domingo, 12 de marzo de 2017

EL PUNTO MAS ALTO DE ALBARETE     Ricardo Guidi                                                                                




Por los gigantes campos de Villena, el Conde de Albarete regresa vencedor de la batalla. No es un día más como cualquier otro, él acaba de lograrlo junto a los suyos: abatir para siempre al atávico enemigo.
Ellos empujaron del antiguo Condado hasta el último Sarraceno, y así, purificaron la tierra que en algún momento les fue usurpada. Aquella peliaguda tarea que había comenzado el abuelo del abuelo de su abuelo, él acaba de cerrarla ahora con sus propias manos.
Con marcha cancina, delante de la interminable hilera, el Conde de Albarete lleva la conciencia del deber cumplido, la arrogancia del vencedor, el estandarte bien alto en el cielo, pero en sus entrañas, algo borbotea y golpea su cabeza, como si recién fuera a comenzar la gran batalla.
En el eterno regreso, el Conde de Albarete recibe no menos de tres veces al día a veloces jinetes provenientes del castillo, uno por la mañana, otro al mediodía, y otro por la noche. Cada uno al llegar de inmediato lo aborda, le habla muy cerca al oído, tan cerca que pareciera que fuera a comerle su oreja. Luego, cumplida la misión, el jinete da media vuelta, aprieta fuerte las espuelas, y regresa al castillo a toda carrera.
Mientras el presuroso jinete se pierde en la nube de polvo que levanta el galope del caballo, al Conde de Albarete se le curvan aún más las cejas, y su boca casi siempre cerrada, dibuja en su rostro un acabado arco de medio punto.
Aún faltan más de cinco días y cinco noches para arribar a la ciudadela, para arribar al castillo y a sus aposentos, para reencontrarse con su prometida. La mente del Conde viaja a la par del águila, pero su cuerpo debe resignarse al paso lento de la caravana, de cientos y cientos de fatigados caballos.

Antes de partir a la contienda, el Conde de Albarete lo pensó con extrema frialdad y premeditación: sus celos no podían hacerle perder la lucidez en la batalla, ni siquiera por un un instante, entonces sin vacilar decidió cortar por lo sano, y mandó a confinar a su amada al punto más distante de la tierra, a la cima de la torre más alta de su majestuoso castillo de Alamanza.
Tan alta era aquella torre que antes de partir él le dijo a su prometida: “Si te asomas por alguna de las pequeñas ventanas, podrás percibir el golpe seco de las espadas, el humo vertical de las hogueras en el horizonte, el olor que trae el viento de la victoria”.
Para llegar a la cúspide, se debía emprender un verdadero viaje por la interminable escalera caracol. Subir y subir tanto, que cuando los lacayos debían servirle a su amada la comida y la bebida, debían comenzar el trajín a media mañana, para llegar recién a medio día. Los platos calientes apenas le llegaban tibios, y el agua helada de las jarras, con la temperatura misma de la piel.

