JUANA Silvia Candelo
El día que Juana
rompió bolsa estaba sola en el rancho. El hombre había salido temprano a
trabajar al campo y, en el fondo, Juana agradeció no tener que pasar por este
trance con él dando vueltas. Seguramente habría estorbado más de lo que podría
haber ayudado.
Se acomodó como
pudo en cuclillas, tragándose los gritos de dolor como cuando el hombre la
molía a golpes cada vez que volvía borracho del bar del pueblo. Todavía
recordaba el día en que el hombre le dio a su madre unos pocos pesos y se la
llevó a vivir con él. Desde ese día su vida había sido cocinar, lavar, ocuparse
de las gallinas y los perros y estar siempre disponible cada vez que él la
buscaba, con ese aliento a alcohol y esas manos ásperas. Juana ya se había
acostumbrado a tragarse el asco y las lágrimas.
Después de unas
horas parió una beba, una bola de carne envuelta en sangre, apenas más grande
que un pollo . Sosteniéndola con cuidado, acercó la cuchilla a la llama del
fogón y luego con un poco de temor cortó el cordón, tal como había visto hacer
a su madre cuando nacían sus hermanos más chicos.
El hombre volvió
bien entrada la noche. El sonido del galope acercándose al rancho hizo acelerar
los latidos del corazón de Juana. Apenas abrió la puerta, el olor a alcohol
llenó el ambiente. A la luz del fogón vio a Juana recostada en el catre con un
bulto envuelto en un pulover viejo del que emergía una cabecita con un mechón
de pelo renegrido.
- ¡Al fin pariste!
¡A ver ese machote! Venga a saludar a su padre- dijo con una risotada.
Tropezando con la
pata de la mesa casi cae sobre Juana y la beba.
Con voz apenas
audible y sin levantar los ojos del piso ella dijo:
- Es una nena.
El hombre se detuvo en seco y luego la
abofeteó furioso.
- ¿Una hembra? ¿Una boca inútil que
alimentar? Al menos un varón habría ayudado en el campo en unos años.
Levantó a la
criatura, se dio vuelta trastabillando y con una carcajada horrorosa gritó:
- ¡Comida pa’ los
perros!
No había alcanzado
a abrir la puerta del rancho cuando, con un aullido que le salió de las
entrañas, Juana se incorporó de un salto. Con la velocidad de un rayo manoteó
la cuchilla que estaba sobre la mesa, todavía manchada de sangre del cordón, y
con los ojos bien abiertos la clavó hasta el mango en la espalda del hombre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario