jueves, 9 de marzo de 2017

LOS PÁJAROS DE LA ARBOLEDA   Ricardo Guidi




   
 Debieron pasar una, dos, tres horas para que los veraneantes subieran todo el equipaje al baúl, a los niños en el habitáculo, cerraran cada uno de los postigos de la casa, echaran llave al cerrojo y a la cerradura de la puerta principal, y luego por fin, partieran hacia la gran ciudad.
 Mientras el automóvil se alejaba por el camino costero y se perdía entre las lomadas cubiertas de verdes pastizales, los niños rapaces descendieron de la arboleda que lindaba la casa, pisaron el suelo firme después de un largo tiempo, y los siete formaron un círculo como en un rito sagrado.
 Avanzaron por el terreno agazapados y con los pies descalzos, avanzaron sobre el jardín de la casa vacía como si ellos fueran sus propios dueños; llevaban ropas del color de las ramas y el pelo hecho una mata, sucio y revuelto. 
Era el mes de marzo y los visitantes se marchaban por la gran autovía, uno detrás del otro, en una fila interminable; el pueblo costero se vaciaba de vida, se desangraba, pero era entonces cuando a los niños de la arboleda les comenzaba a latir con furia el corazón.
 La casa era una verdadera fortaleza: muros densos y profundos, ventanas cerradas con postigos de dura y gruesa madera, un techo muy elevado y con pronunciada inclinación. Ellos rodeaban la casa mientras trazaban un plan, el silencio también los rodeaba a ellos, y también a la casa.
Con ideas claras, el mayor ordenaba a todos los demás, lo hacía con adustos gestos y con medias palabras. Ya cada uno de ellos en su lugar de trabajo, se ensañaban con rudeza para cumplir con lo mandado.
 A los niños de la arboleda los había dejado perplejos la presencia de aquellos otros niños, los de la casa. Camuflados en el follaje, ellos habían observado por las tardes, cuando caía el sol, cómo los niños de la casa llegaban apenas hasta la playa contigua, siempre al cuidado de sus mayores, para que al caminar no perdieran el delicado equilibrio, y pudieran así llegar a las reposeras y depositar sus cuerpos pálidos, casi transparentes, con los huesos apenas envueltos por la piel.
Para los niños rapaces, la casa elegida no había sido cualquiera, les había llevado casi todo el verano para decidir por cuál de todas. Una y otra vez la volvieron a rodear y a examinar sin descubrir la clave. Ahora, el sonido del mar empezaba a ocupar el lugar del silencio, y así empezaba a llegar el viento fresco del otoño que hacía que las tardes fueran mucho más cortas.
Luego de que caía el sol, ellos regresaban a sus guaridas, trepaban como salvajes por las sogas que pendían desde las ramas, y luego los siete, desaparecían en la espesura del follaje, como cuando los pájaros regresan a los nidos.
Antes de subir a la rama más alta, el mayor repartía a los otros pedazos de pan seco, frutas de estación y algunos cigarrillos; luego entrada la noche, ovillaban el cuerpo en medio del tronco y de una rama gruesa, para luego dormir con la melodía del mar.
El intermitente sol que se colaba por las hojas movedizas, y el piar agudo de las torcazas y los gorriones, bastaban para que ellos se despertaran sin ningún rodeo. Ellos iniciaban cada día con otra ración de pan seco, y para entrar en ambiente, un sorbo de la petaca que llevaba siempre consigo el mayor.
Otra vez sobre el suelo arenoso, los rapaces volvieron a circundar la casa, pero ahora con la ayuda de algunas herramientas: hicieron palanca en el postigo de un gran ventanal, y la palanca cedió, se dobló como una herradura, entonces intentaron en una ventana más pequeña y fue peor, se quebró en dos pedazos. Luego probaron en otras y en otras, pero la compacta madera de la fortaleza siempre vencía al duro metal de la palanca.
Ellos querían ver esos postigos abiertos de par en par, querían ver esas ventanas desde donde los niños raquíticos miraban todo el tiempo hacia afuera, excepto al atardecer, cuando caía el sol en la playa y salían, asistidos, a ventilar esa fragilidad de cristal.
                                     
