KISMET Miguel Di Luca
Presumía ser muy
observador, rutinario y meticuloso entre otras cosas, frecuentaba habitualmente
los mismos lugares, pero es evidente que aún así no me daba cuenta de todo lo
que sucedía en mi alrededor.
Me gustaba ir a tomar café al Kismet de la parte Norte de la
ciudad, sus paredes externas de aluminio brilloso y sus ventanas simulaban de
afuera un vagón de tren.
Delante de la puerta de cortinas rojas, Trump, el mendigo
librero, tenía siempre una sonrisa cómplice mientras esperaba mi propina. Perry
era el dueño y una chica era la mesera.
Yo iba siempre a la misma mesa, la cuarta desde
la entrada, sabía perfectamente que tenía el local 232 baldosas negras y 230
blancas colocadas en forma romboidal, 10 mesas contra las ventana de la parte
este y 8 sobre la parte oeste del local, cada una con una lámpara que colgaba
del techo y caía a unos 60 centímetros sobre nuestras cabezas. En la parte
central había 12 mesas más, bajo un techo abovedado y luminoso; en la barra,
que daba a la cocina totalmente de acero inoxidable, 10 banquetas de cuero rojo
amuradas al piso. Habitualmente leía entre el olor a hamburguesas, huevos
revueltos y panceta mezclado con el del café, o el perfume de alguno de los parroquianos. Ese era mi mundo en el
Kismet.
Aquel día llegué, me senté
y de golpe se apagaron las luces, sólo quedó prendida la lámpara de mi mesa y
alguna otra del lugar, levanté la vista y mi corazón se estremeció. Ella
cantaba en mi idioma…
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