BARQUITO DE PAPEL Mary Marpegán
Círculos pequeños y
concéntricos se van replegando unos sobre otros peleando su oportunidad, su
supremacía, su privilegio de entrar al atolladero del desagüe.
Oblongos, romboidales,
quebrados, uno a uno penetran en el oscuro agujero.
Dos ojos verdosos observan
parpadeando en rápido ritmo. O retrasan la bajada del párpado cuando un sonido
fuera de lugar perturba el glup, glup, glup cadencioso y suave.
De pronto los ojos ven
sobre la cresta de una ola un pequeño reflejo blanco que gira en círculos, da
vueltas alborotado y se desliza agitado por el declive del torrente.
Una manito peluda intenta
alcanzarlo, se alarga, se encoge, se distiende, forma garra pero todo en vano.
Orgulloso y primorosamente intacto, el barquito de papel
continúa su rumbo, llevado por el vértigo.
Mojado y aterido, más
parecido a un plumero, el gato abandona su lugar de observación sintiendo que
ya no hay nada interesante que pueda suceder.
Para el barquito no es así,
ahora el torrente se ha convertido en una vorágine escalofriante en forma de
embudo que engulle hojas, ramas, trozos de papel, trapos y botellas aplastadas.
Barquito tiene miedo,
quiere regresar sobre su estela, gira en redondo, se zambulle por un ratito, se
zarandea en loca cabriola y cae sin redención a la garganta frenética. Cierra
los ojos, se repliega en sí mismo y se hace chiquito. De pronto siente que su
cuerpo se estira, que vuelve la serenidad bajo su casco, que los sonidos
vuelven a escucharse.
Todo se torna claro, reflejos tornasolados corren por delante, el
verde del paisaje lo tranquiliza. Grandes extensiones de pasto pasan a su lado.
Molinos que se agitan con el viento. Caballos y vacas comiendo y bebiendo
plácidamente bajo la llovizna pertinaz.
Pero una caverna ruidosa y
oscura interrumpe su camino y lo vuelca en un agua ácida que va desintegrando
su estructura hasta hacerla desaparecer.
En los campos verdes
bañados por la lluvia que alimenta el zanjón, las vacas beben de él antes de
terminarse la tarde.
Mary Marpegán
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