VUELTAS DE LA VIDA Ricardo Guidi
Dio vueltas dos veces sobre sí mismo, se
liberó con habilidad del cordón que rodeaba su cuerpo, asomó la cabeza todavía
tibia, y en un instante dejó de habitar el vientre materno.
A los pocos meses, por tratarse de un bebe
muy inquieto, sus padres, por largas horas del día, lo confinaban a un
corralito con forma de un cesto de papeles; dentro de ese círculo, el bebe no
hacía más que gatear y gatear, daba vueltas sin detenerse, primero con sus
manos en el piso, luego tomado a las redes de hilos en rombo, para más tarde
afianzarse al mullido borde superior, caminaba horas enteras, daba vueltas y
vueltas con su cuerpito apenas recién erguido, como la luna alrededor de la
tierra, como un carrousel en la plaza; como el que tío Renzo lo llevaba los
sábados por la tarde, y el niño montaba el caballito pardo, que subía y bajaba
a la vez que giraba, y cada vuelta tío Renzo sentado y el hombre indeciso que
agitaba la sortija, tío Renzo de pie con toda la alegría en su boca y el hombre
que no dejaba robarla sortija, tío Renzo con los brazos en alto y el hombre que
casi perdía la sortija, tío Renzo casi pegado al carrousel y el hombre de la
sortija sin la sortija porque ya se la había llevado otro, y el niño pura
desilusión pegaba un salto del caballito, se aferraba a la columna del borde, y
luego se lanzaba del plato giratorio sin que este detenga; y casi en el aire,
los brazos de tío Renzo lo barajan, para que no siguiera más lejos; para que no
siguiera ni un metro, para que no se acercara el peligro al arco contrario, y
el niño con vueltas completas y gambetas en zigzag, eludía a los defensores que
con celo cuidaban el arco, y la pelota que giraba blanca y negra y giraba cada
vez más veloz y se desplazaba entre las piernas, entre los pies de una
multitud, entre patadas y contra patadas y una final del niño muy fuerte
directa al arco, y la pelota que volaba por el aire, primero era blanca, luego
era negra, blanca, negra blanca negra, gris, gris, la nada, solo un zumbido en
el aire y que volvía a dejarse ver solo cuando se incrustaba en el pecho del
arquero, que la abrazaba, que la estrujaba con tanta fuerza como para no
soltarla en la vida, y luego se revolcaba con varias vueltas de campana, para
no soltarla, no soltarla; no soltarla a ella nunca más, a ella que también se
aferraba a él con toda las ganas y rodaban y daban vueltas abrazados una mañana
sobre la pequeña lomada del parque, y apretaban los cuerpos uno contra el otro,
y se frotaban y rodaban, y en las retinas del muchacho la cara de ella sobre el
suelo, la cara de ella sobre el cielo, la cara de elle sobre el suelo, la cara
de ella sobre el cielo, y las manos de él, impotentes, ignorantes, sin saber
donde posarlas, y rodar y rodar y sus ropas manchadas solo de verde clorofila, verde
como el verde que aún llevan dentro: apenas habían vencido el desafío de rodar
juntos por la pequeña lomada y terminar con un beso sobre los labios inocente,
terminar con la ropa mojada por el resabio del rocío y el sudor; el mismo sudor
de los cuerpos que una noche de verano daban vueltas al bailar, y el muchacho
la abrazaba por la cintura y la muchacha por el cuello, y daban vueltas hechos
un solo cuerpo, y daban vueltas y buscaban el rincón más oscuro, mientras la
música los envolvía y el único sentido era llegar al lugar más oscuro, para no
detenerse jamás; porque el único sentido del hombre era peregrinar por el
mundo, dar vueltas a su alrededor sin fijar un solo punto, sin permanecer en
ninguna parte, moverse de norte a sur y de sur a norte, de oriente a occidente
y de occidente a oriente, rodear el globo por completo, viajar durante días sin
mañanas y con noches infinitas, pasar puestas de sol en el polo norte, a horas
apenas de haber dejado tórridas tardes en el trópico; no detenerse nunca en el
inmenso circulo donde habita toda la vida, la que puede cambiar de repente, en
un instante, desde un insignificante orificio en forma de circulo, un orificio
en un alma hueca de un cilindro metálico, estriado su interior en forma de
tirabuzón, para que el pequeño trozo de plomo viaje por el aire a la velocidad
del sonido y pueda dar vueltas como la
mecha en un taladro, y que solo se pueda detenerse al toparse con algún cuerpo
sólido, quizás un cuerpo en reposo, en pleno descanso.
En un país indómito y lejano lo
sorprendió dormido mientras soñaba dar vueltas por otro mundo, por otro
universo; el hombre descansaba cuando
el trozo de plomo perforó su cuerpo con giros de helicoide, en ese instante, en
esa mansedumbre, fue lo único en movimento y deshizo todo al pasar; luego hubo
silencio infinito, y el hombre quedó quieto para siempre como una montaña.
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