lunes, 6 de marzo de 2017

KISMET  Miguel Di Luca



Presumía ser muy observador, rutinario y meticuloso entre otras cosas, frecuentaba habitualmente los mismos lugares, pero es evidente que aún así no me daba cuenta de todo lo que sucedía en mi alrededor.
 Me gustaba ir a tomar café al Kismet de la parte Norte de la ciudad, sus paredes externas de aluminio brilloso y sus ventanas simulaban de afuera un vagón de tren.
Delante de la puerta  de cortinas rojas, Trump, el mendigo librero, tenía siempre una sonrisa cómplice mientras esperaba mi propina. Perry era el dueño y una chica era la mesera.
Yo  iba siempre a la misma mesa, la cuarta desde la entrada, sabía perfectamente que tenía el local 232 baldosas negras y 230 blancas colocadas en forma romboidal, 10 mesas contra las ventana de la parte este y 8 sobre la parte oeste del local, cada una con una lámpara que colgaba del techo y caía a unos 60 centímetros sobre nuestras cabezas. En la parte central había 12 mesas más, bajo un techo abovedado y luminoso; en la barra, que daba a la cocina totalmente de acero inoxidable, 10 banquetas de cuero rojo amuradas al piso. Habitualmente leía entre el olor a hamburguesas, huevos revueltos y panceta mezclado con el del café, o el  perfume de alguno de los parroquianos. Ese era mi mundo en el Kismet.

Aquel día llegué, me senté y de golpe se apagaron las luces, sólo quedó prendida la lámpara de mi mesa y alguna otra del lugar, levanté la vista y mi corazón se estremeció. Ella cantaba en mi idioma… 




                                                                                                              

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