LOS PÁJAROS DE LA ARBOLEDA Ricardo Guidi
Debieron pasar una, dos, tres horas para que
los veraneantes subieran todo el equipaje al baúl, a los niños en el
habitáculo, cerraran cada uno de los postigos de la casa, echaran llave al
cerrojo y a la cerradura de la puerta principal, y luego por fin, partieran
hacia la gran ciudad.
Mientras el automóvil se alejaba por el
camino costero y se perdía entre las lomadas cubiertas de verdes pastizales,
los niños rapaces descendieron de la arboleda que lindaba la casa, pisaron el
suelo firme después de un largo tiempo, y los siete formaron un círculo como en
un rito sagrado.
Avanzaron por el terreno agazapados y con los
pies descalzos, avanzaron sobre el jardín de la casa vacía como si ellos fueran
sus propios dueños; llevaban ropas del color de las ramas y el pelo hecho una
mata, sucio y revuelto.
Era
el mes de marzo y los visitantes se marchaban por la gran autovía, uno detrás
del otro, en una fila interminable; el pueblo costero se vaciaba de vida, se
desangraba, pero era entonces cuando a los niños de la arboleda les comenzaba a
latir con furia el corazón.
La casa era una verdadera fortaleza: muros
densos y profundos, ventanas cerradas con postigos de dura y gruesa madera, un
techo muy elevado y con pronunciada inclinación. Ellos rodeaban la casa
mientras trazaban un plan, el silencio también los rodeaba a ellos, y también a
la casa.
Con
ideas claras, el mayor ordenaba a todos los demás, lo hacía con adustos gestos
y con medias palabras. Ya cada uno de ellos en su lugar de trabajo, se
ensañaban con rudeza para cumplir con lo mandado.
A los niños de la arboleda los había dejado
perplejos la presencia de aquellos otros niños, los de la casa. Camuflados en
el follaje, ellos habían observado por las tardes, cuando caía el sol, cómo los
niños de la casa llegaban apenas hasta la playa contigua, siempre al cuidado de
sus mayores, para que al caminar no perdieran el delicado equilibrio, y
pudieran así llegar a las reposeras y depositar sus cuerpos pálidos, casi
transparentes, con los huesos apenas envueltos por la piel.
Para
los niños rapaces, la casa elegida no había sido cualquiera, les había llevado
casi todo el verano para decidir por cuál de todas. Una y otra vez la volvieron
a rodear y a examinar sin descubrir la clave. Ahora, el sonido del mar empezaba
a ocupar el lugar del silencio, y así empezaba a llegar el viento fresco del
otoño que hacía que las tardes fueran mucho más cortas.
Luego
de que caía el sol, ellos regresaban a sus guaridas, trepaban como salvajes por
las sogas que pendían desde las ramas, y luego los siete, desaparecían en la
espesura del follaje, como cuando los pájaros regresan a los nidos.
Antes
de subir a la rama más alta, el mayor repartía a los otros pedazos de pan seco,
frutas de estación y algunos cigarrillos; luego entrada la noche, ovillaban el
cuerpo en medio del tronco y de una rama gruesa, para luego dormir con la
melodía del mar.
El
intermitente sol que se colaba por las hojas movedizas, y el piar agudo de las
torcazas y los gorriones, bastaban para que ellos se despertaran sin ningún
rodeo. Ellos iniciaban cada día con otra ración de pan seco, y para entrar en
ambiente, un sorbo de la petaca que llevaba siempre consigo el mayor.
Otra
vez sobre el suelo arenoso, los rapaces volvieron a circundar la casa, pero
ahora con la ayuda de algunas herramientas: hicieron palanca en el postigo de
un gran ventanal, y la palanca cedió, se dobló como una herradura, entonces
intentaron en una ventana más pequeña y fue peor, se quebró en dos pedazos.
Luego probaron en otras y en otras, pero la compacta madera de la fortaleza
siempre vencía al duro metal de la palanca.
Ellos
querían ver esos postigos abiertos de par en par, querían ver esas ventanas
desde donde los niños raquíticos miraban todo el tiempo hacia afuera, excepto
al atardecer, cuando caía el sol en la playa y salían, asistidos, a ventilar
esa fragilidad de cristal.
