lunes, 6 de marzo de 2017

VUELTAS DE LA VIDA  Ricardo Guidi




     Dio vueltas dos veces sobre sí mismo, se liberó con habilidad del cordón que rodeaba su cuerpo, asomó la cabeza todavía tibia, y en un instante dejó de habitar el vientre materno. 

     A los pocos meses, por tratarse de un bebe muy inquieto, sus padres, por largas horas del día, lo confinaban a un corralito con forma de un cesto de papeles; dentro de ese círculo, el bebe no hacía más que gatear y gatear, daba vueltas sin detenerse, primero con sus manos en el piso, luego tomado a las redes de hilos en rombo, para más tarde afianzarse al mullido borde superior, caminaba horas enteras, daba vueltas y vueltas con su cuerpito apenas recién erguido, como la luna alrededor de la tierra, como un carrousel en la plaza; como el que tío Renzo lo llevaba los sábados por la tarde, y el niño montaba el caballito pardo, que subía y bajaba a la vez que giraba, y cada vuelta tío Renzo sentado y el hombre indeciso que agitaba la sortija, tío Renzo de pie con toda la alegría en su boca y el hombre que no dejaba robarla sortija, tío Renzo con los brazos en alto y el hombre que casi perdía la sortija, tío Renzo casi pegado al carrousel y el hombre de la sortija sin la sortija porque ya se la había llevado otro, y el niño pura desilusión pegaba un salto del caballito, se aferraba a la columna del borde, y luego se lanzaba del plato giratorio sin que este detenga; y casi en el aire, los brazos de tío Renzo lo barajan, para que no siguiera más lejos; para que no siguiera ni un metro, para que no se acercara el peligro al arco contrario, y el niño con vueltas completas y gambetas en zigzag, eludía a los defensores que con celo cuidaban el arco, y la pelota que giraba blanca y negra y giraba cada vez más veloz y se desplazaba entre las piernas, entre los pies de una multitud, entre patadas y contra patadas y una final del niño muy fuerte directa al arco, y la pelota que volaba por el aire, primero era blanca, luego era negra, blanca, negra blanca negra, gris, gris, la nada, solo un zumbido en el aire y que volvía a dejarse ver solo cuando se incrustaba en el pecho del arquero, que la abrazaba, que la estrujaba con tanta fuerza como para no soltarla en la vida, y luego se revolcaba con varias vueltas de campana, para no soltarla, no soltarla; no soltarla a ella nunca más, a ella que también se aferraba a él con toda las ganas y rodaban y daban vueltas abrazados una mañana sobre la pequeña lomada del parque, y apretaban los cuerpos uno contra el otro, y se frotaban y rodaban, y en las retinas del muchacho la cara de ella sobre el suelo, la cara de ella sobre el cielo, la cara de elle sobre el suelo, la cara de ella sobre el cielo, y las manos de él, impotentes, ignorantes, sin saber donde posarlas, y rodar y rodar y sus ropas manchadas solo de verde clorofila, verde como el verde que aún llevan dentro: apenas habían vencido el desafío de rodar juntos por la pequeña lomada y terminar con un beso sobre los labios inocente, terminar con la ropa mojada por el resabio del rocío y el sudor; el mismo sudor de los cuerpos que una noche de verano daban vueltas al bailar, y el muchacho la abrazaba por la cintura y la muchacha por el cuello, y daban vueltas hechos un solo cuerpo, y daban vueltas y buscaban el rincón más oscuro, mientras la música los envolvía y el único sentido era llegar al lugar más oscuro, para no detenerse jamás; porque el único sentido del hombre era peregrinar por el mundo, dar vueltas a su alrededor sin fijar un solo punto, sin permanecer en ninguna parte, moverse de norte a sur y de sur a norte, de oriente a occidente y de occidente a oriente, rodear el globo por completo, viajar durante días sin mañanas y con noches infinitas, pasar puestas de sol en el polo norte, a horas apenas de haber dejado tórridas tardes en el trópico; no detenerse nunca en el inmenso circulo donde habita toda la vida, la que puede cambiar de repente, en un instante, desde un insignificante orificio en forma de circulo, un orificio en un alma hueca de un cilindro metálico, estriado su interior en forma de tirabuzón, para que el pequeño trozo de plomo viaje por el aire a la velocidad del sonido y pueda dar  vueltas como la mecha en un taladro, y que solo se pueda detenerse al toparse con algún cuerpo sólido, quizás un cuerpo en reposo, en pleno descanso.

     En un país indómito y lejano lo sorprendió dormido mientras soñaba dar vueltas por otro mundo, por otro universo; el hombre descansaba  cuando el trozo de plomo perforó su cuerpo con giros de helicoide, en ese instante, en esa mansedumbre, fue lo único en movimento y deshizo todo al pasar; luego hubo silencio infinito, y el hombre quedó quieto para siempre como una montaña.



                                                                                               








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