lunes, 6 de marzo de 2017

UN RATO EN EL PARAÍSO   Ricardo Guidi




Y después de tantas horas al volante, los haces de neón por fin reanimaron al hombre agotado. La fabulosa incandescencia provenía de un parador ubicado al costado de camino, justo en mitad del largo viaje.
Con los párpados de plomo, la mirada hastiada por la monotonía del camino y la cerrazón de la noche, el hombre fatigado decidió detenerse para tomar un descanso.
Con lentitud, ingresó a la playa de estacionamiento, donde varios vehículos estacionados sin orden riguroso y dispersos, parecían haber sido abandonados por sus dueños con urgencia, quizás por la misma desazón que él sentía ahora.
El viento helado persiguió al hombre hasta la puerta misma del salón, donde antes de entrar, un mendigo arropado y con la nariz escarchada, agitaba un jarro  con monedas que al cascabelear decían, sin decir palabra: “Deje una limosna y entre al paraíso”.
Adentro, el aroma del café estaba en todas partes, y el terciopelo de una voz que cantaba se acercaba a los presentes con una gran jarra de café, para ofrecer el primero a los recién llegados, para repetir y repetir a los que ya estaban desde antes.

El aroma que salía de la jarra perfumaba todo a su pasar, y la mujer cantaba sobre un coro de voces tenues que provenían del bullicio de los viajeros, ahora reanimados con sus tazas humeantes de café.
Las caricias del aire cálido obligaron al hombre a quitarse el abrigo, y al rodear  con sus manos la taza candente, volvió a sentirlas otra vez. Las luces de neón también adentro eran de variados colores, como la voz de la mujer que no paraba de cantar.
El hombre se había ubicado en una mesa junto a la ventana y bebía y calentaba sus manos en la taza, se dejaba acariciar por el aire tibio del ambiente,  se embriagaba con el vaho del café, se dejaba arrastrar por la voz de terciopelo, mientras a través del cristal contemplaba aquel abismo: autos estacionados en la playa con sus techos blancos de frío y el cielo negro sin estrellas, una ráfaga helada que agitaba los copos de aguanieve en cualquier dirección, otros hombres que llegaban agotados como aves que cruzan el mar entero, y junto a la puerta, el enorme abrigo que no dejaba ver a quien lo llevaba puesto, y aquel jarro con monedas que suplicaba  y decía a cada viajero: “Una limosna por un rato en el paraíso”.



                                                                                                       















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