viernes, 3 de marzo de 2017

MUSICAL  Néstor Monzón




De la montaña desciende un rumor lejano.
El suspiro que desprende aquella mujer cuando es amada.
Hay algo íntimo en esa música que no debe interrumpirse, ni siquiera explicarse.
Tal vez un niño durmiendo en su cuna sea la mejor síntesis.
Pienso en algún conjuro sonoro y sutil que lo resuelva todo.
Un crepúsculo rojizo casi ensoñador.
El aire lleno de movimientos vivos y encantos por venir.
Como el vestido en el armario o la huella de mi cuerpo en tu cama.
Las estelas que deja ese pequeño barco en el manso río.
Espacios que se abren por dentro.
Un libro comprado al azar mientras silbamos.
La melancolía que solo conocen los que han perdido algo.
Los pasos del tigre que silenciosos se acercan a la gacela.
Esa melodía que será entonada justo antes de que el mundo estalle.
Arco iris dibujado por tu mano apenas acabada la lluvia.
El sonido del reloj que imaginó Borges.
La hendidura que conduce el agua en la cascada.
El viento costero soplando con sublime parsimonia.
Un violín llorando.








Hay algo íntimo en esa música que no debe interrumpirse, ni siquiera explicarse. Los pasos silenciosos del tigre que se acercan a la gacela y no hay nada que se pueda hacer al respecto; mientras desde lo profundo de la selva desciende un rumor lejano. Pienso en algún conjuro sonoro y sutil que lo resuelva todo, pero no, la naturaleza tiene sus leyes y así debe ser. Es igual que cuando se dibuja ese crepúsculo rojizo, casi ensoñador y a nadie se le ocurriría detenerlo. Mientras tanto el aire está lleno de movimientos vivos y a lo lejos, en el medio del manso río una canoa deja estelas perfectamente simétricas. Es la selva y también hay una tribu que acecha al tigre cuando los rojos discontinuos del cielo parecen caer a fuego sobre ella. Es una tarde perfecta, quieta sin pesadumbre, luminosa sin deslumbramientos, serena, suavemente vigorosa. El tigre tensa con sublime parsimonia todos sus nervios, lleva consigo las cacerías de sus antepasados inscritas en su instinto salvaje. La gacela espera bajo esa piel surcada de cicatrices que nunca tendrá. La pequeña tribu invoca el destino de un cazador paciente. El cielo cubierto filtra una atmósfera gris y la tierra seca aguarda la sangre que pronto la mojará íntegra. Todo es vital y no por ello menos triste. Concentrarse, tener a raya el destino para que el error lo cometa el otro.
Estalla un trueno que parece romper el cielo en mil pedazos y ya nada volverá a ser igual, el arco iris dibujado apenas acabada la lluvia parece contenerlo todo y todo puede ser la selva o el destino.




                                                                                                           

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