Por la noche, los hombres rodean los fogones para combatir el frio de la llanura casi desértica. En silencio, el Conde de Albarete pierde su mirada en las improvisadas siluetas del fuego. A él, como a nadie, eso le sirve de perfecto bálsamo, pero por un tiempo, hasta que llegue su próximo informante, el que debe arribar justo a la media noche. De la nada aparece de repente, saluda a su majestad, le da su mensaje al oído como si quisiera comerle una oreja, luego tira las riendas hacia un costado, da una media vuelta instantánea, apura el caballo y se disuelve en la negrura.
El fuego de sus pupilas ahora no es el del reflejo, sino el que se le ha desatado  adentro. Su oído, otra vez escuchó lo que no quería escuchar: “por las madrugadas, llegan nuevos caballos a los establos. Luego de incipientes torturas, ya han confesado dos o tres guardias haber sido tentados por el soborno”. 
El Conde es el primero en divisar la prominencia, el cerro coronado por el castillo de Alamanza y su elevadísima torre, seguro el punto más alto de todo Albarete. A sus pies, la ciudadela lo rodea por completo como un cinturón, y allí, sus vasallos lo esperan a él y a su ejército en las calles, para vivarlo, para celebrarlo en su entrada triunfal.
Al penetrar por el caserío, todos quieren saludar y verle la cara al Conde de Albarete, mirarle los ojos y el semblante. Él lleva el brazo en alto con el puño cerrado y la cabeza gacha; todos lo vivan pero él siente que la mirada de cada hombre, de cada mujer, de cada niño, lo atraviesa con sorna de lado a lado.
Con el cuerpo sudado y el griterío aún en los oídos, llega por fin a la base del peñasco, donde comienza la escalinata que lo lleva al castillo. Antes de poner un pie en el primer escalón, recibe al último de sus informantes: el mensaje es tan desconsolador como todos los otros.
Con el pie ya en el primer escalón, el Conde de Albarete piensa en una muerte pública: incinerarla en la plaza en una hoguera, delante de todos los plebeyos,   purificar el honor que ha perdido. A punto de ordenar que preparen los maderos y un poste recto para atarla de pies y manos, el Conde pisa el segundo escalón, y de manera casi involuntaria sus piernas comienzan a moverse.
El Conde de Albarete cruza la gran puerta del Castillo y corre hasta la puerta de la torre, y se abre paso a empujones entre los hombres de la guardia, que terminan desparramados por el piso. Con el pie en el primer peldaño del inmenso caracol,  desenfunda su regia espada y decide que la muerte será más íntima, solo entre ellos, una deuda pendiente entre ellos. Piensa en amputarle cada uno de sus miembros y que ella muera por dolor y la sangre derramada, pero cuando decide poner el pie en el segundo escalón, sus piernas vuelven a moverse sin que su conciencia lo decida.
Por más de un cuarto de hora, el Conde de Albarete asciende veloz por la sombría caverna, pero la fatiga de sus piernas lo detiene, necesitan un respiro. A la luz de una de las pocas antorchas, él cambia de idea otra vez, y retira el pequeño puñal que lleva oculto en su pantorrilla: se lo hincará de una sola vez en su delgado vientre, y junto a ella, recostados, él sentirá fluir la tibieza de la sangre. Y sus pies se disparan otra vez sin que la razón pueda dominarlos. Al dejar atrás la intensa luz de la antorcha, la oscuridad lo aleja del vicio de su mente de tramar y tramar. Ahora en la penumbra, ya no hay siervos de mirada taimada. 
Luego de otro cuarto de hora de ascenso, el Conde de Albarte ya comienza a intuir el final, arriba a la antecámara de la habitación y mientras sus piernas celebran al fin pisar un piso plano, él pergeña otro cambio en la ejecución. Decide ahora tomar la cadena que sostiene el crucifijo que cuelga en su pecho, y la imagina rodeando el fino cuello de la mujer, y sus dos manos de guerrero que tiran hasta que la piel se pone blanca de la asfixia, mientras él pone su rostro muy cerca al de ella, para respirar el último aire de su aliento.
Antes de llegar a la puerta y abandonar la escalera, el Conde de Albarete mira por el hueco vacío y negro que ha dejado a sus espaldas, y le parece verse a sí mismo. Con la respiración aún entrecortada, el hombre endereza el cuerpo y expande el pecho, abre la puerta de repente, y la encuentra a ella en la cama, ensimismada como un ovillo.
Sobre la austera manta, él le arroja un dorado corazón partido, y empuña sin vacilar el metal por la base, lo alza sobre el menudo cuerpo femenino, y sin que le tiemble la voz le dice: “Por este que esta clavado en la cruz, a partir de mañana mismo, tú serás Juana la Perdonada, Condesa de los Dominios de Albaerete”.



                                                                                                       











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