Había
llegado el invierno, y los rapaces de la arboleda se abrigaban envueltos en
holgadas mantas, y dejaban solo pies y cabezas al descubierto. El viento
soplaba muy fuerte y los médanos se mudaban de un lugar a otro, de aquí para
allá. Ante el intenso frío, ellos solían hacer grandes fogatas para calentar el
agua, el cuerpo y encender algunos
cigarrillos.
Vencidos,
los hombrecitos habían abandonado la idea de penetrar por alguna ventana, y
ahora el mayor, había conseguido una gran masa y un grueso cortafierros.
Durante días y días se oyó un repiqueo continuo, con la cadencia del goteo, desde la mañana muy temprano y hasta
que el sol desaparecía en el mar por completo.
Los
muros parecían de piedra dura, quizás granítica, y el golpe de la masa en el
cortafierros y las vibraciones del cortafierros en las manos, les provocaba a
los niños un cosquilleo y un temblor, como si les atravesara por el cuerpo una
descarga eléctrica.
Para
quien conociera a los rapaces de la arboleda, resultaba imposible pensar que
con tantas casas vacías y al alcance de las manos, se obstinaran en aquella
fortaleza. Los siete cuerpos pequeños trabajaban como rudos albañiles pero sin
un solo resultado.
Una
fría y soleada mañana de junio, puso fin a la sudestada que había durado más de
una semana. Muy temprano, uno de ellos descendió de la arboleda y caminó en
dirección a la casa, de tropiezo en tropiezo, todavía algo dormido.
Al
llegar, un zamarrón lo despertó por completo al ver o que tenía frente a sus
ojos: a un lado de la casa, recostado sobre la casa, la sudestada había dejado
un inmenso médano, tan alto e imponente que la cima llegaba hasta el mismo
techo.
Muerto
de frío, con un irrefrenable castañeteo entre los dientes, el adelantado llamó
con reiterados silbidos a todos los demás. Se despertaron sobresaltados, luego
bajaron de los arboles como arañas por el hilo de sus telas.
Impresionados
por aquel cambio geográfico, el mayor comenzó a subir por la pendiente y los
otros rapaces lo siguieron por detrás. Desde la cima del médano necesitaron dar
solo un paso más para llegar al techo de la casa, el único sitio por donde no
habían merodeado.
Aunque
el viento era cortante, el sol era muy intenso allí arriba, entonces los
rapaces se quitaron las mantas todavía humedecidas y se recostaron casi
desnudos sobre el calor reconfortante de las chapas. Sus cuerpos se recuperaban
del frío y la mojadura que les había dejado la tormenta.
El
mayor calentaba su espalda y miraba el sol encandilado, su mano acariciaba las
ondulaciones de las chapas, interrumpidas cada tanto por la cabeza de los
clavos, miraba el sol y pellizcaba la cabeza de los clavos, miraba el sol y se
adormecía y pellizcaba la cabeza de los clavos, hasta que de repente pegó un
salto y dio un grito al aire como el de una orden.
En
ese preciso instante, en ese mismo lugar, el mayor de los rapaces había encontrado la clave misma sin haberla
buscado. Los convocó y empezaron todos juntos a intentarlo; los dedos de las
manos eran como tenazas, pero los clavos se resistían a salir, entonces ordenó
que utilizarán los dientes, y los hombrecitos mordían la cabeza de plomo y las
encías sangraban. Luego de media hora vencieron y pudieron al menos remover una
de las chapas; e invadieron la casa desde el cielo.
Cayeron
sobre el piso de madera de uno en uno, hasta completar el sonido de los siete
golpes. Adentro, la casa estaba helada y se arrepintieron de haber dejado las
mantas ya tibias sobre el techo insolado.
Bajaron
por la escalera de madera a la planta baja, la casa estaba vacía, sin ningún
mueble, salvo tres sillones cubiertos con lienzos, donde los tres raquíticos,
inmóviles, acostumbraban a mirar hacia fuera por el gran ventanal.
Se
encargaron de abrir los postigos de par en par y liberaron al fin cada una de
las ventanas, los niños de la arboleda observaron meticulosamente por cada una
de ellas.
Por
la ventana que miraba al mar, el mar no era mar, sino una interminable salina
blanca; por la que miraba al camino costero entre las verdes lomadas, aparecía
un paisaje lunar y apenas un sendero; por la que miraba a la frondosa arboleda
contigua, aparecían solo troncos de pie con ramas secas, quemadas por la sal,
donde se posaban siete pájaros negros, quietos, ovillados, expectantes de qué
sucedía en la casa.
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