terminan desparramados por el piso. Con el pie en el primer peldaño del inmenso
caracol, desenfunda su regia espada y
decide que la muerte será más íntima, solo entre ellos, una deuda pendiente
entre ellos. Piensa en amputarle cada uno de sus miembros y que ella muera por
dolor y la sangre derramada, pero cuando decide poner el pie en el segundo
escalón, sus piernas vuelven a moverse sin que su conciencia lo decida.
Por
más de un cuarto de hora, el Conde de Albarete asciende veloz por la sombría
caverna, pero la fatiga de sus piernas lo detiene, necesitan un respiro. A la
luz de una de las pocas antorchas, él cambia de idea otra vez, y retira el
pequeño puñal que lleva oculto en su pantorrilla: se lo hincará de una sola vez
en su delgado vientre, y junto a ella, recostados, él sentirá fluir la tibieza
de la sangre. Y sus pies se disparan otra vez sin que la razón pueda
dominarlos. Al dejar atrás la intensa luz de la antorcha, la oscuridad lo aleja
del vicio de su mente de tramar y tramar. Ahora en la penumbra, ya no hay
siervos de mirada taimada.
Luego
de otro cuarto de hora de ascenso, el Conde de Albarte ya comienza a intuir el
final, arriba a la antecámara de la habitación y mientras sus piernas celebran
al fin pisar un piso plano, él pergeña otro cambio en la ejecución. Decide
ahora tomar la cadena que sostiene el crucifijo que cuelga en su pecho, y la
imagina rodeando el fino cuello de la mujer, y sus dos manos de guerrero que
tiran hasta que la piel se pone blanca de la asfixia, mientras él pone su
rostro muy cerca al de ella, para respirar el último aire de su aliento.
Antes
de llegar a la puerta y abandonar la escalera, el Conde de Albarete mira por el
hueco vacío y negro que ha dejado a sus espaldas, y le parece verse a sí mismo.
Con la respiración aún entrecortada, el hombre endereza el cuerpo y expande el
pecho, abre la puerta de repente, y la encuentra a ella en la cama, ensimismada
como un ovillo.
Sobre
la austera manta, él le arroja un dorado corazón partido, y empuña sin vacilar
el metal por la base, lo alza sobre el menudo cuerpo femenino, y sin que le
tiemble la voz le dice: “Por este que esta clavado en la cruz, a partir de
mañana mismo, tú serás Juana la Perdonada, Condesa de los Dominios de Albaerete”.
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