Había llegado el invierno, y los rapaces de la arboleda se abrigaban envueltos en holgadas mantas, y dejaban solo pies y cabezas al descubierto. El viento soplaba muy fuerte y los médanos se mudaban de un lugar a otro, de aquí para allá. Ante el intenso frío, ellos solían hacer grandes fogatas para calentar el agua,  el cuerpo y encender algunos cigarrillos.
Vencidos, los hombrecitos habían abandonado la idea de penetrar por alguna ventana, y ahora el mayor, había conseguido una gran masa y un grueso cortafierros. Durante días y días se oyó un repiqueo continuo, con la cadencia del  goteo, desde la mañana muy temprano y hasta que el sol desaparecía en el mar por completo.
Los muros parecían de piedra dura, quizás granítica, y el golpe de la masa en el cortafierros y las vibraciones del cortafierros en las manos, les provocaba a los niños un cosquilleo y un temblor, como si les atravesara por el cuerpo una descarga eléctrica. 
Para quien conociera a los rapaces de la arboleda, resultaba imposible pensar que con tantas casas vacías y al alcance de las manos, se obstinaran en aquella fortaleza. Los siete cuerpos pequeños trabajaban como rudos albañiles pero sin un solo resultado.
Una fría y soleada mañana de junio, puso fin a la sudestada que había durado más de una semana. Muy temprano, uno de ellos descendió de la arboleda y caminó en dirección a la casa, de tropiezo en tropiezo, todavía algo dormido.
Al llegar, un zamarrón lo despertó por completo al ver o que tenía frente a sus ojos: a un lado de la casa, recostado sobre la casa, la sudestada había dejado un inmenso médano, tan alto e imponente que la cima llegaba hasta el mismo techo.
Muerto de frío, con un irrefrenable castañeteo entre los dientes, el adelantado llamó con reiterados silbidos a todos los demás. Se despertaron sobresaltados, luego bajaron de los arboles como arañas por el hilo de sus telas.
Impresionados por aquel cambio geográfico, el mayor comenzó a subir por la pendiente y los otros rapaces lo siguieron por detrás. Desde la cima del médano necesitaron dar solo un paso más para llegar al techo de la casa, el único sitio por donde no habían merodeado.
Aunque el viento era cortante, el sol era muy intenso allí arriba, entonces los rapaces se quitaron las mantas todavía humedecidas y se recostaron casi desnudos sobre el calor reconfortante de las chapas. Sus cuerpos se recuperaban del frío y la mojadura que les había dejado la tormenta.
El mayor calentaba su espalda y miraba el sol encandilado, su mano acariciaba las ondulaciones de las chapas, interrumpidas cada tanto por la cabeza de los clavos, miraba el sol y pellizcaba la cabeza de los clavos, miraba el sol y se adormecía y pellizcaba la cabeza de los clavos, hasta que de repente pegó un salto y dio un grito al aire como el de una orden.
En ese preciso instante, en ese mismo lugar, el mayor de los rapaces  había encontrado la clave misma sin haberla buscado. Los convocó y empezaron todos juntos a intentarlo; los dedos de las manos eran como tenazas, pero los clavos se resistían a salir, entonces ordenó que utilizarán los dientes, y los hombrecitos mordían la cabeza de plomo y las encías sangraban. Luego de media hora vencieron y pudieron al menos remover una de las chapas; e invadieron la casa desde el cielo.
Cayeron sobre el piso de madera de uno en uno, hasta completar el sonido de los siete golpes. Adentro, la casa estaba helada y se arrepintieron de haber dejado las mantas ya tibias sobre el techo insolado.
Bajaron por la escalera de madera a la planta baja, la casa estaba vacía, sin ningún mueble, salvo tres sillones cubiertos con lienzos, donde los tres raquíticos, inmóviles, acostumbraban a mirar hacia fuera por el gran ventanal.
Se encargaron de abrir los postigos de par en par y liberaron al fin cada una de las ventanas, los niños de la arboleda observaron meticulosamente por cada una de ellas.
Por la ventana que miraba al mar, el mar no era mar, sino una interminable salina blanca; por la que miraba al camino costero entre las verdes lomadas, aparecía un paisaje lunar y apenas un sendero; por la que miraba a la frondosa arboleda contigua, aparecían solo troncos de pie con ramas secas, quemadas por la sal, donde se posaban siete pájaros negros, quietos, ovillados, expectantes de qué sucedía en la casa.



                                                                                                     













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