MUSICAL Néstor Monzón
De la montaña desciende un
rumor lejano.
El suspiro que desprende
aquella mujer cuando es amada.
Hay algo íntimo en esa
música que no debe interrumpirse, ni siquiera explicarse.
Tal vez un niño durmiendo
en su cuna sea la mejor síntesis.
Pienso en algún conjuro
sonoro y sutil que lo resuelva todo.
Un crepúsculo rojizo casi
ensoñador.
El aire lleno de
movimientos vivos y encantos por venir.
Como el vestido en el
armario o la huella de mi cuerpo en tu cama.
Las estelas que deja ese
pequeño barco en el manso río.
Espacios que se abren por
dentro.
Un libro comprado al azar
mientras silbamos.
La melancolía que solo
conocen los que han perdido algo.
Los pasos del tigre que
silenciosos se acercan a la gacela.
Esa melodía que será
entonada justo antes de que el mundo estalle.
Arco iris dibujado por tu
mano apenas acabada la lluvia.
El sonido del reloj que
imaginó Borges.
La hendidura que conduce el
agua en la cascada.
El viento costero soplando
con sublime parsimonia.
Un violín llorando.
Hay algo íntimo en esa
música que no debe interrumpirse, ni siquiera explicarse. Los pasos silenciosos
del tigre que se acercan a la gacela y no hay nada que se pueda hacer al
respecto; mientras desde lo profundo de la selva desciende un rumor lejano.
Pienso en algún conjuro sonoro y sutil que lo resuelva todo, pero no, la
naturaleza tiene sus leyes y así debe ser. Es igual que cuando se dibuja ese
crepúsculo rojizo, casi ensoñador y a nadie se le ocurriría detenerlo. Mientras
tanto el aire está lleno de movimientos vivos y a lo lejos, en el medio del
manso río una canoa deja estelas perfectamente simétricas. Es la selva y
también hay una tribu que acecha al tigre cuando los rojos discontinuos del
cielo parecen caer a fuego sobre ella. Es una tarde perfecta, quieta sin
pesadumbre, luminosa sin deslumbramientos, serena, suavemente vigorosa. El
tigre tensa con sublime parsimonia todos sus nervios, lleva consigo las
cacerías de sus antepasados inscritas en su instinto salvaje. La gacela espera
bajo esa piel surcada de cicatrices que nunca tendrá. La pequeña tribu invoca
el destino de un cazador paciente. El cielo cubierto filtra una atmósfera gris
y la tierra seca aguarda la sangre que pronto la mojará íntegra. Todo es vital
y no por ello menos triste. Concentrarse, tener a raya el destino para que el
error lo cometa el otro.
Estalla un trueno que
parece romper el cielo en mil pedazos y ya nada volverá a ser igual, el arco
iris dibujado apenas acabada la lluvia parece contenerlo todo y todo puede ser
la selva o el destino.
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