UN
RATO EN EL PARAÍSO Ricardo Guidi
Y
después de tantas horas al volante, los haces de neón por fin reanimaron al
hombre agotado. La fabulosa incandescencia provenía de un parador ubicado al
costado de camino, justo en mitad del largo viaje.
Con
los párpados de plomo, la mirada hastiada por la monotonía del camino y la
cerrazón de la noche, el hombre fatigado decidió detenerse para tomar un
descanso.
Con
lentitud, ingresó a la playa de estacionamiento, donde varios vehículos
estacionados sin orden riguroso y dispersos, parecían haber sido abandonados
por sus dueños con urgencia, quizás por la misma desazón que él sentía ahora.
El
viento helado persiguió al hombre hasta la puerta misma del salón, donde antes
de entrar, un mendigo arropado y con la nariz escarchada, agitaba un jarro con monedas que al cascabelear decían, sin
decir palabra: “Deje una limosna y entre al paraíso”.
Adentro,
el aroma del café estaba en todas partes, y el terciopelo de una voz que
cantaba se acercaba a los presentes con una gran jarra de café, para ofrecer el
primero a los recién llegados, para repetir y repetir a los que ya estaban
desde antes.
El
aroma que salía de la jarra perfumaba todo a su pasar, y la mujer cantaba sobre
un coro de voces tenues que provenían del bullicio de los viajeros, ahora
reanimados con sus tazas humeantes de café.
Las
caricias del aire cálido obligaron al hombre a quitarse el abrigo, y al
rodear con sus manos la taza candente,
volvió a sentirlas otra vez. Las luces de neón también adentro eran de variados
colores, como la voz de la mujer que no paraba de cantar.
El
hombre se había ubicado en una mesa junto a la ventana y bebía y calentaba sus
manos en la taza, se dejaba acariciar por el aire tibio del ambiente, se embriagaba con el vaho del café, se
dejaba arrastrar por la voz de terciopelo, mientras a través del cristal
contemplaba aquel abismo: autos estacionados en la playa con sus techos blancos
de frío y el cielo negro sin estrellas, una ráfaga helada que agitaba los copos
de aguanieve en cualquier dirección, otros hombres que llegaban agotados como
aves que cruzan el mar entero, y junto a la puerta, el enorme abrigo que no
dejaba ver a quien lo llevaba puesto, y aquel jarro con monedas que
suplicaba y decía a cada viajero: “Una
limosna por un rato en el paraíso”.
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